—Por favor, Polonia, solo será una copa. No puedes quedarte encerrada para siempre —insistió Jade por quinta vez en la semana.
Al final, a duras penas, terminé aceptando. Nos fuimos a un bar tranquilo en el centro de Milán junto a Melanie, una amiga de Jade a la que apenas estaba conociendo. Mientras la música sonaba suave de fondo y dábamos los primeros tragos, la conversación inevitablemente cayó en el terreno del amor. Les confesé, con el corazón en la mano, el tremendo miedo que sentía. Les dije que, aunque la terapia me había devuelto la paz y me sentía mucho mejor, la sola idea de empezar algo nuevo me aterraba; sentía que, de alguna manera, estaba traicionando la memoria de Emiliano. Ambas me escucharon con empatía. Me dijeron que entendían mi dolor, pero Melanie fue muy clara: "No puedes seguir viviendo en ese bucle, Polonia. Tarde o temprano vas a seguir adelante, no solo en tu carrera, sino también en tu vida amorosa".
Para romper la tensión, Melanie sacó su teléfono con una sonrisa pícara.
—¡Vamos a tomarnos una foto primero! —dijo, y tras capturar el momento, empezó a revisar Instagram—. Es más, ¿por qué no hacemos algo divertido y le buscamos a nuestra amiga alguien interesante en redes sociales?
—Ay, no, por favor, no hagan eso. Ni me lo muestren, de verdad que ahorita no quiero saber absolutamente nada de nadie —protesté, apartando la mirada.
Melanie ignoró mis quejas y siguió deslizando el dedo por la pantalla hasta que se detuvo en la sección de sugerencias.
—Mira, Jade, este chico es guapísimo —comentó, mostrándole la pantalla.
Jade se acercó a mirar. El perfil no tenía un nombre real, solo unas iniciales profesionales y una foto de perfil algo misteriosa, pero indicaba que vivía en Italia. Jade se quedó pensativa, clavando la vista en la pantalla con el ceño fruncido.
—A este chico yo lo conozco de alguna parte... —murmuró, extrañada—. Me parece conocidísimo. Polonia, mira...
—Que no, chicas, en serio —insistí, empujando suavemente la mano de Jade para no ver el teléfono. Dejé el tema por la paz, sin imaginarme que el destino ya estaba moviendo sus fichas.
Al día siguiente, entré a la firma de consultoría corporativa con mi energía habitual, lista para enfrentarme a los informes de alta gerencia. Sin embargo, mi tranquilidad se esfumó en cuanto entré a la oficina del señor Leonardo.
—Buen día, Polonia —me saludó con su amabilidad de siempre, aunque con un toque de seriedad—. Qué bueno que llegas. Necesito pedirte un gran favor y hacer una modificación en tu contrato. Hoy se incorpora un nuevo abogado corporativo a la firma. Es un joven brillante de veinticinco años, viene de una familia de médicos muy influyentes y prestigiosos en el país, lo que le ha permitido formarse en las mejores instituciones del extranjero. Él va a ser, básicamente, tu segundo jefe.
Sentí que el estómago se me caía al piso.
—¿Mi segundo jefe? —repetí, intentando disimular el tono de pánico.
—Sí. Sé que es una carga pesada, pero ahorita mismo no tenemos otra secretaria capacitada en el área de Alta Gerencia que pueda llevar este ritmo —me explicó en tono de disculpa—. Por supuesto, esto implica un ajuste. A partir de este mes vamos a duplicar tus responsabilidades, pero también te voy a otorgar un aumento del cuarenta por ciento en tu sueldo base, además de un bono por productividad. Aunque sé que será un ritmo muy agotador, te pido por favor que nos apoyes a los dos con el trabajo.
—Claro que sí, señor Leonardo. Cuente con ello, muchas gracias —respondi de inmediato, forzando mi mejor sonrisa profesional. El incentivo económico ayudaba a tragarme el trago amargo, pero por dentro seguía renegando contra el mundo. ¡Apenas puedo con el trabajo del señor Leonardo y ahora me clavan a otro jefe más! Esto va a ser un infierno de papeleo, pensaba mientras caminaba hacia mi escritorio.
Me senté a organizar los expedientes del nuevo abogado, acomodando las carpetas legales con cierta frustración. Unos minutos después, el sonido de unos pasos firmes y elegantes resonó en el pasillo. La puerta de la oficina se abrió.
Me levanté automáticamente para recibirlo con mi postura más formal. El señor Leonardo se levantó de su asiento para hacer las presentaciones.
—Apolonia , te presento al licenciado...
En cuanto levanté la mirada, las palabras se me atoraron por completo en la garganta. El traje de diseñador impecable, la mandíbula firme y esa postura madura correspondían a un abogado de éxito, pero las facciones de su rostro eran inconfundibles. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí que me faltaba el aire.
Era Marco. Mi primer amor estaba parado ahí.
Al verme, vi cómo sus ojos se abrían un milímetro de más y cómo su mano, que sostenía un maletín de cuero, se tensaba sutilmente. Él también me había reconocido al instante. El impacto fue mutuo, una descarga eléctrica silenciosa que congeló el aire de la oficina por un segundo completo.
Sin embargo, ninguno de los dos rompió la fachada. El profesionalismo y la madurez se impusieron sobre los recuerdos del pasado.
—Mucho gusto, señorita Apolonia . Espero que podamos hacer un excelente equipo —dijo Marco, con una voz profunda, madura y completamente serena, extendiendo su mano de manera formal.
—El gusto es mío, licenciado. Estoy a su entera disposición para lo que necesite —respondí, tragando saliva y estrechando su mano con firmeza, ignorando la corriente que me recorrió el brazo.
Nos miramos fijamente durante el saludo, reconociéndonos en el silencio, pero sin dejar salir una sola emoción. El señor Leonardo sonrió, ajeno a todo el historial que nos unía, y comenzó a indicarle dónde dejar sus cosas. La jornada laboral apenas comenzaba, y por ahora, las cosas se quedarían estrictamente así: como dos desconocidos que compartían una oficina.