Capítulo 2: Camino al paraíso
El autobús era un armatoste viejo que tosía humo negro y se sacudía en cada bache del camino empedrado, como si protestara por llevarlos tan lejos de la realidad. Habían subido con dos maletas viejas, de cartón reforzado con cinta adhesiva, que Amado colocó con cuidado en el portaequipajes oxidado. El olor a gasolina quemada y a sudor de los demás pasajeros llenaba el aire, pero a Vivi no le importaba. Era su luna de miel, y todo parecía posible.
Se sentó junto a la ventana, el vidrio empañado por el aliento de viajes anteriores. El paisaje pasaba lento: cerros áridos salpicados de magueyes, casas de adobe con techos de lámina, niños descalzos corriendo detrás del autobús hasta que se cansaban. Vivi apoyó la frente en el cristal fresco y sonrió. Por primera vez en su vida, se sentía libre. Libre de la casa de sus padres, libre de las miradas de la vecindad, libre para ser solo de él.
Amado se acomodó a su lado, su muslo rozando el de ella en el asiento estrecho. Tomó su mano izquierda sin pedir permiso —como haría siempre— y empezó a jugar con su anillo. Lo giraba despacio, sintiendo el oro cálido bajo sus dedos, como si quisiera grabar esa sensación en la memoria. Vivi lo observó de reojo. Él, a su vez, giraba su propio anillo nerviosamente, un tic que ella ya había notado en la iglesia: un movimiento circular, casi compulsivo, como si temiera que se soltara.
—Ten cuidado —susurró ella, sin apartar la vista del paisaje—. No lo vayas a perder. El mar se roba el oro y no lo devuelve.
Era una advertencia envuelta en broma, heredada de su abuela, que siempre hablaba del océano como si fuera un amante celoso. Vivi lo dijo con una sonrisa, pero en su voz había algo más profundo, una intuición que no sabía nombrar.
Amado soltó una carcajada, esa risa fuerte y confiada que hacía girar cabezas en el autobús.
—Este anillo no se lo lleva ni el diablo —respondió, levantando la mano para besarle los nudillos—. Te lo juro, mi amor. Ni el mar, ni el tiempo, ni nadie.Y si lo llegara a perder, te prometo que lo busco y lo encuentro hasta con mi vida.
Era una promesa dicha en broma, ligera como el polvo que entraba por la ventana abierta. Ninguno de los dos comprendió el peso que llevaba. Se miraron, se sonrieron, y Amado la atrajo hacia él para besarla en la sien. Vivi cerró los ojos, sintiendo el traqueteo del autobús como un latido compartido.
Horas después, cuando el sol empezaba a hundirse en el horizonte como una moneda de fuego, llegaron a la costa. El mar apareció de repente, inmenso y turquesa, brillando bajo los últimos rayos. El autobús frenó con un chirrido, y el olor salado invadió todo.
Vivi apretó la mano de Amado. Él apretó la suya de vuelta, su anillo rozando el de ella.
El paraíso los esperaba.
Pero el mar, paciente y hambriento, también.
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amor/dilemas morales, suspense/maternidad de alto riesgo, romance/tragedia romántica
Editado: 08.01.2026