Gladis
Miro al doble de Salomón, quien come su pizza de pollo y champiñones, —otro, definitivamente la próxima yo tengo que pedir esa misma, porque si tanta gente la come por algo será—, con cierto desánimo, como quien no tiene mucha hambre, y me remuevo en el asiento, sintiéndome incómoda de forma repentina.
Ya me he tomado mi coca cola, la cual me ha sabido extrañamente insípida, como a pura agua, y es que el hielo ya se había derretido en parte, el vaso de cristal evitó que se derritiese por completo, pero aún así, ya había agua cuando me serví la botella en el recipiente acristalado.
Cruzo mis manos sobre la mesa, mirando a aquel hombre, —quien definitivamente sí es un gigante de los amables, gracias a Dios—, yaciendo delante de mí.
Ahora que he visto su amabilidad, y que él mismo me insiste en que no es Salomón, me he quedado sin argumentos para debatir, algo que por lo general no suele suceder, porque con personas como El Narváez amargado nunca me he quedado sin una respuesta sarcástica para él de parte mía.
Pero con este señorito…
Me he quedado pasmada, después de que me ayudase a levantarme del suelo mojado por su bebida no he podido pronunciar palabra alguna, y tras sentarnos aquí menos.
Y no es porque no quiera hacerlo, sino porque por más que busco en mi mente algo para decirle, no logro dar con absolutamente nada.
En resumen, me he quedado completamente en blanco, y estoy bastante segura de que él ya se ha dado cuenta de mi repentino silencio luego de tremenda escena vergonzosa que le hice pasar, y encima en público, nada menos.
Sin embargo, tampoco dice nada, como que no tiene muchas ganas de hablar, o eso me parece a mí.
Lleva comiendo como diez minutos en silencio.
Quiero romper el hielo, en serio que sí, pero no se me ocurre nada para decirle después de tremenda embarrada como lo fue el haberlo confundido con un ser detestable para mí, y todo por su aspecto físico.
Que, si lo miro bien, puede ser igualito, pero la ropa que lleva es diferente.
Este hombre sí viene bien vestido, porque tiene un pantalón azul muy elegante, sin rotos en las rodillas —no como lo tenía el Narváez insoportable—.
Su camisa blanca, casi impecable, aunque empapada por la poni malta, se ve a leguas que había sido previamente planchada, a juzgar por la falta de arrugas en la tela, y es que solo la parte que usó para exprimirla con la finalidad de quitarle el exceso de líquido es la que tiene unas ligeras líneas por el apretón que le dio.
El cual, sí, me terminó de empapar la cara, pero si lo pienso bien, lo tengo bien merecido por prejuzgarlo.
—Yo y mis desaciertos…
Así eres tú, chica rebelde.
—¿Cuándo será que dejaré de cometer tantas embarradas en mi vida?
Quién sabe. Ni yo lo sé, probablemente cuando te consigas un novio.
Ruedo los ojos ante el comentario de mi conciencia, quien pese a que yo estoy sufriendo por estar con la mente en blanco y todavía sin tener ni la menor idea de qué puedo decirle a mi vecino de mesa para romper la tensión, no se ha quedado en silencio.
Por el contrario, ha decidido que este es un muy buen momento como cualquier otro para tocar ese tema que acaba de sacar a colación, aunque según yo lo ha hecho en un instante muy inoportuno.
Porque la verdad, un novio es lo último en mi lista de prioridades ahora mismo.
Y es que, aunque tengo independencia económica, un trabajo estable, y no niego que algún día quisiera formar una familia con alguien, la verdad es que los hombres siempre quieren que una haga lo que ellos quieran, y no, gracias.
Si voy a salir con alguien, quiero que respete mi independencia, porque yo no nací siendo de nadie, únicamente Dios puede decir que es dueño de mi vida, eso porque él me creó, si es que no he sido lo suficientemente rebelde como para que el mismo padre Celestial deje de mirarme con ojos de amor y bondad.
—¿Todavía sigues pensando que soy un conocido tuyo?
—¿Qué?
Parpadeo, medio ida, saliendo de mis pensamientos, y miro al chico sentado frente a mí.
Ha dejado de comer, aunque, de hecho, no ha comido casi nada, únicamente porción y media o menos, —quizá no tiene tanta hambre—, o no sé.
Pero ahora se ha reclinado en el espaldar de la silla, y me mira con las cejas levantadas.
Noto que tiene una tristeza en los ojos que no logro descifrar, además de un velo de llanto acumulado en las pestañas, pero como recién lo conozco, sé que no debería entrometerme en ello, al menos eso creo yo.
—No —le respondo finalmente, y él relaja levemente los hombros—. Ya no.
—Mire, si quiere terminar de convencerse —dice él, suspirando con lo que parece ser cansancio, y saca de uno de los bolsillos de su camisa una pequeña tarjeta, cubierta por un forro de plástico—. Toma, aquí está mi cédula, si necesitas verla para asegurarse de que no soy esa persona, adelante, hágalo. Aprovecho para decirle mi nombre también. Me llamo David, mucho gusto, aunque no nos hayamos conocido en las circunstancias más… adecuadas, un placer, señorita.
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Editado: 06.09.2026