Capítulo 10: La sentencia médica
El consultorio del doctor Maldonado era un lugar anticuado, detenido en el tiempo: paredes pintadas de verde pálido descascarado, un escritorio de madera oscura cubierto de papeles amarillentos y frascos de medicinas polvorientos. Un ventilador de techo giraba con pereza, moviendo el aire cargado de olor a desinfectante y a tabaco viejo. En la pared, un negatoscopio iluminaba radiografías con imágenes borrosas de corazones y pulmones ajenos.
El doctor Maldonado, un hombre de unos cincuenta años, serio y de pocas palabras, ajustó sus gafas sobre la nariz aguileña y revisó los exámenes que tenía esparcidos sobre el escritorio: análisis de sangre, un electrocardiograma arrugado, placas de rayos X. Sus manos, manchadas por años de nicotina, señalaban puntos específicos mientras hablaba con voz grave y sin rodeos.
—Su corazón es débil, señora —dijo al fin, mirando directamente a Vivi—. Tiene una válvula defectuosa, el músculo es frágil. Soporta lo cotidiano, pero no más.
Vivi sintió que el aire se le escapaba del pecho. Amado, sentado a su lado en la silla dura, apretó su mano con fuerza instintiva.
El doctor continuó, implacable:
—Un embarazo la mataría. El esfuerzo sería demasiado. La presión arterial se dispararía, el corazón no resistiría. Es una sentencia clara.
Las palabras cayeron como balas en el silencio del consultorio. Una. Dos. Tres. Impactando directo en el centro de sus vidas.
Vivi palideció, el color abandonando su rostro joven como si alguien hubiera apagado una luz dentro de ella. Sus labios se entreabrieron, pero no salió sonido. Solo miró al doctor, luego al suelo, luego a nada.
Amado apretó su mano con más fuerza, tanto que dolió. La mano izquierda de Vivi, la que tenía el anillo de oro brillando intacto bajo la luz fría del negatoscopio. Contra la de él, desnuda, sin nada que la adornara.
El contraste era doloroso. Cruel. Como si el destino se burlara: ella conservaba su promesa completa, él había perdido la suya desde el principio. Y ahora, el futuro que imaginaban —hijos, una familia grande, el legado que él tanto anhelaba— se desvanecía en esa habitación polvorienta.
—¿No hay... nada que se pueda hacer? —preguntó Amado al fin, con voz ronca, como si las palabras le rasparan la garganta.
El doctor negó con la cabeza, quitándose las gafas para limpiarlas con un pañuelo gastado.
—Con cuidado, puede vivir muchos años. Pero hijos... no. Es demasiado riesgo.
Vivi no dijo nada. Solo sintió cómo el anillo pesaba más que nunca en su dedo, como una cadena que la ataba a una vida que acababa de cambiar para siempre.
Salieron del consultorio en silencio, tomados de la mano. El vacío en el dedo de él nunca había dolido tanto.
Y el oro en el de ella nunca había parecido tan solitario.
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amor/dilemas morales, suspense/maternidad de alto riesgo, romance/tragedia romántica
Editado: 07.01.2026