Todavía es Ella

Capítulo 33

Capítulo 33: El anillo reparado

La semana seis llegó envuelta en un aire de normalidad que se sentía extraño, casi frágil. Como si la casa entera contuviera el aliento, temiendo romper el hechizo. Vivi ya se movía con más soltura por las habitaciones: cruzaba la cocina sin apoyarse, mecía a Milagro en sus brazos sin que las manos le temblaran tanto. El color había vuelto a sus mejillas, y sus ojos, aunque aún guardaban sombras, empezaban a brillar cuando la niña sonreía.

Amado caminaba con una energía renovada, como si las noches en vela se hubieran convertido en combustible en lugar de peso muerto. Sus pasos eran más ligeros, su voz más suave. Cada mañana traía flores frescas del patio —aunque fueran solo margaritas silvestres— y las ponía en el jarrón junto a la cama de Vivi.

Esa tarde, entró en la habitación con las manos escondidas detrás de la espalda y una chispa traviesa en los ojos que Vivi no veía desde los días de la luna de miel, antes de que todo se torciera.

—Cierra los ojos —le pidió, con esa voz baja y cálida que una vez la había enamorado.

Vivi arqueó una ceja, dejando escapar una risa escéptica, pero obedeció. Sintió que él se sentaba en el borde de la cama y colocaba algo pequeño y frío en la palma de su mano.

—Ahora sí. Ábrelos.

Bajó la mirada. En su mano descansaba una cajita de terciopelo desgastado, de esas que guardan secretos. Al abrirla, el brillo del oro la cegó por un segundo.

Era su anillo.

No los dos pedazos rotos que recordaba con dolor. Era uno solo, perfecto de nuevo. El joyero del pueblo había hecho un trabajo milagroso: la soldadura era casi invisible, una línea fina que solo se sentía al pasar la uña con atención. El oro había sido pulido hasta recuperar el esplendor del día de su boda, como si el tiempo no hubiera pasado.

—Lo mandé a reparar con el mejor hombre del pueblo —susurró Amado, observándola con el aliento contenido, los ojos llenos de una esperanza que casi dolía mirar—. Quería que volviera a tu mano. Donde siempre debió estar.

Vivi tomó el anillo entre los dedos y lo acercó a la luz de la ventana. Lo deslizó despacio en su dedo anular izquierdo. Hubo un silencio breve, cargado. El metal entró con demasiada facilidad; la enfermedad le había robado peso, carne, fuerza. El anillo le quedaba flojo ahora, bailando alrededor de la base del dedo como un recordatorio de que ella ya no era la misma mujer de antes.

Pero ahí estaba.
El círculo se había cerrado.

—Gracias, Amado —dijo ella, y esta vez la gratitud salió de corazón, sin filtros.

Lo miró a los ojos. Vio la emoción cruda en su rostro, la forma en que contenía el aliento esperando su reacción. En un impulso que sorprendió a los dos, Vivi se inclinó hacia adelante y depositó un beso suave en su mejilla.

Un contacto fugaz, apenas un roce de labios sobre la piel áspera y sin afeitar. Pero para Amado fue como un relámpago en plena noche. Se quedó inmóvil, sintiendo el calor de ese beso quemándole la cara, el corazón golpeando tan fuerte que temió que Vivi lo oyera.

—Vivi... —alcanzó a decir, la voz quebrada, los ojos brillando.

Se aferró a ese gesto como un hombre que encuentra tierra después de meses a la deriva. No era perdón total. No era el amor ciego de antes. Pero era algo real. Algo vivo. Una grieta más en la pared que los había separado, y esta vez la luz entraba por ella.

Vivi volvió a mirar su mano, admirando cómo el oro captaba la luz de la tarde. El anillo flojo, sí. Pero entero. Como ellos, tal vez.

Amado juró para sus adentros, con una intensidad que le apretó el pecho, que nunca más permitiría que ese anillo —ni la mujer que lo llevaba— volvieran a romperse.

Aunque el precio fuera su propia vida.

Y en ese momento, con Milagro gorgojeando en la cuna y el sol derramándose por la ventana, la casa pareció contener el aliento una vez más.

No de miedo.

Sino de esperanza.

Una esperanza peligrosa, frágil, adictiva.

Porque después de tanto dolor, ¿quién no querría creer que el amor podía repararse también?




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