Capítulo 14: El engaño perfecto
El mes siguiente, las pastillas siguieron desapareciendo. No de golpe, sino con una precisión quirúrgica: una aquí, dos allá, siempre en noches en que Vivi dormía profundamente. Amado ya no sentía el mismo remordimiento al abrir el cajón; la culpa se había vuelto un zumbido constante, pero manejable. Cada pastilla que tiraba era un paso más hacia el sueño que lo consumía.
Una mañana, Vivi abrió el blíster y frunció el ceño. Contó tres veces.
—Faltan más —dijo en voz baja, casi para sí misma—. Este envase venía incompleto, ¿verdad?
Amado, sentado a la mesa con su café, levantó la vista con expresión de sorpresa ensayada.
—Seguro que sí —respondió—. A veces las fábricas se equivocan. Ve a la farmacia y reclama, te dan otro sin problema.
Vivi dudó un segundo, pero asintió. Esa misma tarde fue a la botica. El farmacéutico, el mismo hombre de bigote gris, tomó el blíster, lo examinó con el ceño fruncido.
—Imposible —dijo, confundido—. Estos vienen sellados de fábrica. Veintiuna pastillas activas, siete placebos. No falta ninguna.
Vivi sintió un frío en la espalda, pero el farmacéutico, viendo su expresión, se encogió de hombros.
—Quizá se confundió al contar. Tome, le doy otro envase nuevo. No se preocupe.
Le entregó una cajita fresca, con el sello intacto. Vivi la guardó en el bolso y regresó a casa más tranquila. Confiaba en que había sido un error suyo.
Pero Amado ya había encontrado la forma de sabotear también el nuevo envase.
Días después, aprovechando un turno nocturno en la fábrica, se escabulló al mercado negro del pueblo: un puesto discreto en el fondo de una pulquería donde se vendía de todo, desde medicinas vencidas hasta placebos hechos a mano. Compró un blíster idéntico, pero sin principio activo. Las pastillas eran del mismo tamaño, color, forma. Perfectas imitaciones.
Esa noche, mientras Vivi dormía, intercambió los envases. Dejó el original en su lugar, pero con las pastillas reales contadas y escondidas. El placebo quedó en la mesita, listo para ser tomado.
Vivi no sospechó nada. Cada noche tomaba su pastilla con la misma fe ciega de siempre. Confiaba en su esposo. Confiaba en que él nunca la pondría en peligro.
La traición era perfecta.
Invisible.
Silenciosa.
Irreversible.
Y mientras ella dormía tranquila, Amado se quedaba despierto mirando el techo, con la mano izquierda cerrada en un puño sobre el dedo desnudo.
Sabía que ya no había vuelta atrás.
El hijo que tanto deseaba estaba en camino.
Y el precio lo pagaría ella.
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amor/dilemas morales, suspense/maternidad de alto riesgo, romance/tragedia romántica
Editado: 07.01.2026