Capítulo 39: La visita al nuevo doctor
El viaje a la capital fue un trayecto de silencios y expectativas contenidas. El autobús viejo traqueteaba por la carretera, el paisaje desfilando tras la ventanilla como una película en cámara lenta. Vivi apretaba las manos sobre su regazo, los dedos entrelazados alrededor del anillo reparado, sintiendo su peso familiar como un ancla. Había aceptado bajo una condición innegociable: "Consultemos a otro médico. Uno de los mejores. Si él dice que es seguro, solo entonces lo consideraré".
Amado conducía con una sonrisa tensa, convencido de que esta vez sería diferente. "La ciencia ha avanzado", repetía como un mantra.
El consultorio del doctor Arrieta era un despliegue de modernidad que contrastaba con la vieja clínica del pueblo: paredes de cristal, equipos con luces LED parpadeando, aroma a antiséptico caro y café recién hecho. El especialista era un hombre joven, de movimientos precisos y una seguridad que infundía respeto inmediato. Representaba exactamente la "nueva ciencia" en la que Amado había depositado toda su fe.
Durante dos horas, Vivi fue sometida a un escrutinio total. Electrocardiogramas que pitaban con ritmo constante, ultrasonidos Doppler de última generación que exploraban su corazón como un mapa, análisis de sangre que se procesaban en minutos. El doctor Arrieta revisó el historial antiguo del doctor Maldonado con la ceja levantada, pasando las páginas amarillentas con rapidez.
—Las técnicas de hace años eran limitadas —comentó mientras examinaba las gráficas en su monitor de alta definición.
Amado, sentado en el borde de la silla, asintió con un brillo triunfal en los ojos. Miró a Vivi como diciendo: *Te lo dije. Esta vez será diferente*.
Pero conforme el doctor avanzaba en el análisis de los nuevos resultados, su expresión se endureció. El golpeteo rítmico de su bolígrafo sobre el escritorio se volvió el único sonido en la habitación. Finalmente, dejó los papeles, suspiró profundo y entrelazó las manos.
—Señora, seré muy franco —dijo Arrieta, mirando directamente a Vivi con una seriedad que no admitía consuelos—. Los resultados no mienten. Su válvula mitral presenta una calcificación progresiva que no estaba tan marcada hace cinco años. El embarazo de Milagro dejó una huella estructural permanente. El tejido está más rígido, el flujo más comprometido.
Vivi sintió que el aire se enfriaba de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta al vacío.
—¿Qué quiere decir exactamente? —preguntó Amado, la voz tensa, inclinándose hacia adelante.
—Que es muy riesgoso. Incluso más que la primera vez —sentenció el doctor sin rodeos—. No solo es la cardiopatía congénita; ahora influye el factor de la edad y el desgaste previo. Un nuevo embarazo sería, estadísticamente, una invitación al desastre. Insuficiencia cardíaca, preeclampsia severa, posible colapso durante el parto. No puedo recomendarlo bajo ninguna circunstancia. Sería irresponsable de mi parte.
Vivi giró la cabeza lentamente hacia Amado. En su mirada había una mezcla de alivio profundo y una tristeza antigua, pero sobre todo una confirmación dolorosa que le apretó el pecho.
—¿Ves? —susurró ella, la voz temblando apenas—. No es miedo mío, Amado. Es la realidad. Siempre lo fue.
Amado no respondió. Se levantó bruscamente, dando las gracias de forma mecánica, la mandíbula apretada. Salieron del consultorio en silencio, el eco de sus pasos resonando en el pasillo impoluto.
Durante el camino de regreso, sus manos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El paisaje desfilaba igual que a la ida, pero ahora parecía borroso, lejano.
Vivi creyó que el tema estaba muerto, enterrado de una vez por todas bajo el peso de una opinión médica irrefutable.
Pero al mirar de reojo a su marido, vio una mandíbula tensa y unos ojos fijos en la carretera que no expresaban derrota.
Sino una negación patológica.
En la mente de Amado, el doctor Arrieta no tenía la razón.
Simplemente no era el médico adecuado.
Y en algún rincón oscuro de su alma, el deseo ya buscaba la siguiente excusa.
El siguiente doctor.
El siguiente riesgo.
Porque para él, la familia completa valía cualquier precio.
Incluso si ese precio volvía a ser ella.
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Editado: 08.01.2026