Joven desconocido
—Quedas despedido.
Para algunos, parece una frase común y corriente, algo que se oye entre los trabajadores a diario, pero para mí, son dos palabras que terminan de derrumbar la, de por sí, poca estabilidad emocional que tengo.
Parpadeo un par de veces, y me obligo a hablar, pese a que ya se me ha formado un nudo en la garganta.
—Disculpe, jefa… —respondo con un tono frío, y carraspeo levemente para aclararme la garganta, apretando el teléfono contra mi oído, —. ¿Puedes repetirme lo que me acabas de decir?
—David, ¿ya ves? Es precisamente por eso que te remuevo del cargo, y, entre otras razones, también. Pero dado que me lo pides, y por si no te ha quedado claro, te lo vuelvo a recordar. Quedas oficialmente despedido.
La voz de mi jefa suena enseriada, cansada.
De hecho, si la analizo bien, diría que se oye hastiada de mí.
Juro que está harta de tenerme en el equipo, aunque yo no entiendo por qué exactamente.
—Lina, en serio no te entiendo. ¿Por qué me despides? No he hecho nada malo recientemente. Les enseño piano a los niños, so el único profesor de música cualificado para hacerlo. Conmigo les va bien…
—Sí, y eres demasiado duro con ellos también —me responde con dureza, casi gritándome a través del teléfono, y yo hago una mueca de dolor, alejándome el dispositivo unos metros de la oreja—. Y por lo de ser el único que les enseñabas piano, no te preocupes. Ya conseguimos a una profesora de música mucho mejor, y más dulce, no brusca como tú. Son niños, Herrera, no máquinas. ¡Estás exigiéndoles como si fuesen robots!
Reprimo un gruñido de frustración, y me remuevo incómodo en el asiento del conductor de mi camioneta, con la rabia hirviéndome en la sangre, pero me obligo a responderle lo más amable y decentemente posible, dadas las circunstancias.
Después de todo, es mi jefa, —o lo era—, y merece respeto, además sería poco caballeresco el que yo le falte el respeto a una mujer.
—Yo solo hago mi trabajo, Lina —le contesto, apretando los dientes—. Si no estás conforme con ello y consideras que he obrado mal haciéndolo, entonces está bien. Acepto que me despidas, pero desde ya te lo digo. Te vas a arrepentir de haberlo hecho, nadie los va a educar como lo estoy haciendo yo, nadie.
Sin siquiera darle la oportunidad de responderme, me alejo el móvil del oído, y cuelgo la llamada de un golpe en la pantalla, arrojando luego aquel aparato de las desgracias en el asiento del pasajero, y este cae en el cojín del mismo, para su fortuna.
Suspiro con cansancio, y me paso las manos por mi cabello rebelde ya despeinado, mientras apoyo la frente contra el timón del auto.
El despido tan frío, y además injustificado según yo, no es sino una de las tantas desgracias que viene sumando mi vida en cadena.
Primero, me diagnostican bipolaridad.
Muy leve, pero ahí está.
Segundo, llevo semanas lidiando con cambios de humor repentinos.
En un momento estoy sereno, y al siguiente estoy irascible, luego me echo a llorar por la bobada más insignificante del mundo.
Parezco un niñito de cinco años cuando estoy así…
Aparte de los extraños cambios de personalidad, hay momentos donde me siento deprimido sin razón aparente.
Incluso, en ocasiones he llegado a perder la memoria, lo cual no sé si sea normal en la bipolaridad, pero por el momento, tampoco me importa.
Me niego a tomar los medicamentos que me han dado, porque pienso que solo van a empeorar la situación.
Y, aunque mi psicóloga y el psiquiatra me han dicho que se me recetan por mi bien, la verdad es que mi contestación sigue siendo un no rotundo.
Y ahora, mi jefa me despide del trabajo que tanto me costó conseguir, y que, además, era mi único sustento económico…
¿Qué sigue?
No quiero saberlo.
Lo único que pido, es tener una vida normal, como cualquier joven de veinticinco años…
Pero ni modo, me va a tocar recoger los pedazos rotos.
Siento unas inmensas ganas de llorar, de verdad que sí, pero reprimo mis lágrimas.
—Aquí no. Los demás hombres, si es que alguien me ve, se burlarían de mí. Basta de niñerías, no soy un niño.
Levanto mi rostro del timón, y observo a mi alrededor.
Cuando mi jefa me llamó para darme la noticia que ha terminado de nublar mi día, estaba precisamente estacionando en el parqueadero del centro comercial Premium Plaza, e iba a comprar algunas cosas.
Ya no recuerdo qué exactamente, pero como sea.
Lo cierto es que necesito airearme, y es que después de esa despedida rotunda y sin consideración alguna, siento que el oxígeno aquí se ha vuelto irrespirable.
Tragándome el nudo en mi garganta y las lágrimas que se me han ido acumulando en los ojos, me levanto, tomo mi móvil y las llaves, desciendo de la camioneta —una Toyota Prado que, sí, puedo decir que es exclusivamente mía, pues la compré con mi dinero—, y, tras poner seguro a las puertas y subir por completo las ventanillas, desde fuera —gracias al elevavidrios que instalé—, emprendo mi camino hacia el centro comercial.
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Editado: 06.09.2026