Capítulo 25
El dolor de mi propia pérdida se multiplicó de golpe cuando crucé la sala de espera. Ver a su mamá y a sus hermanas completamente destrozadas, ahogadas en un llanto inconsolable, fue una de las escenas más dolorosas de mi vida; algo que desearía con toda mi alma no volver a ver nunca. Compartir ese sufrimiento, ver los rostros de las mujeres que él tanto amaba rotos en mil pedazos, terminó de derrumbarme.
Poco después me permitieron entrar. Vi su cuerpo ya sin vida sobre la fría camilla. Vi sus golpes, las marcas de la violencia del impacto grabadas en su piel, y el pecho se me apretó hasta casi dejar de respirar. Al parecer, todo había sido provocado por un conductor ebrio. Alguien que tomó una decisión estúpida e irresponsable y, a cambio, destruyó nuestra existencia.
En ese instante de pura desesperación, mi mente se llenó de una rabia impotente. ¿Por qué esto pasa? ¿Por qué a las personas que son buenas, que hacen algo positivo en este mundo y que no hacen daño a nadie, les tienen que pasar estas cosas tan terribles? ¿Por qué si Emiliano era verdaderamente un ángel, un hombre lleno de luz y bondad, tuvo que terminar así? ¿Por qué?
Son preguntas que jamás, jamás obtendrán respuestas. Jamás obtendré una explicación de por qué la vida decidió arrebatármelo de la manera más cruel y repentina. Ese momento fue, sin duda, uno de los más oscuros que recuerdo de toda mi vida. Mientras miraba su rostro inmóvil, solo podía pensar en lo injusto que era todo, y en cómo desearía que ninguna novia, ni madre, ni hermana en este mundo tenga que pasar jamás por un dolor tan devastador como este.