—Entonces, señorita, ¿al final cuál eligió?
Levanto la mirada para toparme con los ojos azules de la vendedora, quien me observa con una paciencia infinita.
En serio, ¡pobre señora!
A estas alturas del mediodía, yo ya hubiera perdido la cabeza hace rato y habría olvidado mantener la compostura.
Me considero una persona que sabe esperar, pero esta vendedora que me tocó definitivamente se lleva el premio de santa.
¿Por qué lo digo?
Porque, precisamente, llevo aquí alrededor de cinco horas casi, viendo los distintos pianos que se exhiben en la tienda, y todavía ni siquiera me he podido decidir por uno.
Y la señora, de nombre Glenis, muy amablemente se ha ofrecido a mostrarme cada estantería todos los pianos habidos y por haber que tienen disponibles, incluso me ha permitido probar su sonido.
Todo un amor, sin duda, aunque una parte de mí se siente algo avergonzada, pues no he podido decidirme por cuál comprar.
He visto los Yamaha, los Casio, los de la marca Clavinova, y nada, mi mente sigue completamente en blanco.
Incluso acabo de contemplar, absolutamente maravillada por su magnificencia y belleza, ¡un piano de cola!
El cuál, es el deseo de toda pianista, especialmente si apenas se está aprendiendo a tocar ese instrumento.
Me quedé varios minutos viéndolo con fascinación, y es que el diseño es absolutamente divino.
El mueble de arce, lacado en un negro pulido como la noche, reflejaba la luz del sol como un espejo perfecto.
De hecho, si lo miraba fijamente, ¡hasta alcanzaba a ver mi reflejo!
Al chismear en su interior, podía contemplar cómo el arpa de hierro fundido destellaba en un tono dorado imperial, que me recuerda muchísimo a los hermosos atardeceres de la costa Caribe colombiana.
Lo que me sorprende es que sea esa cosa, hecha únicamente de hierro, la que esté sosteniendo la tensión de docenas de cuerdas de acero y cobre perfectamente alineadas.
Recorrí sus teclas, y esa sensación se quedará conmigo toda la vida.
El haber pasado la yema de los dedos cerca de las teclas, fue hermoso, y por varios minutos me quedé tan solo admirando el contraste entre el blanco impoluto y el ébano profundo, maravillada del hecho de que materiales como la madera, el metal y el fieltro podían unirse para encerrar semejante monstruosidad de elegancia, y cómo de allí lograba salir un sonido tan dulce, armónico y melodioso que me mantenía embelesada todo el tiempo, pudiendo escucharlo durante horas, y sin cansarme siquiera.
Sí, ya lo sé, soy una entusiasta y feliz aficionada a los pianos, instrumento más bello creado por el hombre no ha habido ningún otro.
O al menos, eso creo yo.
Por ahora, sin embargo, me tendré que conformar con soñar que tengo uno de esos, porque en mi humilde apartamento en el centro de Medellín, sin duda, y debido a su tamaño colosal, nunca podría entrar, por más que yo quisiera…
Creo que ni el baby Grand, el más pequeño de los pianos de cola, cabría en mi edificio, aunque me esforzase en quererlo dentro.
En fin, seré feliz viéndolo en conciertos y ya, qué me queda.
Del resto, me gustan todos, no lo puedo negar.
Y, al ser el primer instrumento que compraré con mi sueldo yo sola, —luego de mi desastrosa incursión con el violín, no me quería acordar de eso—, quiero que sea especial, pero es que aquí hay pianos tan buenos, y de tantas marcas distintas, que me resulta muy difícil elegir uno.
Bueno, podrías escoger ese de allá, tiene sesenta y una teclas.
—El que mencionas, ni de broma… es un teclado. Y yo no quiero ese, quiero un piano completo.
¡Pero uno de ochenta y ocho teclas difícilmente podrá caber por la puerta!
—Pues tiene que caber, no por nada elegí estudiar música clásica en el conservatorio de bellas artes.
¡Qué aburrido! Para esa gracia hubieras contratado un profesor particular.
—Lo haría, si hacerlo no implicase gastarme una fortuna, que en este momento tampoco tengo. ¡Los precios que tienen por ahí son ridículamente caros!
Bueno, pero el teclado también te sirve, ¿no?
—¿Señorita…? —La voz de la vendedora desvía mi atención de mi propia conciencia interna que me discute, y noto que me está mirando, como esperando una respuesta que aún no puedo darle.
—Gladis —contesto, al ver que intenta recordar mi nombre—. Gladis Aparicio. Perdone, es que todavía no me decido por cuál escoger.
—Si lo desea, puede venir después de la hora del almuerzo, y uno de nuestros asesores la ayudará a elegir el instrumento más adecuado para su aprendizaje. Como me ha contado que recientemente va a ingresar a la academia de música, lo correcto es que escoja un piano que le sirva para aprender, pero que también le funcione para las clases más avanzadas, de esa forma no va a sentir que se le está quedando corto.
La miro mientras me habla, y asiento, sonriendo al mismo tiempo que inconscientemente continúo acariciando el piano vertical que tengo delante de mí.
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Editado: 18.08.2026