Capítulo 12: El demonio de la paternidad
Semanas después, la vida seguía su curso aparente. Vivi tomaba la pastilla cada noche a las nueve en punto, como un ritual sagrado. El miedo se había calmado un poco, convertido en una cautela constante, pero manejable. Amado seguía diciendo que no necesitaban hijos para ser felices, y ella casi le creía.
Pero algo se despertó en él una tarde de domingo.
Venía caminando del trabajo, tomando el atajo por el parque del pueblo. Era uno de esos días en que el sol no quema tanto, y las familias salen a respirar. Vio a un grupo de niños jugando en los columpios: risas que volaban alto, pelotas que rebotaban, madres sentadas en las bancas vigilando con una mezcla de cansancio y orgullo.
Se detuvo sin darse cuenta.
Uno de los niños, un morenito de unos cuatro años con ojos grandes y oscuros, corrió hacia su madre gritando "¡Mira, mamá!" mientras le mostraba una mariposa que había atrapado en las manos. El niño tenía los ojos de Vivi. Exactamente los mismos: profundos, inteligentes, con esa chispa que lo había enamorado desde el primer día.
Algo se despertó en él.
Un deseo primitivo, irracional, que le apretó el pecho como una garra. Quería un hijo. Su hijo. Un pedacito de ambos corriendo por la casa, llamándolo "papá", mirándolo con esos ojos. Quería ver a Vivi embarazada, con la barriga redonda, sintiendo pataditas en la noche. Quería un legado, un apellido que continuara, una familia como Dios manda.
Se quedó ahí parado, mirando a los niños, hasta que uno de los padres lo saludó y tuvo que seguir caminando.
Esa noche, en la cama, mientras Vivi dormía plácida a su lado, Amado no pudo cerrar los ojos. Las palabras del doctor Maldonado resonaban: "Un embarazo la mataría". Pero otra voz, más fuerte, empezaba a susurrar: *Los médicos exageran. Siempre exageran para cubrirse las espaldas. Hay mujeres con problemas peores que tienen hijos sanos. La ciencia avanza. Dios no sería tan cruel*.
Comenzó a racionalizar.
*Si somos cuidadosos, si la vigilo día y noche, si vamos a los mejores médicos...*
*Un solo hijo. Solo uno. Para que nuestro amor no se quede solo en nosotros.*
*Ella sería una madre maravillosa. Y yo... yo la cuidaría como nunca.*
La semilla de la traición germinó esa noche, en la oscuridad de su mente.
No era maldad. Era amor torcido, egoísta, ciego. Era el demonio de la paternidad disfrazado de sueño hermoso.
Amado se giró para mirar a Vivi dormida, su rostro sereno bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Acarició su mejilla con ternura infinita.
"Perdóname", pensó. "Pero necesito esto. Necesitamos esto."
Y mientras ella dormía confiada, él ya empezaba a imaginar cómo hacer que ocurriera.
Sin que ella lo supiera.
Sin que ella pudiera detenerlo.
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amor/dilemas morales, suspense/maternidad de alto riesgo, romance/tragedia romántica
Editado: 07.01.2026