Todas las formas de perderte

Cap 29

Al salir de la oficina, mi cabeza era un torbellino. No fui a mi apartamento, ni tampoco llamé a Jade. No me sentía lista para lidiar con sus preguntas o su inevitable entusiasmo. En su lugar, mis pasos me llevaron directo a la casa del señor Leonard, pero no a buscarlo a él, sino a su esposa, Lía. Desde que llegué a Italia, ella se había convertido en un refugio para mí, en esa presencia cálida y protectora que mi propia madre jamás supo darme. Necesitaba desahogarme con alguien que me mirara con la sabiduría de los años.

Sentadas en su sala, con una taza de té entre las manos, le solté todo de golpe. Lía me escuchó en silencio y, al terminar, sus ojos brillaron con una emoción genuina y romántica.

—No, señora, no se emocione —le interrumpí de inmediato, intentando frenar mis propios pensamientos—. No creo que ya sintamos lo mismo el uno por el otro. Pasó demasiado tiempo, demasiadas cosas. Pero sí me sorprendió muchísimo verlo ahí, parado en la oficina, y sobre todo entender por qué estaba acá en Italia, convertido en todo un abogado corporativo.

Lía sonrió con dulzura, dejó su taza sobre la mesa y me tomó de las manos.

—Nena, hay cosas que no están escritas ni en piedra ni en papel —me dijo, con esa voz pausada que siempre me transmitía tanta paz—. Posiblemente sea el destino, ¿quién sabe? La vida tiene maneras muy extrañas de acomodar a las personas en el momento exacto. ¿And mi marido sabe de esto?

Sentí que las mejillas se me encendían de la vergüenza y negué con la cabeza.

—No, el señor Leonard no sabe nada. Me da muchísima vergüenza contarle y, la verdad, tampoco quiero que piense que por culpa de mi pasado voy a tener alguna distracción en el trabajo. No quiero que crea que esto va a intervenir en mis responsabilidades o que se volverá algo personal.

Lía asintió con madurez, apretando mis dedos en señal de apoyo.
—Te entiendo perfectamente, linda. Quédate tranquila, no diré una sola palabra. Tu secreto está a salvo conmigo.

En ese preciso momento, el sonido de la puerta principal interrumpió nuestra burbuja. El señor Leonard iba llegando a casa. Al entrar a la sala y vernos ahí, su rostro se iluminó con una sonrisa genuina.

—¡Oh, linda! Qué bueno que estás aquí —me saludó con su amabilidad de siempre, acercándose a darnos un beso en la mejilla a cada una—. Me alegra encontrarte. De hecho, quería comentarte algo importante del trabajo. El veinticinco de este mes haremos una reunión de gala de la firma. Será un evento doble: queremos darle la bienvenida oficial a los nuevos empleados, incluyendo al licenciado Marco, y también aprovechar para agradecerle por sus servicios a los colaboradores que ya se jubilan este año. Es una fecha importante para la empresa y quería asegurarme de que fueras.

—Claro que sí, señor Leonard. Cuente con ello, ahí estaré —le respondí de inmediato, forzando mi postura más profesional para que no notara el vuelco que mi corazón acababa de dar al escuchar el nombre de Marco.

Poco después me despedí de ellos y regresé a mi apartamento.

Ahora estoy aquí, recostada en mi cama, mirando el techo en la penumbra de mi habitación. Siento un nudo extraño en el estómago. Es una mezcla caótica de emociones que no sé cómo acomodar: estoy emocionada, feliz por ver que el chico de mi pasado cumplió sus metas, pero a la vez me embarga una profunda tristeza al recordar todo lo que he perdido en el camino. Tengo tantas preguntas dando vueltas en mi mente... ¿Por qué ahora? ¿Por qué aquí? Sé que el veinticinco de este mes cambiará las cosas, y aunque no sé qué va a pasar cuando estemos fuera de la oficina, una parte de mí no puede evitar contar los días para esa noche.




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