Capítulo 5: La advertencia del mar
Era el cuarto día, y el mediodía caía sobre la playa como una manta de fuego. El sol quemaba sin piedad, convirtiendo la arena en brasas que obligaban a caminar a saltos. La playa estaba casi vacía: solo unas cuantas sombrillas lejanas y el grito ocasional de gaviotas que planeaban en círculos. El mar, ese día, parecía más vivo que nunca: un turquesa profundo que invitaba, que seducía, que prometía refresco y olvido.
Amado se levantó de la toalla con una sonrisa traviesa, quitándose la camisa con un movimiento rápido. Su torso bronceado brillaba bajo la luz, y estiró los brazos como si ya abrazara las olas.
—Voy a nadar un rato —dijo, sacudiéndose la arena de los pies—. Este calor me está matando.
Vivi, sentada bajo la sombrilla con un vestido ligero pegado a la piel por el sudor, lo miró de repente seria. Algo antiguo, heredado de su abuela, le apretó el pecho.
—Quítate el anillo —dijo, con voz baja pero firme, extendiendo la mano hacia él.
Amado se detuvo, riendo, inclinándose para besarle la frente.
—¿Qué? ¿Otra vez con las supersticiones? Son cosas de vieja, mi amor. No me va a pasar nada.
Vivi no sonrió. Se puso de pie, la arena caliente quemándole las plantas de los pies, y lo tomó del brazo.
—El mar tiene hambre de oro —insistió—. Siempre lo ha tenido. Mi abuela lo decía: quítate todo lo que brille antes de entrar. No es broma, Amado.
Él soltó una carcajada más fuerte, liberándose con suavidad pero decidido. Ya corría hacia las olas, el agua salpicando sus rodillas.
—¡No seas aguafiestas! —gritó sin volverse—. ¡Vente tú también, valiente!
Vivi lo observó zambullirse, desaparecer bajo una ola y emerger más lejos. Presintió lo que venía. Una punzada fría le recorrió las entrañas.
El grito de Amado no llegó como una voz, sino como un borbotón de agua. Vivi se puso en pie de un salto. Lo vio luchar contra una corriente invisible, sus brazos golpeando el turquesa con desesperación. Ella corrió hacia la orilla, el vestido mojándose, pesando como el plomo. Cuando él logró salir, arrastrándose por la arena como un náufrago, no le faltaba el aire. Le faltaba el peso.
Amado levantó su mano izquierda. El dedo estaba pálido, marcado por un surco donde antes habitaba el metal. El mar se lo había llevado.
—Vivi… —jadeó él, mirando el vacío en su mano con una expresión desencajada—. Lo perdí. El mar me lo robó.
Vivi no sintió pena. Sintió el frío de la profecía cumplida. Pero lo que vio en los ojos de Amado fue peor: no era tristeza, era una obsesión naciente. Él miró el vientre de Vivi y luego su mano desnuda. En su mente, el vacío del anillo se transformó en una deuda urgente. Si el mar le había quitado el oro, él necesitaba algo más valioso, algo de carne y hueso para sellar su unión.
—Necesitamos algo que no se pueda caer, Vivi —susurró él, apretándole el brazo con una fuerza nueva—. Algo que el mar no me pueda quitar. Un hijo. Tenemos que empezar ya.
Vivi miró el océano y comprendió que la tregua había terminado. El mar se había cobrado el oro, pero Amado iba a cobrarse la vida.
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amor/dilemas morales, suspense/maternidad de alto riesgo, romance/tragedia romántica
Editado: 08.01.2026