Todo lo hacemos por mi bebé

8. Vida miserable

David

Al leer aquellas crueles y frías palabras, provenientes de la chica que había sido mi novia desde mis veinte años, se me viene el mundo abajo.

El corazón se me encoge, y un profundo dolor invade mi alma, al tiempo que me embarga una inmensa sensación de soledad.

—Caroline… Dios mío, no, Caroline, por favor, tú no, amada mía…

Ahora sí es verdad que deseo con toda mi alma llorar como un niño, pero me obligo a reprimir mis sentimientos y a mostrarme apático ante la situación.

Sobre todo porque, estoy viendo que hay gente a mi alrededor, y lo último que quiero en este momento es llamar la atención o hacer un escándalo innecesario.

Esto, lo emocional, puedo manejarlo en casa, pero aquí y ahora no.

Sin embargo, mientras intento reprimir mis emociones, todo lo que puedo sentir es dolor.

Oleadas de dolor, que van y vienen, e incluso siento cómo se abre un abismo debajo de mí, luego me traga, y después me vuelve a escupir hacia la superficie, hasta chocar con mi dura realidad.

Es una sensación horrible, y lo peor es que estoy viviéndola a flor de piel, únicamente yo solo y sin tener nadie a quién recurrir.

Llamaría a mi psicóloga, pero ella debe estar almorzando y no quiero interrumpirla con algo que, creo yo, puedo controlar distrayéndome al estar en este lugar repleto de gente.

Apretando el teléfono entre los puños, me obligo a guardarlo en el bolsillo de mi pantalón, y apoyo mi frente contra las puertas del ascensor, temblando y respirando agitadamente.

Pese a que físicamente sigo con vida, en este instante siento que, de forma emocional, y oficialmente, estoy muerto.

Tanto tiempo esforzándome para conseguir las cosas, y aquello que tenía, trabajo, pareja, estabilidad económica…

Lo único que me mantenía ocupado lo he perdido, y lo peor es que eso ha sido en cuestión de nada.

No falta sino que pierda mi casa, que por suerte eso no puede sucederme, porque el apartamento donde vivo lo compré cuando tenía diecinueve años, gracias a una herencia que me dejaron mis padres.

Pero todo lo demás, hasta mi salud mental, está hecha miércoles.

¿Cuándo me ha tocado tan mala suerte?

Mejor dicho:

¿Por qué a mí?

Que yo sepa no le he hecho daño alguno a la gente, al contrario.

Ayudo a los necesitados —o lo hacía, cuando tenía dinero, claro—, y a mi pareja le regalaba flores y la trataba como una reina —excepto cuando yo sufría esos abruptos cambios de personalidad—, y, aunque era cierto que les exigía mucho a los niños, —es decir, mis estudiantes pertenecientes a la clase de música que yo impartía—, pequeños entre los tres y cinco años que recién comenzaban sus estudios en el colegio montessori y, por lo tanto, tenían clase de piano conmigo como extraescolar—, tampoco los trataba como máquinas…

Pero si la señora Lina dice que es así, quizá sí lo haya hecho sin darme cuenta.

El hecho es que mi precaria salud mental se ha llevado absolutamente todo de mí.

Familia, pareja, amigos, trabajo…

Porque sí, mis padres se han apartado de mí y, de momento, me han quitado la herencia que me habían dado años atrás, que porque según ellos yo en esas condiciones podía malgastarlo.

Los únicos amigos que tengo son Luna, la psicóloga (qué, gracias a Dios, ha sido mi mejor amiga desde que éramos pequeños), y su hermano Bernardo, el psiquiatra, porque en cuanto a los demás se refiere, —Mateo, Alexander, Kevin, Mariela, Fernanda, Arelis, Luciana, Mariana, Armando—…

Prácticamente cada uno de ellos, de a poco me han dejado solo, y todo porque en ocasiones, debido a mi bipolaridad, sufro arrebatos inexplicables, según ellos, y de los cuales, la gran mayoría de las veces, ni me acuerdo.

Lo peor es que dicen que, aunque no he llegado a ser violento, sí trato muy feo a la gente de manera verbal cuando estoy enojado, ¿pero qué puedo hacer, si no me acuerdo de lo que hago?

Es como si perdiese el control de mí mismo de un momento a otro, y me encontrase fuera de la realidad, luego retornase completamente amnésico, y sin acordarme de nada.

Ahora, para acabarla de rematar, sin pareja, y con el corazón roto, solo puedo intentar seguir adelante.

Lo cuál, por supuesto, no es fácil tampoco, especialmente habiendo tenido una relación de cinco años con la que yo creía era mi amor de toda la vida, pero bueno, toca hacerlo.

Después de todo, qué me queda…

—Por lo menos, hoy tengo para comer, aunque sea, algo es algo.

Mientras las puertas del ascensor al fin se abren para darme paso al interior del mismo —casi me voy hacia adelante cuando se abrieron por tener la cabeza apoyada allí—, ingreso al interior, con la mirada perdida, y al estar ya dentro y rumbo a la zona de tiendas del centro comercial, tragándome de nuevo las lágrimas y respirando profundamente para intentar serenarme, me siento más solo que nunca.

Y es que sin familia por aquí, sin trabajo, sin dinero a largo plazo y hasta quién sabe cuando, sin pareja ni amigos, con el corazón vuelto nada, y por si fuera poco sin estabilidad mental, con la bipolaridad atacándome en todos los frentes posibles, a estas alturas solo puedo pensar, con mis ojos oscuros empañándoseme de nuevo:




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