Todas las formas de perderte

Cap 38

Decidí no decirle nada a nadie. Ni a Jade, ni a Marco cuando aterrizara. No quería alarmarlos sin estar completamente segura, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos. Logré conciliar el sueño apenas dos horas antes del amanecer. En ese lapso, me llegó un mensaje de Marco con los detalles de su vuelo. El impulso de verlo y la necesidad de sentirme a salvo me hicieron reaccionar: a última hora, busqué una aplicación y renté un auto por un día. Quería darle una sorpresa, recogerlo yo misma en el aeropuerto y huir juntos de toda la toxicidad de su familia.

Cuando lo vi salir por la puerta de desembarque, sentí que volvía a respirar. Nos fundimos en un abrazo eterno. Al separarnos, Marco me tomó suavemente de los hombros, arqueó una ceja y me miró con fijeza, analizándome el rostro.

—¿Estás bien? —me preguntó, con una chispa de picardía intentando ganarle al cansancio de su propia mirada—. Creo que dormí mejor yo que estaba en el avión que tú.

A pesar de que me había maquillado e intentado arreglarme lo mejor posible para disimular la noche de terror, mi cuerpo me estaba traicionando. Solté una pequeña risa sutil, esforzándome por mantener la fachada y no romper a llorar ahí mismo. Supuso que mi mala cara era simplemente el estrés acumulado por la universidad, el trabajo y la tensa llamada que habíamos tenido unas horas antes.

—Oye —le dije, subiendo al auto rentado y tomando el volante—, ya que mi departamento está mucho más cerca del aeropuerto que tu casa, ¿te parece si vamos para allá? Nos echamos un ratito, dormimos juntos... La verdad es que anoche tampoco pude dormir mucho y me vendría bien un descanso.

—Claro que sí, mi vida. Lo que tú prefieras —respondió él, dándome un beso tierno en la mano.

Llegamos a mi edificio. Al crucial el umbral de mi puerta, un escalofrío me recorrió la espina dorsal, pero me obligué a ignorarlo. Nos acostamos y, arrullada por el calor de su cuerpo y la seguridad de sus brazos, caí en un sueño profundo.

Dormimos unas tres horas. Me despertó el vacío a mi lado en la cama y el murmullo de Marco en la sala. Eran casi las dos de la tarde. Me estiré, sintiendo el cuerpo pesado, y caminé descalza hacia la estancia, guiada por el olor a café. Pero me detuve en seco al verlo.

Marco estaba de pie junto a la barra de la cocina. No estaba preparando comida. Tenía los ojos fijos en el pequeño pedazo de papel blanco que yo había dejado tirado sobre el mueble tras el pánico de la madrugada. La nota.

Sentí que el mundo se detenía cuando Marco levantó la mirada hacia mí. Sus ojos oscuros reflejaban una confusión inmensa que rápidamente se transformó en una tensión peligrosa.

—¿Quién te escribió esto, Apolonia? ¿De quién es esto? —me preguntó, su voz sonando inusualmente fría, sosteniendo el papel entre sus dedos.

Tragué saliva, sintiendo que la mentira que había planeado se desmoronaba en un segundo. No había una explicación lógica que pudiera inventar. Decidí soltar la verdad.

—No sé... Te voy a decir la verdad, Marco —confesé, cruzándome de brazos para evitar que viera cómo me temblaban—. Anoche, a eso de las dos de la mañana, escuché que alguien intentaba forzar la cerradura de mi puerta. Me levanté con un bate para investigar, pero cuando miré por la mirilla ya no había nadie. Solo encontré esa nota tirada en el suelo.

El rostro de Marco se encendió de rabia y pánico.

—¡¿Y pretendías no decirme nada?! —exclamó, dando un paso hacia mí, con la mandíbula apretada—. ¡Intentaron meterse a tu maldito departamento, Apolonia! Esto es peligroso, ¿no te das cuenta? ¡Pudieron haberte hecho algo!

—¡No quería preocuparte más de lo que ya estabas por culpa de tus papás! —le reclamé, elevando la voz, dejando salir toda la frustración contenida—. Ya pasó, estoy bien. No te preocupes, yo lo voy a solucionar...

—¿Solucionar qué? ¡No vas a solucionar nada sola! —me interrumpió, furioso.

La discusión escaló rápido. Marco caminó hacia la entrada, agarrando las llaves, tan frustrado y abrumado por el impulso del enojo que pareció que iba a marcharse y dejarme ahí. El corazón se me partió en mil pedazos. Se va a ir. Me va a dejar.

Pero a los tres pasos, se detuvo en seco. Cerró los ojos, respiró hondo y dio media vuelta. Su madurez y el amor que me tenía ganaron la batalla contra su temperamento. No podía dejarme. No a mí. No desprotegida.

Se acercó a mí con pasos firmes, me tomó suavemente por los hombros y me miró con una determinación que no admitía réplicas.

—No, no puedo dejarte aquí. Ni loco. Te vas conmigo a mi casa ahora mismo. Pon lo esencial en una mochila, nos vamos ya.

—Marco, no, espera... yo no puedo dejar mi departamento así, tengo que entregar el auto mañana... —empecé a protestar, sintiendo que perder el control de mi espacio me daba más miedo.

—¡Me importa un bledo el auto, Apolonia! —me cortó, suavizando la voz pero manteniendo la firmeza—. Mañana yo mismo lo devuelvo. Pero tú no te quedas aquí ni una sola noche más. Es mi última palabra. Entra en razón, por favor. No me perdonaría nunca si te pasa algo.

Miré sus ojos, cargados de una genuina angustia por mi seguridad. Toda la fortaleza que había intentado fingir se evaporó. Asentí en silencio, tragándome el orgullo, y fui a empacar. Diez minutos después, dejábamos atrás mi departamento. Iba camino a su casa, huyendo de un fantasma del pasado, pero refugiada en el único hombre que estaba dispuesto a incendiar el mundo con tal de mantenerme a salvo.




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