Todavía es Ella

Capítulo 29

Capítulo 29: El nombre como sentencia

Una enfermera entró en la habitación con el formulario de registro en la mano, la voz suave pero profesional.

—¿Nombre para el registro? —preguntó, bolígrafo en alto.

Amado miró a Vivi. Ella seguía con los ojos cerrados, el rostro pálido contra la almohada, como si no quisiera participar en ese momento. Pero abrió los ojos un segundo, lo suficiente para responder.

Con voz muerta, casi un susurro:

—Milagro.

La enfermera anotó, luego levantó la vista.

—¿Milagros, con S?

Vivi negó despacio con la cabeza.

—No. Milagro. Singular.

Hizo una pausa, respirando con dificultad.

—Porque solo uno fue necesario para salvarnos.

La enfermera asintió sin comprender del todo, terminó de escribir y se marchó. Nombre registrado.

Milagro.

Suena como acusación. Como recordatorio permanente.

Cada vez que la llamen —en la casa, en la escuela, en la vida—, recordarán cuán cerca estuvieron de la muerte. Cada "¡Milagro!" será un eco de aquellas dieciocho horas, del corazón que latió cuando no debía, de la madre que casi no despertó.

Pero también, poco a poco, empezará a sonar como algo más.

Amado, sentado en la silla con la niña dormida en sus brazos, no apartaba los ojos de ella. Le cambiaba el pañal con una delicadeza que nunca había tenido, le daba el biberón cuando Vivi no podía amamantar por el agotamiento, le cantaba bajito canciones de cuna que inventaba en el momento. A Vivi le traía flores frescas cada día —margarias blancas del mercado—, le peinaba el cabello con paciencia, le masajeaba los pies hinchados sin quejarse del cansancio propio.

Era muy atento y amoroso con ambas. Se levantaba diez veces por noche si la bebé lloraba, mecía a Milagro contra su pecho hasta que se calmaba, y luego se sentaba junto a la cama de Vivi para verificar que respirara tranquila. Le hablaba en susurros: "Gracias por darme esto, mi amor. Gracias por ser tan fuerte".

Vivi no respondía. Aún no. El resentimiento era una costra dura sobre la herida. Pero en los momentos en que él creía que ella dormía, la veía observar: cómo acunaba a la niña con lágrimas en los ojos, cómo le besaba la frente diminuta, cómo parecía dispuesto a dar la vida por las dos.

Y algo, muy en el fondo, empezó a ablandarse.

No era perdón. Aún no. Pero era el comienzo de una duda: ¿Podía un hombre que había causado tanto dolor amar también con tanta ternura?

Vivi, agotada de odiar, empezaba a sentirlo.

Porque Amado ya no era solo el egoísta de antes. Era el padre que velaba el sueño de su milagro.




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