Todas las formas de perderte

Cap 36

Las palabras de mi querida suegra no dejaban de pasar por mi mente una y otra vez durante los días siguientes. Pero, ¿qué se ha creído esa vieja? Yo vengo también de una buena familia. Mi apellido y mi estatus en nuestro país de origen no son cualquier cosa. Aunque bueno, un punto a su favor es que, por ahora, ella no sabe que la "asistente" de la que le hablaron soy yo; no tiene idea de que se trata de la misma chica del pasado de su hijo. Pero estoy completamente segura de que, aunque lo supiera, de todas maneras no me dejaría estar con Marco. Para ella, el simple hecho de verme trabajando ahora como una simple secretaria es motivo suficiente para mirarme por encima del hombro, sin importarle de dónde vengo.

A mitad de semana, por fin logré cuadrar mi agenda para reunirme con Jade. Nos encontramos en un café hermoso en el centro de Milán, aprovechando que teníamos un respiro después de tanto tiempo sin vernos por culpa de nuestras asfixiantes rutinas. Nos abrazamos fuerte y nos pusimos al día. Jade me contó entusiasmada lo espectaculares que estuvieron sus vacaciones en la Costa de Amalfi y cómo iba todo de viento en popa con Alejandro, quien ya se había convertido en su novio oficialmente. Yo me alegré muchísimo por ella, pero en cuanto el ambiente se relajó, supe que era el momento de soltarle el nuevo chisme. Le conté la llamada de la madre de Marco.

—¡Ay, Apolonia! No puedes permitir que te trate de esa manera esa vieja —exclamó Jade, golpeando la mesa suavemente con indignación.

—Lo único bueno es que ella creo que no sabe que soy yo —le respondí, cruzándome de brazos con frustración—. Pero sí, ojalá nunca me la encuentre de frente, porque si lo hace, le voy a cantar las cuarenta. ¿Cómo puede ser que, aparte de no haberse preocupado por su hijo durante toda su infancia y adolescencia —es más, me atrevería a decir que casi nunca se preocupó por él—, ahora, a estas alturas, venga a querer decidir con quién debe estar? ¿Puedes creerlo?

Jade suspiró con pesadez, mirándome con esa madurez que la caracterizaba.
—Ya sabes cómo es esa gente, Apolonia. El apellido es lo único que le importa a esas personas; el apellido y ampliar su fortuna a como dé lugar. Seguro lo que quiere es que Marco se case con una multimillonaria que le sume estatus a la familia.

—Pero tú sabes que yo no vengo de mala familia —le reclamé, defendiendo mi orgullo—. En mi casa somos acomodados.

—Ya sé que son acomodados, amiga, lo sé perfectamente —asintió Jade, suavizando la voz—. Pero tú y yo sabemos que eso no se compara con la riqueza de sus papás allá en nuestro país. Contra eso es contra lo que estás compitiendo.

No me quedó más remedio que tragarme el orgullo y asentir en silencio. Tenía toda la razón.

Pasados los días, la fecha de la famosa cena familiar llegó. Me encontraba en la habitación de Marco mientras él terminaba de alistar sus cosas en una pequeña maleta de viaje. Para asistir a ese compromiso, tenía que tomar un avión de regreso a nuestro país, para encontrarse con ellos. Verlo empacar me generaba un nudo de angustia en el estómago que no podía disimular.

—En serio... ¿tienes que ir? —le pregunté, sentada en la orilla de la cama, mirándolo con vulnerabilidad.

Marco dejó lo que estaba haciendo, se acercó a mí y me tomó de las manos con una dulzura infinita.
—Sí, mi amor. Tengo que ir. Pero no lo veas simplemente como que voy a una cena familiar. Míralo como una estrategia: voy para plantarle cara a mis padres y sacármelos de encima más rápido. Necesito dejarles las cosas claras de una vez por todas.

Se inclinó, me dio un beso tierno en los labios y me regaló una de sus sonrisas cargadas de magnetismo.
—Te voy a extrañar, Apolonia. No sabes cuánto te voy a extrañar este fin de semana.

—Yo también, no sabes cuánto —le respondí, abrazándolo por la cintura y pegando mi rostro a su pecho.

Marco se separó un poco, me tomó de la barbilla para que lo mirara y esa chispa de picardía tan suya brilló con fuerza en sus ojos oscuros.
—Cuando regrese, te haré el amor tan rico que no vas a poder ni caminar —susurró con una voz ronca que me erizó la piel.

Sentí que las mejillas se me encendían por completo y me sonrojé, soltando una pequeña risa nerviosa.
—Lo esperaré con ansias —le aseguré, mordiéndome el labio.

Nos despedimos poco después y él se marchó al aeropuerto. Sin embargo, aunque mantuve la sonrisa hasta que lo vi cruzar la puerta, en cuanto me quedé sola en su apartamento, la realidad me golpeó con fuerza. Honestamente, aunque nunca fui capaz de decírselo a él para no meterle más presión, me moría de miedo. Me aterraba profundamente que al hablar con su madre, bajo la influencia de esa mujer tan manipuladora y de su imponente familia, Marco cambiara de opinión acerca de mí. Tenía pánico de que regresara del viaje convencido de que nuestra relación no tenía futuro y deseara terminarla para siempre.




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