Todas las formas de perderte

Cap 30

Capítulo 30

Durante los días siguientes, mantener la concentración en la oficina y en la universidad se convirtió en una verdadera prueba de fuego. Se me hacía sumamente difícil no desviar la mirada hacia el escritorio de Marco o no perderme en mis propios pensamientos cada vez que escuchaba su voz profunda dar una indicación legal. Sin embargo, me obligué a mantener la compostura. Respiraba hondo, me enfocaba en los informes de alta gerencia y trataba de disimularlo con todas mis fuerzas. No quería que nadie, especialmente el señor Leonard, notara la tormenta que llevaba por dentro.

Así, entre silencios profesionales y miradas contenidas, inevitablemente llegó el día veinticinco.

Para la cena de gala de la firma, decidí esmerarme. Me arreglé con calma, me puse bonita y elegí un vestido que me sentaba de maravilla. Quería verme sensual, pero con la elegancia justa para el evento, cuidando perfectamente la línea de no parecer unatona. Al mirarme al espejo antes de salir, me sentí segura, lista para enfrentar la noche.

El señor Leonard pasó a buscarme y me llevó al restaurante donde se celebraba el evento. Al llegar, el ambiente era espectacular. Todos los licenciados, los ejecutivos y los nuevos empleados lucían guapísimos, envueltos en trajes impecables y vestidos de gala. Nos sentamos a comer entre risas, anécdotas laborales y brindis por los que se jubilaban. Sin embargo, a pesar del buen ambiente, la presencia de Marco al otro lado del salón me generaba una tensión constante.

El restaurante tenía un jardín precioso, iluminado con luces tenues y adornado con una imponente fuente de piedra en el centro. A mí siempre me habían encantado ese tipo de lugares, especialmente de noche, porque me transmitían una paz inmediata. Aprovechando que la cena había terminado y todos seguían conversando, me escabullí discretamente hacia el exterior. Me acerqué a la fuente y me senté en el borde de piedra, escuchando el relajante sonido del agua y respirando el aire fresco de Milán.

Unos minutos después, percibí una silueta alta acercándose. Alguien se sentó justo al lado de mí. Al girar la cabeza, me encontré con sus ojos oscuros. Era Marco.

—Hola —le dije en voz baja, sintiendo un vuelco en el estómago.

—Hola —respondió él, mirándome fijamente—. Disculpa mi atrevimiento, pero te has vuelto la mujer más bella que haya visto jamás. Bueno, en realidad ya lo eras, pero siempre supe que ibas a seguir siéndolo.

Sentí que las mejillas se me calentaban bajo la luz de la luna, pero mantuve mi postura formal.

—Favor que usted me hace, licenciado —respondí, con una pequeña sonrisa de cortesía.

Marco soltó una risa suave y me miró con una mezcla de nostalgia y súplica.

—¿Podemos dejar de fingir que no nos conocemos? —pidió, rompiendo la barrera profesional.

Mi sonrisa se volvió un poco más real, más sincera. El peso de los años pareció aligerarse por un instante.

—¿Cómo has estado? —le pregunté, ladeando la cabeza.

—Muy bien... aunque un poco triste —confesó, clavando su mirada en la mía—. ¿Por qué no me llamaste más, Apolonia? ¿Por qué ya no me escribiste?

Sus palabras me tocaron una fibra sensible. Suspiré, mirando el reflejo del agua en la fuente.

—Pensé que... bueno, yo seguí con mi vida y pensé que tú también seguirías eventualmente con la tuya en el extranjero —admití con sinceridad.

—¿Y te ha ido muy bien? —preguntó, queriendo saber más.

—Profesionalmente y académicamente hablando, pues sí —respondí, sintiendo el recuerdo difuso de todo lo que había sufrido este último año—. Pero ahora no quiero hablar de cosas tristes. ¿Y tú? ¿Cómo estás?

Justo cuando Marco abrió la boca, listo para empezar a contarme sobre su vida, la voz de uno de los compañeros de la firma interrumpió el momento desde la entrada del jardín.

—¡Ay, oigan! ¿Qué hacen ustedes dos ahí solos? Vengan ya con todos adentro, ¡vamos a brindar!

Nos pusimos de pie y regresamos al salón principal. Nos unimos al resto del grupo para los brindis y la fiesta continuó con fluidez. El tiempo se pasó volando y, cuando nos dimos cuenta, ya daban casi las doce de la noche. Como al día siguiente nadie tenía que trabajar por ser fin de semana, la mayoría seguía celebrando, pero el señor Leonard comenzó a despedirse.

—Bueno, yo ya me voy —dijo el señor Leonard, acercándose a mí—. Apolonia , ¿vienes conmigo? Es que ya sabes cómo es Lía, mi esposa se enoja muchísimo si llego a pasar de la una de la mañana.

Miré a mi alrededor, sintiendo que la noche aún no terminaba para mí.

—¿Le molestaría si me quedo un poco más, señor Leonard? Yo me regreso sola después, no se preocupe.

El señor Leonard frunció el ceño, mostrando su lado protector.

—Pero es peligroso a esta hora, ¿estás segura?

En ese momento, Marco se acercó con total elegancia y se metió en la conversación de manera sumamente caballerosa.

—Si no le molesta, señor Leonard, yo la puedo llevar a su casa más tarde. Me aseguraré de que llegue bien.

El señor Leonard miró a Marco, confió de inmediato en su nuevo abogado estrella y sonrió aliviado.

—Ah, me parece excelente. Está bien entonces. Cuídense mucho.

Nos quedamos en la fiesta un rato más, hasta que las copas bajaron y la música empezó a apagarse. Llegó la hora en que decidí que ya quería irme; eran casi las dos de la mañana. Marco cumplió su palabra, me acompañó a su auto y comenzó a manejar por las calles iluminadas de Milán. El ambiente en el coche se sentía íntimo, cómodo.

—Te quedaste a medias en el jardín —le recordé, rompiendo el silencio—. Me quedé en que me ibas a contar cómo había estado tu vida.

Marco sonrió sin apartar la vista del camino.

—La verdad, terminé la carrera de Derecho, como sabrás. Ahorita estoy trabajando de lleno en ello y, bueno, soy tu jefe.

Lo miré de reojo, recordando al chico de nuestra juventud.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.