Gladis
Estoy llenísima.
En serio, juro que no me cabe un bocado más de la pizza.
De la cual, pese a que originalmente dije que iba a disfrutar de solo dos, terminé comiéndome tres porciones, y me quedaron como otras tres, al final calculé mal y pensé que tan solo me traía cuatro o cinco, pero al parecer, la que se supone es la pizza personal es más grande de lo que yo creía.
Sin embargo, con todo y mi llenura, valió la pena este almuerzo, y ahora sí, ya no tengo fatiga ni me estoy muriendo de hambre, como sí lo hacía hace un rato.
Y a todo esto, ¿cómo le habrá ido a Salomón?
Espero haya terminado de recoger las…
Un momento.
—¿Qué?
¿Otra vez pensando en él?
—No fue intencional, lo juro.
¿De verdad?
—Sí, en serio. Fue solo…
¿Un desliz? Uy, cómo no.
La verdad es que mi conciencia tiene motivos de sobra para burlarse de mí, porque lo cierto es que yo tampoco entiendo qué es lo que me pasa con Salomón.
Es incomprensible, si ya de por sí tenerlo cerca me fastidia, no logro explicar por qué se me viene tanto al pensamiento.
A lo mejor sea cortesía, o simplemente la preocupación por saber cómo le fue, después de haberlo dejado con semejante lío entre las manos, desastre que, por cierto, también fue, de cierto modo, culpa mía, pero como dije, si él no me hubiera abrazado, yo no me habría apoyado en su pecho para evitar caerme…
Lo dicho, querida. Vuelvo a repetirlo, te contradices a ti misma.
Frunzo el ceño levemente, ignorando la voz de mi conciencia acusadora, y me pongo de pie, empezando a caminar hacia el mostrador.
Mi gaseosa ya está caliente, supongo que me demoré demasiado comiendo o no sé, pero no me la puedo tomar así, me resulta desagradable.
Por lo cuál, voy a buscar el complemento perfecto, y lo necesario para enfriarla.
—¿Va a buscar hielo? —Inquiere la señora al lado mío, adivinando, precisamente, y quizás sin querer, justamente lo que voy a hacer, —y quien, por cierto, sí se ha podido comer toda la pizza ella sola—.
¿Seriamente, cómo pudo comerse todo eso esa mujer?
—Ni idea, mis respetos a su estómago, pero a la próxima pido la que se comió ella, de pollo con champiñones, porque si la mía, que fue de puro queso, estaba deliciosa, esa se veía mejor aún todavía.
Yo no lo dudo.
—Sí, señora —le contesto, deteniéndome un instante para mirarla y hacerle conversación—. La gaseosa se me calentó, y a mí no me gusta la coca cola caliente.
—A mí tampoco, es horrible, aunque hace rato no tomo gaseosas ni nada de esas cosas. Únicamente puro jugo por recomendación médica —cuenta ella, y me señala su baso, repleto de jugo de tomate de árbol—. Disfrute esa coca cola por mí —agrega, con una sonrisa amable, y con sus ojos verdes sobre mí, me regala un último asentimiento de cabeza, mientras yo no puedo evitar sonreírle, encantada por su calidez.
—Gracias, señora. Así lo haré —le respondo, y empiezo a caminar de nuevo hacia el mostrador, con la intención de pedir, además de hielo, un vaso para servir la gaseosa, porque ni manera hay de que eche el agua congelada en la botella de plástico, sencillamente no se puede.
Mientras recorro los pasos que me separan de mi objetivo, aprovecho para observar, y escuchar, el ambiente a mi alrededor.
Aunque sigo teniendo música clásica en mis auriculares inalámbricos —he dejado el móvil con la pizza y mi bolso sobre la mesa—, aún puedo oír las risas y a la gente conversando, porque tengo la melodía, —un concierto de Bach—, a un volumen muy bajo.
Y no es que haya mucha gente tampoco, tan solo unos cuantos rezagados que siguen comiendo, creo que a lo sumo veinte o treinta y algo de personas.
La música aquí es jazz clásico, perfecta para una pizzería, a mi criterio, y en general, la plazoleta de este centro comercial lo tiene todo.
Puestos de comida como este con sus mesas respectivas —es más, incluso puedo ver el de KFC unos metros a mi izquierda, y hasta veo Crepes and Wafles por allá al fondo—, gente conversando y riendo, algunos según yo son parejas, otros compañeros de trabajo…
En síntesis, la típica plaza de comidas en un centro comercial, nada nuevo.
Esa señora es muy amable, me cae bien.
Sonrío con suavidad, y es que es imposible no estar de acuerdo con mi conciencia en este caso.
Tiene toda la razón.
La señora que me hizo conversación —y, sí, también fue la misma que me avisó que mi pizza estaba ya lista—, es muy agradable.
Parece de unos sesenta o setenta años, a juzgar por sus canas cobrizas que lucen como si fuese cabello pintado.
Tiene un precioso pelo pelirrojo y, aunque a la vista del ojo inexperto parece pinturado de un rubio plata, en realidad es el brillo del sol que lo hace ver así.
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Editado: 06.09.2026