Capítulo 3: El hotel del olvido
La pensión era un edificio viejo y descolorido, pegado a la playa como una concha olvidada por la marea. "El Olvido" se llamaba, con letras oxidadas en el letrero que crujía con la brisa salada. No era el paraíso de las postales, pero para ellos era suficiente: una habitación modesta en el segundo piso, con paredes blanqueadas a la cal y un suelo de cemento pintado de azul. Amado cargó las maletas viejas por la escalera estrecha, riendo cada vez que tropezaba, mientras Vivi lo seguía, tocando su anillo como si fuera un amuleto contra lo desconocido.
—Aquí estaremos solos, mi amor —dijo él al abrir la puerta, con esa voz llena de promesas que aún no sabía si podría cumplir—. Solo tú y yo, y el mar.
La habitación era pequeña, apenas espacio para una cama de hierro con un mosquitero blanco que colgaba como un velo nupcial. Una mesita coja, una silla despareja y una ventana grande abierta al océano turquesa, que brillaba bajo el sol del atardecer como si estuviera hecho de cristales rotos. El sonido de las olas entraba constante, un rumor profundo y eterno que llenaba el silencio, borrando el mundo de afuera.
Vivi se acercó a la ventana, inhalando el aire salado. Amado dejó las maletas en un rincón y se paró detrás de ella, rodeándola con los brazos por la cintura.
—¿Te gusta? —susurró contra su cabello—. No es mucho, pero es nuestro.
—Es perfecto —respondió ella, girándose para mirarlo. Sus ojos brillaban con una mezcla de nervios y deseo—. Contigo, cualquier lugar lo sería.
La primera noche como esposos llegó envuelta en ternura y torpeza. La luz de una bombilla desnuda parpadeaba sobre ellos mientras se desvestían con manos temblorosas, riendo bajito por los tropiezos: el botón que no cedía, el cierre que se atascaba, los besos que interrumpían todo. No sabían bien qué hacer, pero lo descubrieron juntos, despacio, entre susurros y caricias inseguras. El mosquitero los envolvía como un capullo, protegiéndolos del mundo. Un capullo protege, pero también atrapa. Mientras el sonido de las olas marcaba el ritmo de sus cuerpos.
Después, exhaustos y pegajosos de sudor y sal, yacieron abrazados bajo la sábana ligera. Amado acariciaba la espalda de Vivi con dedos suaves, trazando círculos lentos, como si quisiera memorizar cada vértebra.
—Te haré feliz siempre —murmuró contra su frente, su voz ronca por la emoción—. Te lo prometo, Vivi. Pase lo que pase, siempre.
Ella levantó la cabeza para mirarlo, sus ojos oscuros llenos de una confianza absoluta.
—Lo sé —dijo simplemente, y lo besó con una dulzura que le apretó el pecho.
Se durmieron así, entrelazados, con el mosquitero ondeando suavemente por la brisa. Toda la noche, el sonido de las olas los acompañó: un arrullo constante, hipnótico, que parecía susurrar secretos antiguos.
Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol se colaron por la ventana abierta, Vivi abrió los ojos primero. Amado dormía profundamente a su lado, su brazo pesado sobre su cintura, su respiración calmada. Ella sonrió, besó su hombro desnudo y se levantó con cuidado para no despertarlo. Se acercó a la ventana, descalza, y miró el océano turquesa que se extendía infinito.
El mar los llamaba y se acercaron a la orilla.
El agua del mar estaba helada, pero Amado la arrastró hacia adentro con una risa que desafiaba a las olas. Vivi gritó, entre divertida y asustada, sintiendo cómo la arena se escapaba bajo sus pies con cada retirada del agua.
—¡Amado, espera! ¡No sé nadar bien! —exclamó ella, aferrándose a sus hombros.
Él no se detuvo. La tomó por la cintura y la levantó, sumergiéndola hasta que el agua le llegó al pecho.
—Yo te sostengo, Vivi. Puedo arriesgarte, pero nunca voy a soltarte. Además si algo te pasa por mi culpa, prometo compensarte hasta con mi vida—dijo él. Sus ojos brillaban con esa devoción que empezaba a parecer posesiva.
De repente, una ola más grande que las demás los golpeó. Vivi perdió el equilibrio y se hundió. El sabor de la sal le quemó la garganta y, por un segundo, la oscuridad del océano la envolvió. Sintió una mano fuerte atrapando su brazo, tirando de ella hacia la superficie con una fuerza bruta que le dejó los dedos marcados en la piel.
Cuando emergió, tosía, Amado la abrazó sin impedirle expandir los pulmones.
—¿Ves? —le susurró al oído, mientras la apretaba contra su pecho mojado—. Sin mí, te hundes. Yo seré tu salvador hasta el final.
Vivi intentó sonreír, pero el brazo de Amado era un yugo enamorado. Miró su mano bajo el agua: el anillo de oro parecía haber encogido. Ya no solo le apretaba el dedo; sentía que le apretaba el alma.
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amor/dilemas morales, suspense/maternidad de alto riesgo, romance/tragedia romántica
Editado: 07.01.2026