Capítulo 7: El dedo vacío
Amado salió del agua derrotado, como si la ola no solo le hubiera arrancado el anillo, sino también parte de su alma. Caminaba lento, con los hombros caídos, el agua chorreando de su cuerpo y dejando un rastro oscuro en la arena. El sol seguía alto, indiferente, pero él ya no lo sentía. Solo sentía el vacío: un círculo pálido y frío en su dedo anular, una ausencia que pesaba más que cualquier metal.
Desde la orilla, Vivi lo vio venir. Se había quedado quieta, sentada sobre la toalla, con las rodillas abrazadas. Sus ojos oscuros lo siguieron paso a paso, pero no se movió para recibirlo. No dijo "te lo dije". No hizo falta. Su silencio era peor que mil reproches: una quietud cargada, como el aire antes de la tormenta.
Él llegó hasta ella y se dejó caer a su lado, exhausto. Extendió la mano izquierda sin palabras, mostrándosela como quien presenta una herida abierta.
—Se lo llevó el mar —murmuró, la voz ronca, apenas audible sobre el rumor de las olas.
Vivi miró el dedo desnudo. Lo miró largo rato, como si pudiera ver en esa piel pálida todo lo que acababa de romperse entre ellos. La primera grieta en el matrimonio era esa: pequeña, invisible para otros, pero profunda e irreparable. Ella no lloró. Solo apartó la vista hacia el horizonte, donde el océano se extendía infinito y satisfecho.
Esa noche en el hotel, la tensión flotaba en la habitación como humo denso. La ventana seguía abierta, pero el sonido del mar ya no arrullaba; acusaba. Cenaron en silencio algo frío que habían comprado en una fonda, sentados en la mesita coja, sin mirarse a los ojos.
—Compraré otro —dijo Amado al fin, intentando romper el hielo—. Mañana mismo voy al pueblo y compro uno igual.
Vivi negó con la cabeza, despacio, sin levantar la vista del plato.
—No será el mismo —respondió con voz baja, pero firme—. No compres otro, Amado. Nunca será el anillo que estuvo presente en nuestro matrimonio.
Él abrió la boca para protestar, pero las palabras murieron en su garganta. Entendió, en ese instante, que sería inútil. Comprar otro no restauraría nada; solo sería un recordatorio diario de su imprudencia, de cómo había ignorado su advertencia, de cómo había desafiado al mar y perdido. Sería peor: una imitación barata que gritaría la ausencia del original cada vez que se tomaran de la mano.
Se acostaron temprano, pero no hubo besos de buenas noches. Se dieron la espalda, cada uno en su borde de la cama, con un abismo de sábanas entre ellos. Vivi acarició su anillo toda la noche, girándolo una y otra vez contra su piel, como si pudiera protegerlo de cualquier otra pérdida. Amado mantuvo la mano izquierda cerrada en un puño, sintiendo el vacío en su dedo como un hueco que le dolía en el pecho.
Al día siguiente, el regreso al pueblo fue en silencio. El autobús traqueteaba como siempre, pero ya no había risas ni manos entrelazadas. Vivi miraba por la ventana, tocando su anillo. Amado miraba su propia mano desnuda, ocultándola entre las piernas.
El mar lo había dejado ir.
Pero se había quedado con su deuda.
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amor/dilemas morales, suspense/maternidad de alto riesgo, romance/tragedia romántica
Editado: 08.01.2026