Todas las formas de perderte

Cap 37

El silencio de las últimas horas se había convertido en mi peor enemigo. Miraba la pantalla del celular cada cinco minutos, carcomida por una ansiedad que me oprimía el pecho. Las peores teorías conspirativas desfilaban por mi mente. No me llama. No me ha mandado ni un solo mensaje desde que aterrizó. El pánico a que su madre lograra manipularlo me estaba volviendo loca.

Hasta que, por fin, el teléfono vibró en mi mano. El nombre de Marco brilló en la pantalla. Conteste de inmediato, con el corazón en la garganta.

—¿Marco? ¿Cómo estás? Me tenías con el alma en un hilo —solté, sin poder ocultar mi vulnerabilidad.

Al otro lado de la línea, escuché su suspiro cansado, cargado de una frustración profunda.

—Hola, mi amor... Perdón por la demora —su voz sonaba exhausta—. La cena fue tal cual te la imaginabas. Un absoluto desastre. Les dejé en claro a mis padres que estoy contigo, que te amo y que no pienso renunciar a lo nuestro. Pero ellos simplemente se negaron a entenderlo.

—¿Qué te dijeron, Marco? —pregunté, temiendo la respuesta.

Se hizo un breve silencio. Supe, por la forma en que respiraba, que Marco estaba reviviendo el enfrentamiento. En su mente, la escena de la cena familiar se repetía como una película de terror de la que no podía escapar.

—No la voy a dejar escapar otra vez —les había espetado Marco a sus padres en mitad del lujoso comedor, plantándoles cara con una firmeza que nunca antes había tenido—. Después de tanto tiempo que estuvimos separados por culpa de sus decisiones, no voy a cometer el mismo error.

Sus padres lo miraron desconcertados, interrumpiendo su elegante cena.

—¿A qué te refieres, Marco? ¿De qué estás hablando? —preguntó su padre, con tono severo.

—A mi primer amor —respondió él, sosteniéndoles la mirada—. A Apolonia. Se acuerdan perfectamente de ella, ¿verdad?

El rostro de su madre se transformó en una mueca de absoluto desprecio. Soltó una risa seca, aristocrática y venenosa.

—Por favor, Marco, no digas ridiculeces —dictaminó la mujer con frialdad—. Esa niña ya ni te ha de querer de la misma manera. Abre los ojos. Lo único que busca ahora, trabajando como una simple secretaria, es andar detrás de tu dinero y del estatus de nuestra familia.

La voz de Marco regresó al presente, sacándome de su recuerdo, pero el daño ya estaba hecho. Al escuchar aquellas palabras tan horribles, un nudo doloroso me cerró la garganta. Sentí las lágrimas agolparse en mis ojos, quemando. El orgullo me sangraba. ¿Cómo podía juzgarme de esa manera sin siquiera saber quién era yo ahora?

—Oye, mi amor, no llores, por favor —me pidió Marco al notar mi silencio y mi respiración entrecortada—. No importa lo que ella diga. Te lo ruego, tranquilízate. Mañana mismo voy a estar allá contigo. Adelanté mi vuelo de regreso porque de verdad ya no soporto estar en la misma casa que mis papás. Quédate tranquila, nada ni nadie nos va a separar. Te amo.

—Yo también te amo —susurré, tragándome las lágrimas para no preocuparlo más.

Nos despedimos y colgué. Me sequé las mejillas con el dorso de la mano y me dispuse a dormir, un poco más aliviada por sus promesas, pero con el eco de los insultos de su madre resonando en mi cabeza.

A eso de las dos de la mañana, un sonido me sacó bruscamente del sueño.

Click. Scrach.

Me quedé completamente inmóvil en la cama, con el corazón desbocado golpeándome las costillas. Alguien estaba afuera. Alguien estaba intentando forzar la cerradura de mi puerta. El pánico, ese viejo conocido que creía haber dejado atrás en mi país, me congeló la sangre. Polo. El monstruo de mis pesadillas había cruzado el océano.

La adrenalina se impuso al miedo. Me deslicé fuera de las cobijas con el mayor sigilo posible. Caminé hacia el rincón de la habitación y tomé el bate de béisbol que guardaba por pura precaución. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostenerlo.

Me acerqué a la entrada a pasos lentos, conteniendo la respiración. El ruido cesó de golpe. El silencio que se instaló en el pasillo era sepulcral, aterrador. Con el bate en alto, me pegué a la puerta y miré con cuidado a través de la mirilla.

No había nadie. El pasillo estaba completamente desierto, iluminado por la luz parpadeante del edificio.

Bajé el bate lentamente, intentando calmar los latidos de mi corazón, pensando que tal vez mi mente me había jugado una mala pasada debido al estrés de la llamada. Pero entonces, bajé la mirada.

Un pequeño pedazo de papel blanco sobresalía por debajo de la puerta.

Dejé el bate a un lado y, con los dedos entumecidos por el frío del susto, recogí la nota. La desdoblé. Una caligrafía que reconocería en cualquier parte del mundo estaba escrita con tinta negra. Solo tenía cinco palabras:

"Por fin te encontré, preciosa."

El papel cayó de mis manos como si quemara. El aire me faltó en los pulmones. Esa noche, el sueño se me escapó para siempre. Polo estaba en Milán.




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