Todavía es Ella

Capítulo 13

Capítulo 13: Los sabotajes sutiles

La primera semana, Amado solo observó.

Cada noche, cuando Vivi abría el cajón de la mesita para tomar su pastilla, él fingía leer el periódico o quitarse los zapatos, pero sus ojos se desviaban hacia ese gesto rutinario. Veía cómo ella contaba con cuidado, cómo tragaba la pastilla con un sorbo de agua, cómo cerraba el blíster y lo guardaba de nuevo. No dijo nada. Solo sintió el nudo en la garganta crecer un poco más.

La segunda semana, dio un paso más.

Vivi dormía profundamente a su lado, su respiración suave y regular. Amado esperó hasta que la casa estuvo en completo silencio. Luego, con el corazón latiéndole fuerte contra las costillas, se levantó con cuidado y abrió el cajón. Solo miró. No tocó. Contempló el blíster bajo la luz tenue que entraba por la ventana, las pastillas alineadas como soldados inocentes. Cerró el cajón despacio, volvió a la cama y se quedó despierto hasta el amanecer, luchando contra sí mismo.

La tercera semana, contó las pastillas.

Una noche, después de que Vivi se durmiera, abrió el cajón otra vez. Sacó el blíster con manos temblorosas y contó: dieciocho restantes. Las miró fijamente, como si pudieran hablarle, acusarlo.

*¿Qué estoy haciendo?*, se preguntó, el sudor frío bajándole por la espalda. *Esto está mal. Esto es traicionar a la mujer que amo.*

Pero la imagen del niño con ojos de Vivi volvía una y otra vez. El deseo era más fuerte que la culpa.

La cuarta semana, cruzó la línea.

Esperó a que ella durmiera. Abrió el cajón, sacó el blíster y, con dedos que apenas obedecían, presionó dos pastillas fuera de su alveolo. Las escondió en el puño, las llevó al baño y las tiró al excusado. Tiró de la cadena, viendo cómo desaparecían en el remolino de agua.

Al día siguiente, Vivi abrió el cajón como siempre. Frunció el ceño, contó, volvió a contar.

—Qué raro —dijo en voz alta, mientras Amado fingía leer en la cocina—. Juraría que tomé la de ayer, pero aquí faltan dos. ¿Las tomé doble por error?

Amado levantó la vista del periódico, forzando una expresión de sorpresa casual.

—Tal vez —respondió, con la voz más calmada que pudo—. A veces uno se confunde con estas cosas.

Vivi se encogió de hombros, tomó la pastilla del día y cerró el cajón.

Esa noche, solo en la oscuridad, Amado se odió a sí mismo. Se miró la mano desnuda, el dedo vacío que nunca había dejado de recordarle su primera imprudencia, y sintió que se hundía más en el abismo.

*Soy un monstruo*, pensó. *La estoy matando poco a poco.*

Pero no paró. La semilla ya había echado raíces. Y mientras Vivi dormía, Amado miraba su dedo desnudo en la oscuridad, convenciéndose de que, cuando el niño naciera, el oro volvería a brillar.

Continúa...




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