La mañana en Milán se tiñó del gris del otoño, pero en mi mente el escenario era muy diferente. Me encontré de pronto atrapada en un recuerdo de hacía tres años, en una tarde fría y lluviosa de mi país.
Recordé el peso de la caja entre mis manos y la emoción latiéndome en el pecho. Había ahorrado durante semanas, privándome de muchas cosas, solo para comprarle esa casaca marrón. Recordaba el olor a cuero nuevo y la textura áspera de las letras bordadas en la espalda que yo misma había elegido con tanto esmero. Cuando se la entregué, Polo la sacó de la envoltura y se la probó frente al espejo con una sonrisa arrogante. Yo esperaba un abrazo cálido, un agradecimiento sincero. En cambio, él se giró, me tomó del brazo con una fuerza que me dejó marcas rojas y me jaló hacia su pecho. Su aliento rozó mi oído, helándome la sangre con susurros que entonces no supe descifrar: «Me queda perfecta, princesa. Así, cada vez que la use en la calle, todos sabrán que tengo una mujer que me pertenece y que sabe cuál es su lugar». Lo que yo había diseñado con amor, él lo había transformado en su uniforme de cazador.
El tintineo de una cuchara contra la porcelana me arrancó del trance de golpe. Parpadeé, regresando a la cocina de Marco. El café frente a mí ya estaba completamente frío.
Marco acababa de colgar el teléfono. Tenía el rostro encendido de rabia y los nudillos blancos de tanto apretar el aparato. Golpeó la mesa de madera con el puño, haciéndome dar un respingo.
—¡Maldita sea! —exclamó, pasando una mano por su cabello, frustrado—. Hablé con dos de los mejores penalistas de la firma y con mi contacto en la Questura. No pueden hacer nada, Apolonia. Absolutamente nada.
—¿Cómo que no? —Mi voz sonó pequeña, rota—. Lo vieron en las cámaras, Marco. Sabe dónde vivo.
—Para la ley italiana, una silueta borrosa en un pasillo común con una casaca que tú dices reconocer no es prueba jurídica de nada —explicó, con la crudeza fría de su profesión—. No ha roto ninguna cerradura, no ha dejado notas escritas, no te ha tocado ni te ha amenazado aquí. Los crímenes del pasado ocurrieron al otro lado del océano, fuera de su jurisdicción. Legalmente, él no te ha "hecho nada" en Italia. Solo es un turista caminando por un edificio.
La impotencia nos aplastó a ambos. Marco había movido cielo y tierra esa mañana, llamando a fiscales amigos, investigadores y contactos migratorios, pero la burocracia europea se movía a paso de tortuga. Exigían un delito flagrante o una agresión física para poder emitir una orden de restricción o activar una alerta de deportación.
El miedo se transformó en una parálisis absoluta. Le juré a Marco, entre lágrimas de pánico, que no volvería a pisar mi apartamento; la sola idea de que Polo hubiera caminado por mis pasillos me hacía sentir que mi hogar estaba profanado. Tampoco me sentía segura saliendo a la calle sola. Sentía que cada sombra en las esquinas de Milán llevaba una casaca marrón.
Ante mi colapso, Marco tomó las riendas con la determinación que lo caracterizaba.
—No vas a volver a ese lugar, y no te voy a dejar sola —sentenció, mirándome a los ojos—. Nos quedaremos aquí.
En menos de veinticuatro horas, nuestra rutina cambió por completo. Marco habló con los socios de su firma y transfirió todos sus casos activos a la modalidad remota. Montó una oficina improvisada en la mesa del comedor, que pronto se llenó de carpetas de cuero, códigos penales italianos y el constante tecleo de su computadora. Solo salía del apartamento para lo estrictamente necesario: llevarme a la universidad y recogerme. Me subía al auto en el estacionamiento subterráneo de su edificio y me dejaba exactamente en la entrada de mi facultad, asegurándose de verme entrar al flujo de estudiantes antes de arrancar.
Pasaron los días, y una falsa pero reconfortante sensación de seguridad empezó a instalarse entre nosotros. El apartamento de Marco se convirtió en nuestra fortaleza flotante. Mientras yo asistía a mis clases con el corazón en un puño pero rodeada de gente, él pasaba las horas en el teléfono con su investigador privado, intentando rastrear los hostales de la ciudad o buscando algún vacío legal en su estatus migratorio.
Por las tardes, la tensión parecía disiparse un poco. Cocinábamos juntos, veíamos alguna serie en el sofá y compartíamos el calor de las sábanas por las noches. Fuera de las paredes del edificio, el otoño milanés soplaba con fuerza, pero adentro, las cosas no parecían estar tan mal. Empezaba a creer que la distancia y el aislamiento nos estaban manteniendo a salvo.
Hasta esa noche.
Marco estaba en la cocina preparando un té de manzanilla para ayudarme a conciliar el sueño. Yo estaba recostada en el sofá, con el televisor encendido en un canal local que apenas registraba mi atención. El teléfono celular, que descansaba sobre la mesa de centro, vibró con un zumbido seco.
Pensando que se trataba de un aviso del chat grupal de la universidad sobre alguna tarea, estiré el brazo y lo tomé de manera inocente. La pantalla se iluminó. Era un mensaje de texto de un número oculto.
Lo abrí. El aire se me atascó de golpe en los pulmones y sentí como si una mano de hielo me estrujara el corazón, borrándome el color del rostro. Las letras en la pantalla digital brillaban con una crueldad silenciosa:
“No te encuentro todavía pero pronto lo haré y no te espantes de mi cariño”
El teléfono me tembló en las manos hasta que cayó sobre las mantas. La fortaleza se había derrumbado. Polo no solo me estaba buscando activamente entre la niebla de Milán, sino que ya tenía mi nuevo número de teléfono.