Todavía es Ella

Capítulo 8

Capítulo 8: El regreso marcado

La vuelta al pueblo fue dos días después, en el mismo autobús destartalado que los había llevado al paraíso. Pero ya nada era igual. Las maletas viejas parecían más pesadas, el traqueteo más ruidoso, el polvo del camino más asfixiante. Cuando bajaron en la plaza principal, con el sol de media tarde cayendo como plomo, la familia los esperaba: padres, hermanos, tías, vecinos curiosos que se habían enterado de la llegada.

—¿Y cómo les fue en la luna de miel? —preguntó la madre de Vivi, abrazándola fuerte, con los ojos brillantes de emoción contenida—. Cuéntennos todo, hija.

Amado sonrió con esfuerzo, levantando la mano izquierda para saludar. El dedo desnudo quedó a la vista de todos, el círculo pálido de piel gritando la ausencia.

Los susurros empezaron de inmediato. Miradas que bajaban a la mano y subían rápidas, cejas arqueadas, bocas entreabiertas. La suegra de Amado, doña Refugio, una mujer de lengua afilada y creencias firmes, no se contuvo.

—Mal comienzo para un matrimonio —dijo en voz alta, chasqueando la lengua—. Perder el anillo de bodas en la luna de miel… Eso no es buena señal, hijo. El mar se llevó algo más que oro.

Vivi sintió las palabras como una bofetada, pero no defendió a Amado. Ni una palabra. Se quedó callada, mirando al suelo empedrado, tocando su propio anillo con disimulo. La espina ya estaba clavada, profunda y silenciosa, y no había forma de arrancarla sin hacer más daño.

Intentaron sonreír, contestar a medias, cambiar de tema. Pero el regreso estaba marcado. La historia del anillo perdido corrió rápido por el pueblo: que si superstición, que si descuido, que si el matrimonio ya empezaba torcido. Amado no solo se siente culpable ante Vivi, ahora se siente humillado ante el pueblo. Y un hombre arrogante humillado es una bomba de tiempo.

Esa misma semana se mudaron a la casa pequeña que habían alquilado con tanto esfuerzo: dos habitaciones estrechas, una cocina con estufa de leña, un baño diminuto con ducha que apenas calentaba el agua. Amado pintó las paredes de blanco para que pareciera más grande, Vivi colgó cortinas floreadas que había cosido ella misma. Intentaron empezar su vida de casados como si nada hubiera pasado: él saliendo temprano a la fábrica, ella arreglando la casa, cocinando lo poco que podían permitirse.

Pero cada vez que se tomaban de la mano —y lo intentaban, porque el amor aún estaba ahí, terco y joven—, Vivi sentía el vacío en el dedo de él. Y él sentía su mirada bajar, solo un segundo, antes de apartarla.

Una cosa pequeña puede hacer mucho daño cuando esa cosa es muy significativa para el ser amado.

El anillo perdido no era solo oro. Era la primera promesa rota. Vivi miraba el espacio vacío en la mano de Amado mientras él cenaba. Ya no veía un dedo; veía un agujero por donde se estaba escapando toda la suerte y, posiblemente, entrando la desgracia. Amado intentaría tapar ese "agujero" con una obsesión.
Y las promesas rotas, aunque sean pequeñas, dejan cicatrices que no se ven, pero que duelen cada día.




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