Capítulo 6: El mar cobra su precio
Amado se sentía invencible.
El agua lo recibía como a un viejo amigo: fresca, viva, envolviéndolo en su abrazo salado. Nadaba con brazadas fuertes, disfrutando la libertad que solo el mar podía dar. El sol le quemaba la espalda, pero debajo de la superficie todo era silencio y ligereza. Se alejó más de lo prudente, riendo para sí mismo, imaginando la cara de Vivi cuando le contara que había tocado el arrecife lejano.
*Supersticiones de vieja*, pensó, sacudiendo la cabeza bajo el agua. Nada podía tocarlo. Era joven, fuerte, y tenía toda una vida por delante con la mujer que amaba.
Entonces llegó la ola.
No la vio venir. Una masa de agua traicionera, más grande que las anteriores, que se alzó de repente como una pared verde. Lo sorprendió en pleno giro, lo volteó con violencia, lo arrastró hacia el fondo en un torbellino de espuma y arena.
El mundo se volvió caos.
Por un instante, el pánico fue absoluto. El agua le entró por la nariz, los oídos, los ojos. Pataleó con furia, buscando la superficie, pero la corriente lo tenía atrapado. Y entonces lo sintió: un deslizamiento sutil, casi delicado, en el dedo anular de su mano izquierda.
Algo se soltó.
El anillo.
El pánico se volvió hielo puro en sus venas.
Buceó de inmediato, los ojos abiertos en el agua turbia, buscando desesperado el destello dorado. Una vez. Dos. Tres veces. Sus pulmones ardían, la arena movediza del fondo se levantaba en nubes que lo cegaban. Extendía la mano, palpaba el vacío, rastrillaba la arena con los dedos hasta que le dolían las uñas.
Nada.
El aire se le acababa. Los puntos negros empezaron a bailar en su visión. Tuvo que salir, jadeando, tosiendo agua salada que le raspaba la garganta.
Emergió a la superficie con un grito ahogado, sacudiendo la cabeza. El sol seguía brillando, indiferente. La playa seguía casi vacía. Y cuando levantó la mano izquierda para apartarse el cabello mojado de la cara, lo vio.
El dedo desnudo.
Un círculo pálido de piel donde antes había estado el anillo. El oro que había jurado proteger, que había prometido que ni el diablo se llevaría, ya no estaba.
El mar se lo había tragado.
Amado se quedó flotando, mirando su mano con horror, como si perteneciera a otra persona. El abismo debajo de él parecía reírse, profundo e insondable.
Y en la orilla, muy lejos, la figura diminuta de Vivi seguía sentada, tocando su propio anillo una y otra vez.
Vivi tenía razón. El mar le había cobrado el oro. Pero mientras nadaba hacia la orilla con el brazo pesado, Amado apretó el puño vacío. Si no tenía el anillo para amarrarla a él, buscaría algo que creciera dentro de ella, algo que ni el mar ni el diablo pudieran arrancarle
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amor/dilemas morales, suspense/maternidad de alto riesgo, romance/tragedia romántica
Editado: 07.01.2026