Todo lo hacemos por mi bebé

5. Viejo ridículo

Gladis

¡Insolente de miércoles!

¿Cómo se atreve a llamarme chiquilla?

¡Que yo sepa, tan pequeña no soy!

Está bien, soy más baja que él, pues Salomón mide más de uno noventa de estatura, diría que llega a los dos metros, y yo, apenas mido uno setenta y ocho, siquiera le llego un poco más abajo del hombro.

¡Y disque un caballero!

¿En serio?

Ja, me da mucha gracia.

Él de caballero no tiene absolutamente nada, más que el porte y la elegancia, porque sí, reconozco que posee su atractivo.

Con esos ojos oscuros que en ocasiones parecen pozos repletos de sombras, tan idénticos a los míos, y ese cabello casi negro repleto de mechones rizados que lucen siempre rebeldes, ni siquiera le hace falta un color rubio o dos iris azules para destacar.

Sin mencionar su estatura, es de las pocas personas que yo conozco que parece un gigante, aunque eso sí, de los amargados.

Además, no puedo negar que se viste bastante bien el condenado, aunque algunas de sus camisas se ven con colores demasiado chillones para mi gusto.

Tiene porte y carisma, al menos por el lado físico, porque con esa cara de puño que mantiene todo el tiempo, en personalidad y humor definitivamente no destaca, al menos eso digo yo.

Y que mi persona sepa, a un auténtico caballero se le nota la amabilidad hasta por los poros, y esa cualidad él definitivamente no la tiene ni la heredó, me parece.

Lo que él sí es, y esto sí puedo decirlo con conocimiento de causa, es un completo descarado.

De acuerdo, admito que quizá hice mal al dejarlo respondiendo por los instrumentos que se le habían caído encima, pero considero que eso fue justo, sencillamente porque nadie lo mandó a abrazarme sin mi consentimiento en primer lugar.

Que sí, frenó mi caída, pero hubiera preferido terminar en el suelo antes que permitirle a él tocarme con sus asquerosas manos, a saber cuántas mujeres habrá acariciado con esas palmas llenas de callos que tiene.

Lo admito, lo de los instrumentos fue también mi culpa, porque lo empujé contra el mostrador.

Aunque, en defensa propia, diré que, si no lo hacía, iba a terminar cayéndome hacia delante.

En serio, Gladis Helena, soy tu conciencia, pero ni yo te entiendo a veces. Primero dices que hubieras preferido caer al suelo cuando chocaste con él en lugar de que Salomón te abrazase, y ahora me dices que lo de apoyar las manos sobre su pecho fue para evitar caerte hacia delante, mejor dicho encima suyo. ¿Cuál de las dos sostienes más? Decídete.

—Ni la una ni la otra, eso que me pasó fue un acto reflejo.

Sí, claro.

Ignoro mi propia conciencia, y continúo mi camino, tarareando una canción que está sonando por los pasillos.

Parece algún tipo de balada pop, creo que canta Andrés Cepeda, pero no estoy del todo segura de ello.

La verdad es que yo de música popular no sé nada de nada, escucho pura música clásica y ópera desde pequeña, y te puedo hablar de Mozart, de Beethoven, Blanca Uribe, de Colette Maze, de María Callas, o de artistas más recientes como Juliet Lozano, incluso, pero del resto ni idea, apenas y conozco algunas canciones de Shakira, Maluma, Cepeda, o Karol G, pero porque mis amigas y primas viven escuchándolos casi las veinticuatro horas del día.

Yo hago lo mismo, pienso que la vida sin música no es vida, pero en vez de reggaetón o pop, me la paso escuchando música clásica todo el tiempo.

Llevo mis auriculares siempre conmigo, y el día que no escuche música siento que se ha ido una parte de mí.

Si bien en este momento no tengo ninguna pieza puesta, ya estoy pensando en qué playlist ponerme a escuchar en cuanto encuentre un sitio agradable y lleno de delicias para almorzar.

Y, aunque hay quienes me dicen que ese tipo de música es para prodigios o intelectuales, no lo considero así.

Creo que es para todo el mundo, pero respeto la percepción de cada quien.

Mientras vago distraídamente por los pasillos observando las distintas tiendas que hay a mi alrededor, y me dispongo a buscar una cafetería o algún sitio para almorzar, pienso en lo último que le dije al amargado de Salomón.

No le mentí cuando me fui excusándome para no ayudarlo con las cajas, de verdad tengo muchísima hambre y me duele el estómago por la fatiga —culpa mía, por no merendar después de ese mini desayuno que me di, de todos modos—, pero sé que fue de mala educación.

Igual, no me importa, porque con él, y solo con él, hago una excepción con los modales.

Ya sé que no se ve muy maduro de una mujer de mi edad el que haga eso, —es más, si mis padres se enterasen, me darían tremendo sermón y sentirían vergüenza de mí, pero es que Salomón Narváez me resulta odioso por las siguientes razones:

Se mantiene malhumorado todo el tiempo, no me cae bien, es un completo fastidio, siempre tiene esa cara de pocos amigos que no se le borra jamás.

Nunca sonríe, o por lo menos, yo no lo he visto hacerlo, ni siquiera en las reuniones que tenemos en el edificio cuando celebramos las novenas antes de navidad en comunidad.




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