Todas las formas de perderte

Cap 26

Tres semanas

Han pasado exactamente tres semanas desde que Emiliano murió.

Veintiún días.

Lo sé porque los he contado.

No sé por qué.

Quizá porque contar los días hace que el tiempo parezca algo que todavía puedo controlar.

Tres semanas desde la última vez que escuché su voz.

Tres semanas desde que alguien pronunció su nombre y tuve que entender que, esta vez, no habría un mensaje suyo después.

Tres semanas desde que mi teléfono dejó de iluminarse con su nombre.

Y, aunque parezca absurdo, todavía lo miro.

A veces estoy haciendo cualquier cosa y escucho una notificación.

Mi mano se mueve automáticamente hacia el teléfono.

Durante un segundo pienso:

Es Emiliano.

Después recuerdo.

Y ese pequeño segundo de esperanza se convierte en otro golpe.

Creo que esa es una de las cosas más crueles de perder a alguien.

No es solamente saber que murió.

Es tener que descubrir, una y otra vez, todas las cosas que ya no puedes hacer con esa persona.

No puedo llamarlo.

No puedo preguntarle cómo estuvo su día.

No puedo contarle algo que me hizo reír.

No puedo mandarle una fotografía de algo que sé que le habría gustado.

No puedo decirle que lo extraño.

Y lo peor es que sigo teniendo cosas que quiero contarle.

Eso es lo que más me duele.

Que mi cabeza todavía piensa en él como si fuera a volver.

Mi apartamento se ha convertido en el lugar donde paso la mayor parte del tiempo.

Las cortinas permanecen cerradas durante horas.

La cama está deshecha.

Hay libros sobre la mesa que no he abierto en semanas.

Mi teléfono está siempre cerca de mí, aunque ya no espero realmente que suene.

A veces me quedo mirando el techo.

Sin pensar.

O pensando demasiado.

No sé cuál de las dos cosas es peor.

Mis padres están lejos.

Y aunque hablamos de vez en cuando, no saben realmente qué decirme.

Yo tampoco sé qué decirles.

No quiero preocuparlos.

No quiero escuchar que debería volver a casa.

Y, sobre todo, no quiero tener que explicarles algo que ni siquiera yo soy capaz de entender.

Así que la mayoría de las veces nuestras conversaciones son breves.

—¿Cómo estás?

—Bien.

Una mentira sencilla.

Una que todos terminamos aceptando.

He intentado volver a mi rutina.

Eso me dicen todos.

Vuelve a tu rutina.

Como si mi rutina no hubiera sido construida alrededor de una vida que ya no existe.

Voy a la universidad.

Asisto a clases.

Tomo apuntes.

Escucho a los profesores.

Incluso respondo cuando me preguntan algo.

Pero siento que estoy observando mi propia vida desde fuera.

Como si mi cuerpo hubiera decidido continuar aunque yo todavía no estuviera preparada.

A veces estoy caminando por los pasillos y pienso:

Emiliano debería estar aquí.

Y después recuerdo que no.

A veces veo una pareja riéndose y siento una punzada.

No porque quiera que ellos sean infelices.

Sino porque recuerdo que nosotros también fuimos así.

Nosotros también nos reíamos.

Nosotros también hacíamos planes.

Nosotros también hablábamos de cosas tan absurdas como qué casa tendríamos algún día.

Dónde viajaríamos.

Qué haríamos cuando fuéramos mayores.

Él decía algunas cosas con tanta seguridad que yo terminaba creyéndolas.

Como si el futuro fuera algo que ya estuviera escrito.

Nunca pensé que él no llegaría a verlo.

Jade ha intentado sacarme de casa.

Ella vive en Milán también, aunque en otro apartamento.

—Vamos a comer algo.

—No quiero.

—Entonces vamos a caminar.

—Tampoco.

—Entonces dime qué quieres hacer.

La miro.

—Nada.

Ella suspira.

Pero no se va.

Eso es lo que más agradezco de Jade.

Nunca intenta arreglarme.

Nunca me dice que tengo que ser fuerte.

Simplemente se queda.

A veces viene a mi apartamento y se sienta a mi lado.

Otras veces me obliga a salir aunque sea a comprar algo.

Y, aunque yo me queje, en el fondo sé que lo hace porque tiene miedo de dejarme sola demasiado tiempo.

Una tarde se acostó conmigo en la cama.

Las dos miramos el techo.

—¿Sabes qué? —dijo.

—¿Qué?

—No tienes que estar bien todavía.

Cerré los ojos.

—Siento que debería.

—¿Por qué?

—Porque todos siguen con su vida.

Jade giró la cabeza hacia mí.

—Tú también sigues con la tuya.

Negué.

—No siento que sea mi vida.

Ella no respondió inmediatamente.

Después tomó mi mano.

—Entonces iremos encontrando la manera de que vuelva a sentirse tuya.

Apreté sus dedos.

Y por primera vez en mucho tiempo, lloré sin intentar esconderlo.

Esa noche pensé en mi vida.

En todo lo que había ocurrido.

En Marcos.

En David.

En Polo.

En Emiliano.

Cuatro historias.

Cuatro personas que habían dejado algo en mí.

Y me pregunté cómo era posible que una chica pudiera amar tantas veces y terminar sintiéndose tan vacía.

Quizá había estado buscando en otras personas algo que nunca había aprendido a darme a mí misma.

Quizá había confundido algunas veces el amor con la necesidad.

La compañía con la seguridad.

El miedo a estar sola con el deseo de estar enamorada.

No tenía todas las respuestas.

Todavía no.

Pero quizá no necesitaba tenerlas.

Quizá solo necesitaba sobrevivir a ese momento.

Un día.

Después otro.

Y otro.

Hasta que algún día pudiera despertarme y no sentir que el mundo se había terminado.

Han pasado tres semanas desde que Emiliano murió.

Y todavía no sé qué voy a hacer con mi vida.

No sé cómo se supone que debo seguir.

No sé si volveré a enamorarme.




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