Capítulo 32
El resto de la jornada pasó de manera sorprendentemente rápida, sumergida entre carpetas y llamadas de alta gerencia. Cuando por fin llegó la hora de salida, empaqué mis cosas y salí de la oficina del señor Leonard. Me detuve unos minutos en los pasillos de la firma para despedirme de algunas compañeras de trabajo con las que había empezado a llevarme mejor en las últimas semanas. Ya caminaba hacia el ascensor cuando, de golpe, recordé que se me había olvidado el gafete corporativo donde estaba escrito mi nombre. Me lo había quitado a media mañana; al estar resguardada en la privacidad de la oficina del jefe, pensé que ya no tenía ningún sentido utilizarlo.
Regresé sobre mis pasos, empujé la puerta y tomé el gafete de la mesa de centro. En ese preciso instante, la puerta se abrió de nuevo y Marco volvió a entrar. Al verlo, no pude evitar ponerme completamente tímida, sintiendo que las mejillas me ardían al recordar la intensidad de lo que había pasado en mis piernas y mi tobillo horas atrás.
Marco notó mi timidez de inmediato. Se cruzó de brazos, apoyándose contra el marco de la puerta con una sonrisa sumamente pícara.
—No te preocupes, Apolonia, no te voy a comer... al menos que tú lo quieras —soltó con una chispa juguetona en los ojos.
—¡Oye! —le reclamé, dándole un pequeño golpe en el brazo mientras pasaba a su lado, intentando disimular la risa.
—¿Quieres que te lleve a casa? —preguntó, cambiando el tono a uno más suave.
—Sí, por favor —admití, cediendo al cansancio y al dolor latente de mi tobillo.
Antes de que pudiera dar un solo paso, Marco se inclinó y, de la nada, me volvió a cargar al estilo princesa. Solté un pequeño grito de sorpresa, aferrándome a sus hombros, pero él solo me sonrió con seguridad mientras me llevaba en brazos por el pasillo hasta el ascensor y luego directo hacia su auto.
Al día siguiente no teníamos que presentarnos en la firma. Era un día festivo oficial en Milán, de esos en los que los trabajadores de oficina tienen descanso obligatorio. Mientras manejaba por las calles iluminadas, Marco rompió el silencio con una propuesta directa.
—Dame una cita.
—¿Tan de repente? —respondí, mirándolo de reojo, sorprendida.
—Vamos, Apolonia. Sabes perfectamente que quiero salir contigo —afirmó, deteniendo el auto frente a mi edificio y girándose para mirarme—. Mañana es festivo. ¿Aceptas?
—Está bien... sí —respondí, sintiendo un cosquilleo en el estómago—. ¿A dónde vamos?
—Quiero que vengas a mi casa —me dijo con total seriedad, suavizando la mirada—. Te prometo que no voy a sobrepasarme si no es lo que quieres. Simplemente quiero que conozcas mi hogar, el lugar donde vivo, y que podamos platicar un poco más, sin las interrupciones de la oficina.
Al día siguiente, me desperté con una mezcla de nervios y emoción. Me alisté con calma, me peiné y elegí un atuendo lindo. Puntual a la hora acordada, Marco pasó a recogerme y manejó hacia su zona. Para mi total sorpresa, su dirección no nos llevó a un edificio de departamentos como el mío, sino a una casa. Era una propiedad preciosa, sumamente amplia, moderna y perfectamente decorada. Una auténtica casa de ricos. Me sorprendió el lujo, pero a la vez no tanto; después de todo, viniendo de una familia con una cirujana famosa y un médico prestigioso, era de esperarse que Marco tuviera un nivel de vida alto.
Nos sentamos en la sala con algo de beber y, poco a poco, las risas le dieron paso a una conversación mucho más seria y madura. Me armé de valor y le conté cómo me había ido en el amor durante todo este tiempo. Le hablé de mis heridas y le confesé que, aunque aún sigo sanando algunas cosas del pasado, honestamente, comparada con cómo estaba hace unos meses, ya me sentía muchísimo mejor.
Luego le tocó el turno a él. Marco suspiró y me confesó que había tenido dos enamoradas después de mí. Sin embargo, a ninguna de las dos relaciones le había ido bien.
—Una era sumamente interesada, Polonia, solo le importaba el estatus —admitió con amargura—. Y la otra... bueno, la otra sí me quería, pero yo sentía que no era lo suficiente. Creo que ambos estábamos juntos simplemente para no estar solos, por comodidad. Ninguna significó lo que tú. Te he extrañado muchísimo todo este tiempo, de verdad me dolió mucho que me dejaras de buscar cuando me fui.
—Ya lo sé —respondí en un susurro, sintiendo una punzada de culpa—. Y lamento mucho ya no haberte respondido nunca más, Marco. Pero en ese momento, simplemente pensé que era lo mejor para los dos.
No sé exactamente qué me pasó en ese instante. Si fue un impulso, la necesidad de consolarlo o que mi propio cuerpo ya no soportaba más la distancia. Me moví del sillón y me senté sobre sus rodillas, no a horcajadas, sino de lado, acomodándome en su regazo. Lo rodeé con mis brazos por el cuello, escondiendo mi rostro en su hombro.
—Te extrañé muchísimo... Me hiciste tanta falta, Marco —le confesé, soltando el aire que parecía haber estado reteniendo por años.
Él no tardó ni un segundo en estrecharme contra su pecho con una fuerza que me hizo temblar. Nos miramos a los ojos y el espacio entre nosotros desapareció. Comenzamos a besarnos. Fue un beso cargado de nostalgia, de fuego contenido y de una urgencia salvaje. Sus manos comenzaron a acariciar mi espalda y mis caderas, encendiendo una tensión sexual asfixiante que amenazaba con devorarnos a los dos. Yo deseaba ir a más, mi mente se estaba nublando por la pasión, pero justo cuando el calor se volvió incontrolable, el recuerdo de mis traumas y mi proceso de sanación me golpearon la mente.
Lo detuve, separando mis labios de los suyos con la respiración completamente entrecortada.
—Espera... —le pedí, mirándolo con vulnerabilidad—. No quiero ir tan rápido, Marco. De verdad. Necesito que nos demos el tiempo de volver a conocernos, de ver cómo estamos y si todavía podemos construir algo. Estoy... de verdad estoy un poco traumatizada por todo lo que he vivido este año.