Capítulo 20: El segundo trimestre
El segundo trimestre trajo un nuevo enemigo: la presión arterial.
160/110. Números que el doctor repetía con gravedad, como un veredicto. Peligro constante. Cualquier esfuerzo podía dispararla más, romper algo dentro de Vivi que no se podía reparar.
Reposo absoluto. Las 24 horas del día en cama, sin levantarse más que para ir al baño con ayuda. La habitación se convirtió en su mundo: la cama hundida en el centro, la ventana que daba al patio donde antes tendía la ropa, el techo que ahora conocía de memoria.
Amado lo dejó todo por ella. Cambió la fábrica por un trabajo más pesado en una carpintería: tallar muebles a mano, cargar madera, pero ganando un poco más y con la ventaja de que el patrón le permitía llevarse piezas a casa para terminarlas por la noche. Así tenía tiempo para cuidarla.
Cocinaba sopas ligeras, lavaba la ropa a mano, limpiaba la casa en silencio. Dormía apenas tres horas por noche, acostado en el suelo junto a la cama para estar cerca si ella lo necesitaba. Se convirtió en enfermero: medía la presión tres veces al día, le tomaba la temperatura, le masajeaba las piernas hinchadas, le cambiaba las compresas frías en la frente.
Era atento, amoroso, detallista hasta el extremo. Le preparaba el agua con exactamente la cantidad de limón que le calmaba la náusea, le leía en voz alta cuando el aburrimiento la ahogaba, le peinaba el cabello con paciencia infinita.
Pero a Vivi todo lo que él hacía le parecía odioso.
Cada cucharada que le acercaba a la boca era un recordatorio de por qué estaba allí. Cada "mi amor" sonaba a disculpa disfrazada. Cada caricia le quemaba la piel por el resentimiento que crecía como mala hierba.
No agradecía. Ni una palabra. A veces ni lo miraba. Cuando él entraba en la habitación con una bandeja, ella giraba la cabeza hacia la pared. Cuando intentaba tocarla, se apartaba lo que podía.
Cada atención era un recordatorio.
Cada gesto, una deuda acumulándose.
Amado lo hacía todo con el corazón en la mano, pero ella solo veía al hombre que la había puesto allí. El que había ignorado su advertencia en la playa. El que había jugado con su vida por un deseo egoísta.
Y en la quietud de las noches, mientras él tallaba madera en la cocina para no despertarla, Vivi se quedaba mirando el techo, tocando su anillo intacto.
El bebé se movía dentro de ella, cada vez más fuerte.
Y el odio, también.
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amor/dilemas morales, suspense/maternidad de alto riesgo, romance/tragedia romántica
Editado: 08.01.2026