David
Que alguien me mate.
Háganlo, pero ya mismo, por favor.
Tal parece que aquel dicho popular que tantas veces escuché de adolescente es cierto, y es que, no sé por qué, a los hombres nos persigue la mala suerte.
Y no solo nos persigue, sino que nos alcanza, que es todavía peor.
Tras que me acaban de echar del trabajo en el que ya llevaba cerca de dos años y medio, mi novia de más de cinco años rompió conmigo sin darme la oportunidad de mediar o siquiera defenderme, y me acabo de quedar sin dinero después de gastarme lo último que tenía en una pizza y algo para beber, —soy un irresponsable por no ahorrar en previsión de algo como lo que me está ocurriendo en la actualidad, ya lo sé, ¿pero yo qué iba a saber?— ahora resulta que también me quedé sin la poni malta que había comprado…
Por si fuera poco, estoy bañado en dicha bebida hasta las cejas, y la pizza que pedí ha quedado en el suelo, bueno, la caja, porque lo único positivo en todo esto es que no se abrió, sino habría terminado mi comida regada por todas partes.
—En fin, será tomar agua… ni modo.
Lo más vergonzoso no es estar bañado en mi propio refresco, en el que acabo de gastar mi último peso, sino el hecho de saber que esto me ocurrió delante de una mujer completamente desconocida…
Quién, además, no sé qué iba haciendo, pero venía caminando hacia atrás —no me explico por qué o para qué—, tampoco le veo sentido, pero en parte, diría que más de la mitad del accidente que acabamos de tener fue su culpa, gracias a ella ahora ambos estamos completamente empapados.
Aunque, —esto sí no lo niego, por el contrario, lo reconozco—, yo también soy culpable, porque, a raíz de mi corazón recientemente roto y tantas cosas con las que tengo que lidiar, no iba observando mi alrededor.
Caminaba en piloto automático, totalmente ensimismado, apenas consciente de las personas que pasaban por mi lado, y no la vi sino hasta que chocó contra mí.
Por supuesto, lo inevitable era que los dos terminásemos en el suelo, así tal cual ocurrió, dicho y hecho.
Ahora, chorreando poni por todos lados, con mi ropa completamente mojada y empezando a sentir mucho frío —no ayuda el hecho de que hoy el clima esté nublado y ventoso—, estoy petrificado ante aquella chica, quien me mira con…
No sé qué significa esa mirada que ella tiene, en este momento con todo lo que me ha sucedido no tengo cabeza ni siquiera para interpretar las expresiones faciales o las emociones de otra persona, mucho menos las mías, pero diría que parece entre apenada y… no sé qué significa esa evaluación visual que está haciendo de mí, supongo que trata de averiguar qué decirme o algo.
Pero, y pese a que yo apenas estoy saliendo de mi aturdimiento, no olvido mis modales de caballero, y, por respeto a la dama que está delante de mí, extiendo la mano hacia ella, —la que no sostiene la botella casi vacía de mi bebida, claro está—, e inclino mi cabeza para mirarla, pues soy mucho más alto que ella.
Un tenso silencio lleva instalado entre nosotros dos desde que nos estrellamos, solo interrumpido por unas cuantas conversaciones de la poca gente que aún está comiendo o vagando por la plaza, y aprovecho para observarla a detalle.
Debo admitirlo, es hermosa.
Parece joven, más que yo incluso.
Posee el cabello castaño oscuro, muy similar al mío, aunque el de ella es un poco más claro.
Lo lleva peinado en una cola de caballo baja, con unos cuantos mechones sobresaliéndole, y tiene casi mis mismos ojos.
Su vestido, aunque empapado por mi bebida, resalta su figura, blanca como la porcelana, lo que la hace ver bastante angelical, y, aunque es más baja que yo, pretende parecer más alta con unos elegantes tacones de aguja, que sospecho son los que la han hecho caerse cuando chocó conmigo, eso, y el piso resbaloso cuando la poni se regó por allí.
—Mis disculpas, señorita —le hablo finalmente, luego de lo que me han parecido minutos contemplándola; intento parecer agradable, aunque en este momento no sé con exactitud lo que siento ya, ni yo mismo me entiendo—. Iba despistado, soy algo distraído.
La verdad es que el choque, como ya dije, fue mayormente su culpa, porque ella venía caminando hacia atrás, no veo la necesidad de hacer eso.
Sin embargo, como a mí me enseñaron a respetar a las damas, es menester disculparme, y sin incriminarla a ella por ahora, seguramente debe estar avergonzada.
La chica me observa, con los ojos bien abiertos, y aparta bruscamente su mano, tal parece que ha decidido rechazar mi intento —no expresado, por cierto—, de ayudarla a levantarse.
—De acuerdo, no me esperaba esa respuesta de parte suya… pensé que sería más amable.
Y creo que tomé la decisión correcta al no decirle todavía que la estrellada que nos dimos también fue su culpa, supongo.
Porque, aunque me traten mal, la amabilidad ante todo.
—¿Salomón? ¿Qué haces aquí, insensato?
Me tenso ligeramente.
—¿Cómo me ha llamado?
Soy David, no Salomón.
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Editado: 06.09.2026