Todavía es Ella

Capítulo 34

Capítulo 34: Los tres meses

Noventa días.

Es el tiempo que tarda la piel en regenerarse por completo, pero no el alma.

La rutina en la casa se había convertido en un mecanismo de relojería suizo: preciso, funcional, casi frío. Milagro era una bebé extrañamente silenciosa, como si desde la cuna hubiera aprendido a no molestar en un hogar donde el aire aún vibraba con electricidad estática, con palabras no dichas y miradas que se esquivaban.

Vivi ya no era una inválida. Podía cerrar la puerta del baño y lavarse sola, recuperando esa intimidad que el hospital le había arrancado. Algunas mañanas, frente al espejo empañado, se sorprendía sonriendo a su reflejo. Eran sonrisas breves, casi robadas: flashes de la mujer que fue antes de que su corazón se convirtiera en una bomba de tiempo.

Ella y Amado hablaban. Hablaban del precio del maíz, del clima que amenazaba lluvia, de cuántas onzas había tomado Milagro esa mañana. Conversaciones de superficie. Seguras. Nadie se atrevía a bucear más hondo, porque sabían que en el fondo seguían los naufragios.

Esa noche, el silencio era distinto. Pesado. Cargado de algo que flotaba entre ellos como niebla.

Después de acostar a Milagro, Vivi se quedó de pie en el pasillo. Miró la puerta de la habitación donde Amado dormía desde que regresaron del hospital. Él le había cedido el cuarto principal sin discusión, relegándose a una cama individual y paredes desnudas, como un exilio voluntario que duraba ya tres meses.

Vivi caminó. Descalza, sin hacer ruido.

Abrió la puerta. La penumbra solo dejaba ver la silueta de Amado, sentado en el borde del colchón, con la cabeza gacha, como si esperara el castigo que merecía.

Él levantó la vista. Sus ojos brillaron en la oscuridad, alerta, vulnerables: los de un hombre que ya no sabía si merecía la caricia o el golpe.

Vivi no dijo nada al principio. Se acercó y se sentó a su lado. El colchón se hundió bajo su peso, un movimiento pequeño que pareció un terremoto en aquel cuarto estrecho.

—¿Puedo quedarme? —susurró ella. Su voz era un hilo, pero cortó el silencio como un bisturí.

Amado se tensó. Sintió el calor de su cuerpo a centímetros, el perfume suave de su piel que le inundó los sentidos, recordándole todo lo que casi destruyó.

—Esta es tu cama también —respondió él, la voz rota por una emoción que no supo nombrar—. Siempre lo ha sido.

Se acostaron.

No hubo urgencia. No hubo manos ansiosas buscando el fuego de antes. No hicieron el amor; el sexo habría sido demasiado ruidoso para una paz tan frágil. En lugar de eso, Amado pasó un brazo por debajo de los hombros de Vivi y ella se acurrucó contra su pecho, encajando la cabeza en el hueco de su hombro como si nunca se hubiera ido.

Él la abrazó con una fuerza contenida, protegiéndola del mundo entero... y quizás de sí mismo. Vivi cerró los ojos y escuchó el latido de su corazón: fuerte, rítmico, constante.

Era suficiente.

Por ahora, el abrazo era la única soldadura que sus cuerpos podían soportar. Afuera, el viento golpeaba las paredes de la casa como un recordatorio del mundo que seguía girando. Adentro, bajo las sábanas, dos náufragos acababan de encontrar una balsa compartida.

Lo que Vivi no sabía —y Amado no se atrevía a decir— era que en la oscuridad de la habitación, las mentiras del pasado seguían acechando desde los rincones.

Silenciosas.

Paciente.

Esperando el momento perfecto para volver a salir a la superficie.

Porque el amor, cuando ha sido roto una vez, nunca vuelve a ser el mismo.

Aunque se sienta, por una noche, como si lo fuera.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.