Todas las formas de perderte

Cap 39

La mañana comenzó con un murmullo tenso que me arrastró fuera del sueño. Abrí los ojos lentamente, adaptándome a la luz que se filtraba por los ventanales de la habitación de Marco. Él estaba de pie junto a la ventana, con el teléfono pegado a la oreja, hablando en un tono de voz bajo pero cargado de autoridad. Gracias a las influencias y los contactos de su familia, no había tardado ni unas horas en mover cielo y tierra; estaba hablando con un investigador privado al que le había encargado revisar las cámaras de seguridad de mi edificio.

De repente, Marco colgó, miró su reloj y sus ojos se abrieron de par en par. La prisa lo transformó por completo. Empezó a moverse por el cuarto como un torbellino, abriendo el armario y sacándose la ropa a toda velocidad.

—¿Por qué te vistes con tanta prisa? —le pregunté, incorporándome en la cama, extrañada por su agitación.

—Princesa, ¡¿ya viste la hora?! Es tardísimo, tenemos que apresurarnos o no vamos a llegar a la firma —respondió él, abotonándose la camisa a contrarreloj.

Una pequeña sonrisa involuntaria se me escapó de los labios ante su confusión y me crucé de brazos en la cama, mirándolo con un tono de reproche divertido.

—Amor... —lo llamé, haciendo que se detuviera—. Tranquilízate. ¿Acaso no revisas el teléfono? ¿No viste el chat grupal donde Leonardo avisó que esta semana no fuéramos? Eso te pasa por no estar pendiente del chat grupal del trabajo. Ordenaron que todos nos quedáramos en modalidad remota por la epidemia de gripe que hay ahorita con el cambio de clima por la entrada del otoño.

Marco se detuvo en seco, con un calcetín en la mano y la camisa a medio abotonar. Parpadeó un par de veces, procesando mi pequeño regaño, hasta que los hombros se le relajaron por completo y soltó una carcajada limpia, admitiendo su descuido.

—Es verdad... Lo había olvidado por completo con todo este caos —confesó, tirándose de espaldas a mi lado en la cama—. En ese caso, creo que podemos permitirnos dormir un par de horas más.

Nos quedamos refugiados en el calor de las sábanas hasta que el hambre nos obligó a levantarnos. Marco se adueñó de la cocina de inmediato. Verlo moverse entre las sartenes siempre era un espectáculo.

El desayuno quedó espectacular, pero el ambiente idílico se esfumó en cuanto nos sentamos a la mesa. Marco dejó su taza de café, sacó su celular y lo deslizó por la madera hacia mí. Su rostro se volvió sumamente serio.

—Mi amor, mira esto —me pidió, señalando la pantalla—. Mi contacto logró extraer las capturas de la cámara del pasillo de anoche. El tipo llevaba un suéter abajo y una casaca encima para cubrirse. Se aseguró de no mostrar la cara en ningún momento; usaba un pasamontañas, pero en un descuido, la luz del pasillo captó esto con claridad. Es una casaca de color marrón, y atrás tiene un diseño con letras bordadas. ¿Te resulta familiar?

Miré la imagen digitalizada. En cuanto mis ojos se enfocaron en la silueta, en la textura de esa casaca marrón y en las letras grabadas en la espalda, el aire se me atascó en los pulmones. Sentí como si una mano de hielo me estrujara el corazón. El color se me borró del rostro y una expresión de completo horror me congeló las facciones. Las manos me empezaron a temblar tanto que casi tiro el teléfono.

Marco lo notó de inmediato. Se inclinó sobre la mesa y me tomó de las manos, con una angustia genuina reflejada en su mirada.

—¿Apolonia? Mi amor, ¿qué pasa? ¿Estás bien? ¿Reconoces la casaca?

—Es él, Marco... —susurré, con una voz que apenas parecía mía, rota por el pánico—. Él es Polo.

Marco se tensó por completo, sus ojos oscuros chispearon con una mezcla de sorpresa y rabia contenida.

—¿Polo? —preguntó, buscando confirmación—. ¿El hombre violento de tu pasado? ¿El que me contaste que casi te mata?

—Sí, es él —asentí, sintiendo una lágrima de pura impotencia resbalar por mi mejilla.

—Pero, mi vida... ¿cómo puedes estar tan segura? No se le ve el rostro en el video. ¿Estás completamente segura de que es él?

—Porque yo le regalé esa casaca, Marco —confesé, clavando mi mirada en la suya—. Yo misma se la compré hace años. Conozco perfectamente cada costura y ese diseño de las letras en la espalda. Es él. Cruzó el océano. Me encontró.

El silencio que se instaló en la cocina fue abrumador. La confirmación de que el monstruo estaba en Milán cambió las reglas del juego. Sin embargo, Marco, con su mente fría de abogado, apretó los puños sobre la mesa y analizó la situación. Sabía que una prenda de vestir en un video de seguridad no era evidencia legal suficiente para que la policía italiana lo arrestara de inmediato por acoso o intento de allanamiento.

Si queríamos encerrar a Polo y asegurarnos de que nunca más volviera a tocarme, no podíamos actuar por impulso. Teníamos que jugar con inteligencia. Teníamos que diseñar una trampa perfecta para hacerlo caer.




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