Capítulo 37: El demonio vuelve
La oscuridad de la habitación no era de esas que invitan al descanso. Era una penumbra espesa, cargada de lo que no se decía, de respiraciones contenidas y de sombras que se movían aunque nadie se moviera.
Bajo las sábanas, la distancia entre Amado y Vivi no se medía en centímetros, sino en el peso de los años de tregua que acababan de resquebrajarse con una sola pregunta infantil.
Vivi sentía la respiración de Amado al otro lado de la cama. No era el ritmo pausado del sueño; era una cadencia irregular, tensa, como la de alguien que libra una batalla interna. Sabía que él estaba despierto. Sabía que la pregunta de Milagro seguía rebotando en las paredes de su cráneo como una bala perdida.
—Ha pasado mucho tiempo, Vivi —dijo él al fin. Su voz rompió el silencio con la precisión de una grieta en el hielo, fría y peligrosa.
Vivi cerró los ojos con fuerza. El corazón le dio un vuelco traicionero, un recordatorio vivo de que su válvula seguía ahí, latente, vigilante.
—Estás más fuerte ahora —continuó Amado, girándose hacia ella, buscando su perfil en la sombra—. Te veo caminar, te veo trabajar en la biblioteca. Los médicos dijeron muchas cosas hace cinco años, pero mírate. Estás sana. Estás viva.
Vivi sintió un frío repentino recorriéndole la columna, como si alguien hubiera abierto una ventana al invierno. Conocía ese tono. Era la misma suavidad persuasiva, la misma lógica retorcida que lo llevó a manipular sus pastillas, a apostar su vida por un deseo que no podía controlar.
—No, Amado —respondió ella, la voz seca, cortante—. Ni lo pienses.
—Solo digo que la ciencia ha avanzado —insistió él, acercándose más, invadiendo su espacio con esa intensidad que una vez la había enamorado y ahora la aterrorizaba—. Quizá los doctores estaban equivocados. Quizá fue el estrés de aquel entonces. Milagro se siente sola, Vivi. Lo dijo ella misma. Una casa con un solo hijo es una casa que se apaga poco a poco.
Vivi se incorporó de golpe, encendiendo la lámpara de la mesita con un manotazo. La luz amarillenta inundó la habitación, revelando el rostro de Amado: esa mirada febril, esa fijeza en los ojos que ella había aprendido a temer como a una tormenta acercándose.
—Prometiste —dijo ella, el dedo índice temblando de rabia apuntándolo como un arma—. Dijiste que nunca más volverías a ponerme en esa situación. Casi muero, Amado. ¿Ya lo olvidaste? ¿Olvidaste la sangre, los monitores pitando, el miedo de no despertar?
—No lo olvido —respondió él, intentando tomar su mano, pero ella la retiró como si quemara—. Por eso mismo lo pienso ahora. Lo hago por nosotros. Para que estemos completos de verdad. Para darle a Milagro lo que necesita.
—Estamos completos —sentenció Vivi, los ojos llenos de una lucidez aterradora—. Si vuelves a intentar esto, si vuelves a poner una sola mano en mi salud, te juro que me voy. Y me llevo a Milagro conmigo.
El silencio que siguió fue denso, casi sólido, como si el aire se hubiera vuelto plomo.
Amado no respondió de inmediato. Se quedó ahí, sentado en el borde de la cama, mirando sus manos nudosas, el dedo desnudo que nunca había vuelto a llevar anillo. La tensión regresó a la casa como un viejo inquilino, instalándose en las esquinas, en el pasillo, bajo la cama de la niña que dormía ajena a todo.
Finalmente, Amado se recostó y apagó la luz con un gesto lento.
Pero el demonio ya estaba sentado entre ellos.
El hombre atento, el padre perfecto, se había desvanecido en un segundo para dejar salir al arquitecto del caos.
Vivi permaneció despierta mucho después, escuchando su propio corazón latir con fuerza, preguntándose cuánto tiempo pasaría antes de que Amado decidiera que su promesa valía menos que su obsesión.
Y en la oscuridad, el deseo de él respiraba pesado.
Despierto.
Hambriento.
Listo para repetir el ciclo.
Porque algunos demonios no se van.
Solo esperan.
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Editado: 08.01.2026