Todas las formas de perderte

Cap 24

Así seguimos durante muchos meses con Emiliano. Nuestra rutina se convirtió en un ir y venir constante que a mí me daba la vida: a veces yo iba a buscarlo, a veces él venía a mí. No nos importaba la distancia ni el cansancio, porque cada reencuentro valía la pena y borraba cualquier rastro de ausencia. Todo iba, de verdad, demasiado bien. Estábamos tan sintonizados, tan llenos de planes y de certezas, que pronto empezamos a hablar de dar el siguiente gran paso: mudarnos juntos. Él tenía la mirada puesta en Milán. Estaba convencido de que allí encontraría mejores oportunidades y de que todo lo que había aprendido trabajando en el campo le serviría para abrirse camino y comerse el mundo en la ciudad. Yo, lejos de dudar, lo apoyé con todo mi corazón. Lo animé a que así pasara, a que diéramos el salto sin mirar atrás, porque estar con él se había convertido en una de mis cosas favoritas en este mundo. Mi hogar era, simplemente, el lugar donde él estuviera.

Por eso, la caída fue tan devastadora. Sentí que mi vida entera se acababa y se hacía pedazos en un solo segundo, justo cuando escuché la voz extraña al otro lado de la línea en aquella maldita llamada. Las palabras me golpearon como un impacto directo en el pecho: Emiliano había tenido un accidente automovilístico.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies y que el aire se me escapaba de los pulmones. El hombre con el que había compartido aproximadamente un año —el año más maravilloso, intenso y feliz de toda mi vida— se había esfumado en un parpadeo. No podía procesarlo. No quería creerlo. Todo nuestro futuro, los planes de Milán, las risas, las promesas en la cama... todo parecía congelarse y romperse en mil pedazos.

Él se encontraba en la Toscana en ese momento, a kilómetros de distancia. Salí en un estado de shock fui a buscar a Leonard para pedirle si me podía llevar. Él ya estaba enterado de la noticia, así que salimos lo más rápido que pudimos.devorando la carretera con las manos temblando en el volante y las lágrimas nublándole la vista. Corrio lo que pudo acelero como una loco , desafiando al tiempo y rezando a cualquier dios para que fuera un error, para que estuviera bien. Llegamos al hospital lo más rápido que pude, pero ya era muy de noche.

El frío del hospital me golpeó la cara en cuanto crucé las puertas automáticas, pero de todas maneras ya era muy tarde. Cuando por fin logré que me dieran información, el mundo se detuvo por completo. Emiliano había dejado de respirar. Ya no había nada que hacer. Llegué tarde. Mi amor se había ido para siempre.




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