Todo lo hacemos por mi bebé

12. Acaba de revolverme el alma

Gladis

Me quedo mirando a este hombre, tan parecido a Salomón, y sacudo la cabeza con incredulidad y, obviamente, bastante ofendida por su último comentario.

—¿Que yo soy qué!? —Alzo la voz ligeramente, y de inmediato siento la mirada no deseada de algunos curiosos sobre nosotros—. Salomón, sabía que eras amargado, pero no creí que tu capacidad para respetar a las mujeres estuviese tan mermada.

Él tan solo me mira, evidentemente cada vez más molesto, y aprieta el puente de su nariz, respirando profundamente, quizá intenta serenarse, pero ese solo gesto suyo lo delata más ante mis ojos, porque Narváez hace eso también.

Sin embargo, eso es algo muy común en los hombres, y en mujeres también, no te hagas. A lo mejor intenta tranquilizarse, dale el beneficio de la duda.

Y, en efecto, parece ser justamente eso, porque me responde en un tono calmado que nunca le había escuchado.

—Perdóneme por mi arrebato, pero no soporto las comparaciones. En serio, le aseguro que no sé de quién me habla ni por qué le resulto tan parecido a ese tal Salomón, pero créame, yo no soy él.

—Mientes —le suelto sin miramientos.

Ni siquiera lo pienso, de hecho, todavía sigo cerrada, sin creerle nada, más furiosa por estar mojada con su bebida que otra cosa,, y, queriendo desquitarme ahora yo, sacudo la falda de mi vestido, la cual chorrea poni malta como si estuviese recién salido de la lavadora —es más, diría que peor—, y salpico sus zapatos, que por cierto no son los que yo le recordaba a Salomón.

Los de él eran de un verde horrendo, y estos son negros y bien pulidos —o casi, porque están empapados y ahora lucen peor por lo que yo misma acabo de hacer.

El hombre, todavía sentado en el suelo, se pasa una mano por el cabello, despeinándose los rizos cortos que tiene, y observa lo que he hecho.

—Perdone si me desquité con usted mojándola al exprimir mi camisa antes de esa manera tan desagradable. No quise hacerlo, de verdad que no, pero no he tenido un buen día y ahora el hecho de que alguien me confunda con otra persona… bueno, me descoloca, y supongo que a cualquiera, creo que tú reaccionarías de la misma forma, si estuvieses en mi lugar.

OK, ¿qué se supone que acaba de pasar aquí?

—Eso no es normal, lo habitual es que él me salga con alguna grosería…

¿Y viste? ¡Te tuteó!

—Nada raro, Salomón también lo hace, aunque sea para amargarme la existencia.

No pero en serio, Gladis Helena. ¿A estas alturas sigues creyendo que es él?

—No él, pero quizás, sí su gemelo, o Salomón mismo, pero disfrazado.

¡Qué ridiculez! Déjate de cuentos.

—Nada, Puede estar engañándome pretendiendo ser amable.

Gladis, no vayas a hacer algo de lo que después te puedas…

—Digas lo que digas, si de verdad creíste que me iba a tragar el simulacro de tu amabilidad con papitas fritas y gaseosa, te equivocaste. No sé con qué objetivo has montado esta patraña, Salomón, pero a mí no me engañas. Ah, el chico de repente finge ser amable porque claro, le conviene, hay algunas personas aquí escuchándolo todo, y seguro viste alguna mujercita por ahí a la cual quieres impresionar haciendo gala de una amabilidad que ni tienes realmente. Quítate la máscara, que te ves falso y ridículo.

Arrepentir… esta jovencita, si no fuese tu conciencia, ya te habría dejado de hablar hace rato, niña.

—ya lo dije, ahora que se revele…

Pero no ocurre absolutamente nada de lo que yo esperaba.

Creí que, al haberle soltado todo ese discurso, —el cual, considero que me salió bastante bien, por cierto, especialmente teniendo en cuenta que lo elaboré en mi cabeza en cuestión de segundos, Gladis Aparicio a la presidencia, sí señor—, el hombre, si es que en verdad es Salomón como pienso, me habría dicho de todo, incluso hasta de qué me voy a morir, pero en vez de eso, en este caso ocurre exactamente lo contrario.

El igual de Salomón me mira, con el rostro serio, totalmente impasible a lo que le he dicho, y dejando la botella plástica a un lado, apoya las manos en el suelo, para impulsarse de rodillas ante mí.

Luego, agacha la cabeza a mi altura —porque sí, es alto, como Salomón, hasta en eso se parece, si él no resulta ser quien yo pensaba que era, entonces sería la segunda persona más alta que he conocido en mi vida—, y fija sus ojos oscuros sobre los míos, mientras vuelve a coger la botella casi vacía del suelo.

—Señorita —dice, y suelta un largo suspiro de cansancio—. Mire, no sé quién es ese tal Salomón ni por qué me confunde con él, tampoco sé el motivo por el cual lo odia tanto, ni la razón que le he dado para que piense que yo estoy mintiéndole, supuestamente siendo un gemelo suyo disfrazado, algo así entendí, o que busco impresionar a alguien, pero le aseguro que no tengo la más mínima idea de quién es la persona de la que me está hablando. Ahora, si me permite, déjeme ayudarla a levantarse, con ese piso tan resbaloso se puede caer debido a los encantadores tacones que lleva.

Lo miro con sorpresa, y definitivamente mi cara debe reflejar tal extrañeza por su comentario porque él suelta una risa divertida por mi expresión.




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