Aquella noche, mientras cenaba con Emiliano, sentía que flotaba; las ganas que tenía de estar con él me consumían por dentro. En cuanto terminamos, volé al baño. Me di una ducha rápida, me sequé el pelo y me puse la ropa interior más sensual que encontré, cubierta apenas por un polo largo que me tapaba lo justo. Como Emiliano se había bañado antes, supuse que ya estaría en la cama o esperándome en el sofá.
No me equivoqué: estaba en el sofá. Fui directa hacia él y me senté sobre sus rodillas, quedando a horcajadas. Lo busqué y comencé a besarlo. Obviamente, él no se negó. Al contrario, me devolvió el beso con una pasión devoradora, rozando su cuerpo con el mío mientras sus manos atrapaban mis nalgas con fuerza; sabía perfectamente que ese era su punto débil. Cuando sus dedos intentaron colarse bajo el polo para acariciar mis pechos, lo detuve con la respiración entrecortada y le ordené: "Llévame a la habitación". Sin romper nuestra posición, me cargó en vilo y me llevó hasta allí.
Al entrar en la habitación, la intensidad entre nosotros era eléctrica. Emiliano me miraba con una mezcla de adoración y deseo que me hacía estremecer; cada vez que nuestras pieles se rozaban, sentía una descarga que me recorría entera. Nos perdimos en un abrazo desesperado, donde las caricias y los suspiros hablaban por nosotros, fundiéndonos en una danza de sensaciones que parecía no tener fin.
Me aferré a él, disfrutando del calor de su cuerpo contra el mío y de la urgencia de sus besos, que me hacían olvidar el resto del mundo. En ese momento, solo existíamos nosotros dos y esa conexión profunda que nos unía. Cada gesto, cada mirada cargada de intención, nos llevaba a un estado de entrega total, donde la pasión se mezclaba con la ternura de una forma que nunca antes había experimentado. Fue, sin duda, una de las noches más memorables de mi vida, marcada por una complicatidad absoluta.