Todas las formas de perderte

Cap 31

El lunes comenzó a un ritmo frenético. Tuve un pendiente imprevisto y sumamente complicado en la universidad que me retrasó por completo. Para colmo, el señor Leonard me había llamado muy temprano con una noticia que cambió mis planes: "Mira, Apolonia, no me estoy sintiendo bien, así que, por favor, cancela todas mis citas de hoy. Si te sientes más cómoda, puedes utilizar mi oficina para que trabajes con más espacio y privacidad para avanzar con los reportes". Agradecí el gesto, pero la presión del tiempo me jugaba en contra. Al salir de clases, corrí a toda prisa hacia la firma de consultoría. En mi afán por no llegar tan tarde, di un mal paso sobre los adoquines de la calle; el tacón se me dobló y sentí un tirón agudo. Me torcí el tobillo.

Solté un gemido de dolor, pero no me detuve. Soportando la punzada que me recorría la pierna, caminé cojeando lo más rápido que pude hasta el edificio corporativo. Entré directo a la gran oficina del señor Leonard, aliviada por la privacidad, y me dejé caer en su silla ejecutiva. Me quité el tacón con cuidado, frotándome la zona inflamada que ya comenzaba a latir con fuerza.

Al cabo de un rato, la puerta se abrió tras un suave toque. Era Marco. Entró sosteniendo unos expedientes legales que verdaderamente necesitaba consultar conmigo para cruzar datos de alta gerencia. Sin embargo, antes de hablar de números, sus ojos escanearon mi postura y se fijaron en mi pie descalzo.

Discutimos el asunto laboral rápidamente, manteniendo la fachada profesional, aunque su mirada se desviaba constantemente hacia mi tobillo. En cuanto terminamos la consulta, Marco salió de la oficina sin decir mucho. Pensé que regresaría a su escritorio, pero a los pocos minutos volvió a entrar, esta vez cerrando la puerta con seguro tras de sí. En su mano traía una bolsa de hielo que debió conseguir en la cafetería del edificio.

Se acercó a mí con paso firme, se arrodilló frente a mi silla y me miró desde abajo con esos ojos oscuros que me desarmaban.

—Dame tu tobillo —me pidió con voz suave pero firme.

—No, claro que no, Marco... Estamos en la oficina —protesté, intentando encoger la pierna, sintiendo el peso de la formalidad laboral.

—Apolonia, por favor, insisto. Déjame ayudarte —dijo, tomándome con delicadeza pero sin darme espacio a replicar.

Terminé cediendo. Marco colocó mi pie sobre su rodilla y comenzó a masajear los alrededores de la lesión con una sutileza increíble, aplicando la bolsa de hielo con movimientos lentos. El contraste del frío del hielo con el calor de sus manos grandes me hizo soltar un suspiro prolongado.

—¿Se siente bien? —preguntó, subiendo la mirada hacia mí, con una sonrisa de complicidad.

—Sí... la verdad es que se siente bastante alivio —admití, con la respiración empezando a alterarse.

El ambiente en la oficina cambió por completo en un segundo. La gratitud le dio paso a una tensión sexual asfixiante y magnética. Marco dejó de lado la bolsa de hielo, pero no me soltó. Con una lentitud exasperante, inclinó la cabeza y depositó un beso suave, cálido y prolongado justo sobre mi tobillo lastimado. El roce de sus labios me provocó un escalofrío eléctrico que subió por toda mi columna.

No se detuvo ahí. Sus manos subieron por mis pantorrillas, acariciando mi piel con firmeza mientras sus labios seguían el mismo camino, besando mis piernas de una forma tan pasional que me obligó a echar la cabeza hacia atrás, aferrándome a los brazos de la silla corporativa. La química entre nosotros seguía intacta, madura y voraz. Se puso de pie con total agilidad, me tomó por la cintura y me cargó en el aire como a una princesa, pegando mi cuerpo al suyo. Pude sentir los latidos de su corazón desbocado y la urgencia de su deseo.

—Marco... —le dije con un hilo de voz, reuniendo la poca fuerza de voluntad que me quedaba y deteniendo sus manos—. Aquí no. De verdad... no podemos hacer esto aquí.

Él me miró fijamente durante unos segundos, con la respiración entrecortada y una sonrisa cargada de pura picardía pintándose en sus labios. Me devolvió a la silla con suavidad, sin perder la cercanía.

—Está bien, jefa... —susurró con un tono pícaro que me revolvió el estómago de la emoción—. Pero ten por seguro que no siempre vas a poder escapar de mí.

Antes de que pudiera responder, se inclinó, atrapó mis labios en un último beso corto pero intenso, lleno de promesa, y regresó a su postura formal. Tomó sus carpetas, me guiñó un ojo y salió de la oficina de la misma manera elegante en que había entrado, dejándome sola, temblando en el escritorio del señor Leonard y con el corazón latiendo a mil por hora.




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