Todas las formas de perderte

Cap 34

Capítulo 34

Después de semejante torbellino de emociones y pasión, yo pensaba que caeríamos rendidos y nos quedaríamos dormidos de inmediato, abrazados bajo las sábanas. Pero me equivoqué por completo. Marco todavía no tenía nada de sueño, así que, con total naturalidad, se levantó, encendió su computadora y se puso a jugar un videojuego. Yo me le quedé mirando desde la cama, divertida y resignada. De verdad, yo no sé qué le ven las personas a esos juegos, pero ver la concentración en su rostro me causaba gracia.

Aprovechando que él estaba en su propio mundo virtual, tomé mi teléfono y llamé a Jade. Sabía que estaba teniendo una semana sumamente apretada, pero necesitaba contarle. Al responder, me enteré de que no estaba en Milán; al parecer, un chico llamado Alejandro la había sorprendido regalándole un viaje de fin de semana a la espectacular costa de Amalfi. A pesar de su viaje, me escuchó atenta y le solté todo lo que había pasado con Marco. Hubiera amado ver su expresión en ese preciso momento, pero estoy segura de que se quedó con la boca abierta.

—No lo puedo creer, Apolonia —me dijo Jade al otro lado de la línea, con la voz cargada de asombro—. Esto parece sacado de una novela o de un auténtico cuento de hadas. De verdad, no me lo esperaba... pero me alegra muchísimo por ti si es que tú estás feliz.

—Sí, Jade, lo estoy —respondí con una sonrisa que no me cabía en el rostro.

—Bueno, ahora la pregunta verdaderamente importante —soltó Jade con un tono pícaro y divertido—: del uno al diez, ¿qué tan bueno estuvo en la cama?

Suelto una risita nerviosa, mordiéndome el labio antes de responder.
—Estuvo un cien. ¡Un cien completo! —confesé en un susurro emocionado.

—¡¿Un cien?! No, no, no lo puedo creer —chilló Jade desde su hotel en Amalfi—. Quiero absolutamente todos los detalles en cuanto nos volvamos a ver para tomarnos un café.

—Hecho, con mucho gusto, cuando tú quieras —le prometí, riendo.

Nos despedimos y colgué. Al mirar hacia el escritorio, vi que Marco seguía completamente sumergido en su partida, así que decidí aprovechar el tiempo. Saqué mi laptop y me puse a avanzar algunas tareas pendientes del trabajo de la firma. Estuve concentrada un buen rato, hasta que finalmente me di cuenta de que Marco ya había terminado de jugar. Me estiré en la cama y lo miré de reojo.

—¿Ya nos podemos ir a dormir? —le pregunté con un hilo de voz y los ojos entrecerrados por el cansancio.

—Claro que sí, mi amor —respondió él, apagando la computadora. Regresó a la cama, me rodeó con sus brazos fuertes y, por fin, caímos en un sueño profundo y reparador.

Al día siguiente, aprovechando el día festivo, salimos a pasear un rato por las hermosas calles de Milán. Nos detuvimos en una pequeña y acogedora cafetería para desayunar. Mientras tomábamos un café, disfrutando de la tranquilidad de la mañana, Marco me miró fijamente por encima de la taza. Su expresión juguetona había regresado, pero sus ojos transmitían una seriedad muy dulce.

—Se podría decir que ya somos... que ya nos pertenecemos el uno al otro, ¿no? —comentó con una sonrisa de lado.

Lo miré fijamente, sintiendo que el corazón me daba un vuelco lleno de felicidad y certeza.

—Yo diría que sí, Marco —respondí con seguridad.

Él no esperó un segundo más. Se inclinó sobre la mesa pequeña, acortó la distancia y me volvió a besar ahí mismo, sellando nuestras palabras bajo la luz del día. Todo estaba saliendo perfecto, de verdad, todo estaba demasiado bien.




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