Todas las formas de perderte

Cap 35

El lunes por la mañana regresamos a la oficina de la firma. Después del fin de semana tan perfecto que habíamos pasado, caminar por los pasillos corporativos fingiendo que solo éramos compañeros de trabajo se sentía casi irreal. El señor Leonard ya se había reincorporado a su puesto, completamente recuperado de su malestar, lo que significaba que yo estaba de vuelta en mi escritorio habitual y el ritmo de la alta gerencia volvía a su curso natural.

Pasamos casi todo el día sumergidos en contratos, llamadas y reportes financieros. Sin embargo, a última hora de la tarde, la tentación nos ganó. Estábamos en una de las salas de archivo del fondo, buscando unos expedientes urgentes que el área legal necesitaba cruzar con la gerencia. Al vernos completamente solos entre los estantes, la distancia profesional que habíamos mantenido durante horas se desmoronó. Marco me acorraló suavemente contra uno de los muebles, me tomó de la cintura y me plantó un beso cargado de toda la complicidad de los últimos días. Yo le correspondí de inmediato, perdiendo la noción del peligro por unos segundos.

El sonido de una garganta aclarándose nos hizo separarnos de golpe, con el corazón en la boca.

Frente a la puerta de la sala de archivos estaba el señor Leonard. Nos miraba con una expresión seria, indescifrable, sosteniendo una carpeta en la mano. Sentí que la sangre se me congelaba en las venas y que el aumento del cuarenta por ciento en mi sueldo, mi carrera y mi graduación pendían de un hilo. El pánico me invadió por completo.

—Al terminar la jornada de trabajo, los dos a mi oficina, por favor —dijo el señor Leonard con una voz calmada pero imponente, para luego darse la vuelta y marcharse.

Los últimos treinta minutos de la tarde fueron una auténtica tortura. No podía concentrarme. En mi mente solo daba vueltas el peor de los escenarios: el despido, la vergüenza, el fin de mi estabilidad en Italia. Cuando el reloj marcó la hora de salida, Marco me dedicó una mirada de tranquilidad, me tomó suavemente de la mano un segundo para darme fuerzas y caminamos juntos hacia el despacho principal.

Entramos con paso lento. El señor Leonard estaba sentado tras su gran escritorio de caoba. Nos indicó que tomáramos asiento y se tomó un momento antes de hablar, juntando las manos sobre la mesa.

—A ver, muchachos... —comenzó, mirándonos fijamente—. No tengo ninguna intención de prohibirles absolutamente nada. Sé que son jóvenes, que son solteros y lo que hagan con sus vidas fuera de estas paredes es un asunto estrictamente suyo. Pero simplemente les pido que, por favor, traten de evitar esas muestras de afecto aquí en el trabajo. No quiero distracciones en la firma, ni chismes entre los demás empleados que puedan afectar el rendimiento del equipo. ¿Queda claro?

Solté un suspiro de alivio tan grande que sentí que el alma me regresaba al cuerpo.
—Completamente claro, señor Leonard. Le pido una disculpa, le aseguro que no volverá a ocurrir —respondí de inmediato, con una sinceridad absoluta.

—Así será, señor Leonard. Gracias por su comprensión —añadió Marco, manteniendo la postura impecable de abogado.

El señor Leonard asintió con una sonrisa ligera, dando por terminado el asunto y demostrando una vez más el gran ser humano que era. Salimos de la oficina y el peso del susto desapareció de inmediato. Marco me acompañó a su auto para llevarme a casa y, una vez adentro, ambos nos soltamos a reír por los nervios acumulados. El alivio nos hacía flotar.

Sin embargo, la burbuja de paz duró muy poco. A mitad del trayecto hacia mi departamento, el teléfono de Marco comenzó a sonar a través del tablero del auto. Miré la pantalla de la consola central y vi el nombre que parpadeaba en la línea.

Era su madre. La famosa y prestigiosa cirujana.

Marco frunció sutilmente el ceño y contestó presionando un botón del volante. Al activar el altavoz, la voz que inundó el coche no tenía nada de la calidez que yo acababa de experimentar con Lía o con el señor Leonard. Era una voz fría, autoritaria, cargada de una altivez que me erizó los pelos de los brazos.

—Marco, finalmente te dignas a responder —soltó su madre desde el otro lado de la línea, sin molestarse en saludar—. Tu padre y yo nos acabamos de enterar por una fuente muy confiable de que ya estás instalado en Milán trabajando para esa firma de consultoría. No puedo entender por qué no nos habías avisado. Pero en fin, ese no es el punto de mi llamada. Me dijeron también que te han estado viendo salir muy bien acompañado de una de las empleadas de esa oficina. Una asistente, según tengo entendido.

Sentí un vuelco violento en el estómago. La frialdad con la que pronunció la palabra "asistente" fue como un balde de agua helada que me golpeó directo en el orgullo y en mis peores inseguridades.

—Madre, buenas tardes —interrumpió Marco, endureciendo la voz de una manera que nunca antes le había escuchado. Su tono juguetón y pícaro había desaparecido por completo—. Estoy manejando ahora mismo. Y respecto a mi vida privada, no es algo que debamos discutir por teléfono.

—Por supuesto que tenemos que discutirlo, Marco —replicó ella con una superioridad asfixiante—. Eres un abogado con un futuro brillante, vienes de una familia con un apellido y un estatus que cuidar en este país. No estudiaste en las mejores universidades del extranjero para terminar enredándote con la secretaria de la empresa. Tu padre y yo ya estamos organizando una cena para este fin de semana en nuestra casa. Queremos que vengas, y más te vale que dejes claras tus prioridades antes de esa noche. No vamos a permitir que pongas en juego tu reputación por un capricho de oficina.

La comunicación se cortó de golpe. Un silencio denso, pesado y cargado de tensión se instaló en el auto. Miré a Marco de reojo; sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. El pasado feliz, la terapia, el amor perfecto de cuento de hadas... todo pareció tambalearse en un segundo ante la imponente y clasista sombra de su familia. El verdadero conflicto acababa de comenzar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.