Todavía es Ella

Capítulo 1

Capítulo 1: La promesa de oro

El sol de 1978 filtraba sus rayos a través de las vidrieras rotas de la iglesia colonial, tiñendo el aire de un polvo dorado que parecía bendecir cada promesa susurrada. Vivi, con sus veintiún años a cuestas como un vestido blanco sencillo —de algodón humilde, sin encajes ni perlas que su familia no podía permitirse—, avanzaba por el pasillo central. Sus pasos eran suaves, casi temerosos, como si supiera que el destino tejía hilos invisibles alrededor de sus tobillos. El aroma a incienso viejo y flores marchitas se mezclaba con el sudor nervioso de los pocos invitados, todos de pie en bancos astillados, mirándola con ojos que decían: *esta es la nuestra, la que se casa primero*.

Amado la esperaba al final del altar, veintitrés años de juventud arrogante enfundados en un traje prestado por su tío, demasiado ancho en los hombros y corto en las mangas. Su cabello negro brillaba bajo la luz, y sus ojos —esos ojos que devoraban el mundo con una hambre que Vivi aún no comprendía— se clavaron en ella como anclas. El padre Ruiz, con su voz cascada por décadas de sermones, recitaba las palabras eternas, pero para Vivi, todo se reducía a ese momento: el intercambio de anillos.

Amado tomó su mano izquierda, temblorosa pero firme, y deslizó el aro de oro en su dedo. Era un anillo modesto, comprado con ahorros de meses en la fábrica, pero pesaba como una profecía. Vivi lo sintió inmediatamente: el peso del oro contra su piel, frío al principio, luego cálido como una marca. Lo acarició con el pulgar, una y otra vez, un gesto instintivo, como si ya intuyera que ese metal sería su talismán contra las tormentas venideras. "En la salud y en la enfermedad", juró Amado, su voz ronca por la emoción, y Vivi repitió las palabras, sintiendo cómo el anillo se ajustaba perfecto, como si siempre hubiera pertenecido allí.

El inicio de ese instante —dos anillos dorados brillando bajo la luz tamizada, uno en cada mano entrelazada— era perfecto, casi cinematográfico. El de ella, intacto y reluciente; el de él, idéntico, prometiendo igualdad. Se besaron entonces, un beso tímido pero cargado de promesas, mientras las campanas repicaban con un eco que resonaba en el pecho de todos. Arroz voló por el aire, granos blancos como confeti humilde, pegándose a sus ropas mientras salían al patio empedrado.

Afuera, la familia humilde celebraba con lo poco que había: tamales envueltos en hojas de maíz, agua de jamaica en vasos desportillados, risas que ocultaban la pobreza. Vivi, aún acariciando su anillo, miró a Amado y sonrió. Pero en el fondo de sus ojos, una sombra fugaz: El oro no bastaba para sellar lo que el destino ya había empezado a deshacer.

¿Y si esa promesa, tan brillante ahora, se perdía en el mar de lo inevitable?

Vivi volvió a acariciar el anillo. Estaba tan apretado que empezaba a cortarle la circulación, dejando una marca cárnica bajo el oro. Miró a Amado, que reía con fuerza, y sintió que su cuerpo ya no le pertenecía. Era de él. Y él no iba a conformarse con poco.




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