Capítulo 11: Anticonceptivos y promesas
Salieron de la consulta con una receta en la mano, un papel pequeño que pesaba como una losa. El doctor Maldonado había sido claro: pastillas anticonceptivas, las más confiables que había en esa época. "Tómelas todos los días a la misma hora, sin falta", había repetido, mirando a Vivi por encima de las gafas. "Un olvido y todo el esfuerzo se pierde".
Fueron directo a la farmacia del centro, una botica antigua con frascos de cristal en los estantes y olor a mentol. El farmacéutico, un hombre delgado con bigote gris, les explicó las instrucciones con cuidado, como si manejara un explosivo: una pastilla diaria, siempre a la misma hora, preferiblemente por la noche antes de dormir. Sin alcohol excesivo, sin antibióticos que interfirieran. "Es su vida la que está en juego, señora", dijo al entregar la cajita blanca.
Vivi asintió en silencio, guardando el paquete en su bolso como si fuera un secreto frágil.
Esa noche en casa, después de una cena sencilla que apenas probaron, Vivi se sentó en la cama con la cajita en las manos. Abrió el blíster con dedos temblorosos y contó las pastillas una por una: veintiuna blancas, siete de placebo. Las contó dos veces, como si quisiera asegurarse de que ninguna faltara. Luego las guardó en el cajón de la mesita de noche, al lado de su Biblia y del frasquito de agua bendita que su madre le había regalado.
Amado se acercó por detrás, rodeándola con los brazos. Apoyó la barbilla en su hombro y la abrazó fuerte, como si pudiera protegerla del mundo entero con su cuerpo.
—Seremos cuidadosos —susurró contra su cuello—. Te lo prometo, mi amor. Todo va a salir bien.
Vivi giró la cabeza para mirarlo. En sus ojos aún brillaba el shock del consultorio, pero también una chispa de esperanza.
—No necesitamos hijos para ser felices —dijo él, con voz firme, aunque algo en su interior ya empezaba a dudar—. Nos tenemos a nosotros. Eso basta.
Ella asintió, dejando que él la besara despacio, con una ternura que intentaba borrar el miedo. Hicieron el amor con precaución esa noche: sin la urgencia de antes, con una delicadeza nueva, como si temieran romper algo irreparable. Amado se detuvo a mitad, mirándola a los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó, preocupado.
—Sí —mintió ella, sonriendo apenas—. Solo... cuídame.
Y él la cuidó, como siempre prometía.
Después, exhaustos, se quedaron abrazados en la oscuridad. Vivi tomó la primera pastilla con un vaso de agua, exactamente a las nueve en punto, como había indicado el farmacéutico. La tragó mirando el techo, sintiendo cómo bajaba por su garganta como una promesa de salvación.
Se durmió tranquila por primera vez en semanas, acurrucada contra el pecho de Amado.
Confía en él, se dijo. Confía en que esta vez escuchará.
Confía en que el amor será suficiente para protegerla.
En el silencio de la casa, el cajón de la mesita quedó entreabierto.
Y dentro, las pastillas esperaban, inocentes y perfectas.
Aún nadie imaginaba que alguien las miraría con otros ojos.
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amor/dilemas morales, suspense/maternidad de alto riesgo, romance/tragedia romántica
Editado: 07.01.2026