Todo lo hacemos por mi bebé

4. Fíjate por dónde caminas, chiquilla

Salomón

De acuerdo, tengo que admitirlo.

Por alguna razón desconocida para mí, me resulta divertido verla enojada, aunque sea conmigo.

pero no soy insensato como ella piensa, lo digo por si acaso.

No obstante, pese a mi diversión, y al darme cuenta de que todavía la sostengo de nuevo, la suelto sin miramientos, apartando mis manos de su cintura rápidamente.

El problema de haber hecho eso, sin embargo, viene cuando ella, para evitar irse hacia delante contra mí, apoya las manos sobre mi pecho, y aquello provoca que yo me incline involuntariamente hacia atrás por el peso que su cuerpo ejerce sobre el mío.

Lo cuál, por desgracia, provoca que el mostrador donde yo tenía apoyada la espalda —y que, además, es de cristal—, ruede peligrosamente hacia un lado, y varios instrumentos que estaban en exhibición caigan sobre mí.

Como consecuencia, termino enterrado por una montaña de cajas, aunque por suerte, la mayoría eran cajas de instrumentos pequeños, creo que panderetas, y al menos no me cayó ninguna en la cabeza.

Tampoco sobre la cara, porque mi visión está perfectamente, tan solo estoy un poco aturdido

—Por dios, bendita suerte la mía.

Primero me estafan, luego recibo dos herramientas en mal estado, después tengo que venir a este sitio ridículo al que mal llaman centro comercial —deberían ponerle centro social, porque aquí la gente abunda en todas direcciones—.

Ahora, para colmo de males, me topo con la chica más incorregible, grosera y ordinaria que he podido conocer, y para acabarla de rematar, quedo sepultado bajo una pila de instrumentos musicales…

Creo que terminaré con morados en todo el cuerpo, una cosa más para añadir a mi día de miércoles.

—Ten cuidado, infeliz —me advierte Gladis, ya parada a unos pasos de mí, y me sonríe burlonamente, mientras se acomoda un mechón de cabello detrás de la oreja—. Si alguno de esos instrumentos se rompió, será únicamente culpa tuya, no mía, y deberás pagarle a la tienda por daños a los artículos.

—¿Esta jovencita nunca se calla?

¡Cuánta insolencia la suya!

Saliendo a duras penas de debajo de una caja redonda la cual, creo que tiene un tambor—, e inclinándome para recoger los artículos que se cayeron —creo que no hay ninguno roto, gracias a Dios—, miro a aquella señorita de ojos igualitos a los míos, quien me observa con un brillo divertido destellando en su mirada, y le frunzo el ceño, apretando los dientes.

—En vez de regañarme, mujer, por lo menos ten la decencia de venir a ayudar —ella alza una ceja ante mi comentario, y decido que vale la pena tomarme la molestia de explicárselo—. Para empezar, tú fuiste quien me empujó contra el mostrador. Agradece que los empleados están afuera almorzando y que, por ahora, no hay nadie más en la tienda, además de nosotros, porque la regañada del siglo no me la habría llevado solo yo, tú también habrías estado involucrada.

Ella bufa, mirándome con una expresión de fastidio, y la sonrisa burlona que tiene parece atenuarse por una milésima de segundo.

Sin embargo, la misma vuelve a asomarse, y se aleja de mí, dándome la espalda y alejándose hacia la salida.

—¡Está bromeando! ¿Me va a dejar a mí recogiendo todo esto solo?

—Lo siento, jovencito, pero tengo mucha hambre y mi almuerzo ya no puede esperar. He estado casi cinco horas metida en esta tienda, diría que más que eso en realidad, pero lo que vine a hacer aquí no es de tu incumbencia, por si ibas a preguntármelo.

La miro como si hubiese perdido la cabeza.

¿Es en serio?

Qué mujer tan indolente, Dios altísimo.

—Tras que estoy todo golpeado por las cajas que contienen dentro esos instrumentos, ¿resulta que ahora tengo que recogerlo todo yo?

¿Cómo te parece? Así lo ordena la capitana.

Y solo porque ella tiene hambre y no puede esperar…

Bueno, tampoco es que me interese saber qué estuvo haciendo aquí metida cinco horas, no me importa en lo más mínimo.

—¡Espera! ¿Te vas a ir y me vas a dejar a mí recogiendo todo este desastre solo? ¡Tú eres tan culpable de esto o más que yo!

Ella, sin dejar de caminar, tan solo se gira hacia mí, sacándome la lengua, y con esa sonrisa burlona tirando de sus labios.

—Pues sí, deberás quedarte recogiéndolo todo, para tu mala suerte, porque mi estómago pide comida a gruñidos. Tengo mucha fatiga, y no puedo esperar. Además, esto no es mi culpa, si tú no me hubieras abrazado como lo hiciste, seguramente no habría necesidad de que estuvieras haciéndote cargo del desorden.

La miro con incredulidad.

—¡Fuiste tú quien se inclinó sobre mí! ¿Me oíste?

—¡Pues fuiste tú el que se cruzó en mi camino cuando yo ya iba saliendo de la tienda!

—Chica, ¡si tú no hubieras apoyado las manos en mi pecho te habrías caído!

—¡Eso fue acto reflejo! —Exclama ella, ya en la puerta—. Mira, a la próxima que me estrelle contigo, prefiero que me dejes caer al suelo, no necesito que me sostengas como si fuese de porcelana.




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