Todo lo hacemos por mi bebé

6. Dueña de mi futuro

Gladis

Tras estar como media hora recorriendo las diferentes zonas de comida que hay en este lugar, —luego de subir en las escaleras eléctricas hasta el tercer piso, por supuesto—, finalmente me decido por almorzar en un local de pizzas, llamado Papa Johns.

Bueno, más que un local, —o pizzería—, es una sucursal, pese a que el sitio original esté en Norteamérica, específicamente en Estados Unidos, pero hoy en día, con lo que abundan los centros comerciales, estos sitios de comida rápida, —los cuales, en realidad, son réplicas de los originales—, están prácticamente en todos lados.

Por ello, como me estoy muriendo de la fatiga tan monumental que tengo debido a que mi estómago pide alimento a gritos, y luego de descartar Crepes and Wafles, Mc Donalds, KFC, entre otros, decidí comprarme una pizza de esas, eso porque estaba en promoción, sino ni caso les hubiera hecho.

Chica complicada.

—¿Qué? Prefiero ahorrarme algo que pagar por algún lujo absurdamente caro, si se puede.

Ni modo, mujercita complicada, lo digo de nuevo.

La verdad es que mi conciencia, aunque yo no lo quiera admitir, tiene razón.

Soy de esas mujeres que, si pueden conseguir lo que quieren en otro sitio más barato, lo hace, o aprovecha los descuentos.

Que, de hecho, hablando de descuentos, en mi recorrido hacia acá, estuve viendo los distintos avisos y, al parecer, la ropa que vi en la revista de moda esta mañana sí está en descuento…

Miro mi reloj, mientras continúo caminando por el establecimiento, buscando dónde sentarme.

La una de la tarde.

—Creo que tengo más que tiempo suficiente para comer, ir a comprar ropa, y luego ir a la tienda de música…

Sí, claro, y luego te tardas como dos horas ahí dentro, lo sabes.

—O podría ir, no sé, luego de comprar el piano, ¿quizá?

¿Y con el piano encima?

—De acuerdo, esa no es una muy buena idea.

No, para nada. En especial, ¡cuando tú te tardas una eternidad escogiendo la ropa que vas a comprar!

—Bueno… no me tardaré mucho luego del almuerzo.

Suspiro, rodando los ojos con fastidio, pero en el fondo, sé que mi conciencia tiene razón.

Cuando voy de compras, no hay quien me frene, y por más que intente detenerme, para mí es realmente difícil, sobre todo al ver tanta ropa junta.

Cuando encuentro una mesa libre donde sentarme, dejo mi bolso allí, y me acerco al mostrador, viendo el menú de pizzas en mi teléfono —suerte que lo tienen en la página, honestamente no sé para qué siguen gastando papel cuando se lo pueden ahorrar ya teniendo esta tecnología—.

—Buenas tardes, señora. Me gustaría hacer un pedido.

La mujer de detrás del mostrador levanta la vista de sus uñas, perfectamente pintadas, y me mira a través de unas gafas gruesas, diría que parecen lentes de sol, pero no creo, no lucen como los solares.

—Claro, señorita. Por favor, haga la fila —me indica ella, con una sonrisa que, me parece a mí, es demasiado forzada, porque su cara luce de todo menos alegre.

Me pregunto por qué…

¿Quizá esté en sus días?

—Sí, puede ser.

O a lo mejor, está cansada de estar sentada en ese banquillo, esa cosa se ve incómoda.

—Sea lo que sea, por lo menos hace su trabajo maravillosamente.

Y ello lo digo, porque, mientras hago fila esperando mi turno, la cajera a los clientes que pasan delante de mí los recibe con amabilidad, aunque su cara refleja contrariedad cuando una de las señoras, quien está a mi lado, se queja de que lleva esperando más de cinco minutos.

—Deberían tener más personal atendiendo a los clientes —dice la mujer, con el ceño fruncido—. No sé qué pensarán los demás que están acá, pero yo considero que usted definitivamente no está calificada para este puesto, me parece muy descortés que lo mantengan esperando a uno.

En ese momento, y creo que no solo yo, varios nos quedamos viendo a la señora con distintas expresiones escritas en nuestros rostros.

Vergüenza, indignación, enojo, reprobación…

Ninguno se puso de su lado, con esa clase de comentarios nadie va.

Y yo sí que menos.

Es más, quiero que me trague la tierra ahora mismo, pero de la vergüenza ajena que siento, creo que después de Salomón Narváez la segunda persona detestable de mi lista es esa mujer.

Que, y debo decir mi observación, hasta mal trajeada viene, porque luce un short color rosa chillón, unas chanclas negras, una camisa sin mangas y…

No, por Dios.

Con esa vestimenta nadie viene al centro comercial, es la primera persona que conozco que lo hace.

Qué horror.

—¡Alguien dígale a esa señora que, además de ser maleducada en frente de todo mundo, también está cometiendo un horrendo crimen contra la moda!




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