POV Camila
4 de junio de 2021
Si alguien me hubiera preguntado a los diecisiete años cómo imaginaba mi futuro, probablemente habría respondido con esa arrogante certeza que solo pertenece a quienes todavía creen que la vida sigue un guion previsible. En mi cabeza, el camino trazado era lineal y seguro: terminaría el instituto sin grandes sobresaltos, iría a una universidad medianamente buena, encontraría un trabajo que me apasionara lo suficiente y, con un poco de suerte, me construiría una existencia apacible y feliz.
Jamás se me pasó por la mente que bastaría un solo verano para desmantelar todas mis certezas y cambiar, de forma irreversible, el rumbo de mi vida.
A veces, cuando el silencio se vuelve demasiado pesado, me pregunto en qué momento exacto comenzó realmente nuestra historia. ¿Fue aquella primera tarde en la que miré de verdad a Dominic Blackwood? ¿O la trama venía escribiéndose desde mucho antes, cuando el destino decidió cruzar nuestros caminos en la sombra, esperando pacientemente el momento adecuado para hacernos colisionar?
Lo único de lo que estaba absolutamente segura era de que, antes de él, mi vida era sencillamente ordinaria.
Crecí en Maple Creek, un pueblo pequeño resguardado en el estado de Minnesota donde el tiempo parecía discurrir a un ritmo diferente. Era la clase de lugar donde los apellidos arrastraban generaciones de historia, donde cualquier rumor circulaba por las calles principales antes de que cayera la noche y donde los inviernos eran tan implacables que el chasquido del hielo bajo las botas se convertía en la banda sonora habitual de nuestras vidas durante más de medio año.
Aquel verano, sin embargo, se sentía distinto desde el primer día. Acababa de comenzar el periodo estival previo a nuestro último año de instituto. Con mis diecisiete años recién cumplidos, mi rutina giraba en torno a un trabajo a media jornada en una modesta cafetería del centro —entre el olor a grano tostado y el murmullo de los clientes habituales— y una lista interminable de planes trazados en servilletas con mis mejores amigas. Queríamos exprimir cada segundo de esa libertad condicional antes de que la graduación nos catapultara hacia la adultez.
No estaba buscando enamorarme. Ni siquiera era una opción en mis pensamientos; mi cabeza estaba demasiado ocupada planificando el futuro como para dejar espacio a improvisaciones emocionales.
Por eso, cuando él irrumpió en mi universo perfecto y ordenado, me pilló completamente desarmada.
Era una tarde especialmente calurosa de finales de junio, de esas pocas jornadas en las que el sol pegaba con tanto rigor que hacía olvidar por completo los helados paisajes invernales de Minnesota. El aire se sentía denso, cargado de un bochorno sofocante. Había terminado mi turno en la cafetería, me había quitado el delantal y caminaba perezosamente hacia casa disfrutando de un vaso de limonada bien fría, sintiendo cómo la condensación del plástico me humedecía los dedos.
De pronto, mientras cruzaba la calle, no vi que un coche venia a toda velocidad por la avenida principal, me di cuenta cuando el chillido seco de unas ruedas frenando bruscamente sobre el asfalto rompió el silencio de la calle.
Tuve que apartarme y retroceder rápido para no ser arrollada por el coche, y mi culo acabó estampado contra el suelo. El instinto me hizo girar la cabeza de inmediato, un todoterreno negro, imponente y pulcro, se había detenido a escasos metros de la acera donde yo caminaba.
El cristal tintado de la ventanilla del piloto empezó a bajar con un suave zumbido mecánico.
—¿Estás bien? —Resonó una voz desde el interior.
Fruncí el ceño ligeramente, achicando los ojos por la intensa luz del sol. No logré reconocer la voz al principio. Pero entonces, el chico sentado en el asiento del copiloto se inclinó ligeramente hacia la abertura, dejando que la luz iluminara sus facciones, y me miró.
En ese instante, la pieza encajó.
Dominic Blackwood.
Lo había visto cientos de veces cruzándose en mi camino por los pasillos del instituto, sosteniendo carpetas o riendo con sus compañeros, aunque jamás habíamos cruzado más de un par de palabras de cortesía. Todo el mundo en Maple Creek sabía perfectamente quién era. Dominic era el delantero estrella del equipo de hockey, la joven promesa a la que los cazatalentos universitarios llevaban meses siguiendo la pista y cuyo nombre aparecía de manera recurrente en las secciones deportivas del periódico local. Pero, hasta ese preciso instante, para mí solo había sido una figura lejana; un rostro conocido entre la multitud del instituto.
—¿Te has hecho daño? —preguntó, ladeando la cabeza con una mueca preocupada.
El gesto me pareció tan inesperado que no pude evitar dejar escapar una pequeña risa.
—No, estoy bien, gracias—admití, ajustando el agarre de mi vaso de limonada y levantándome del suelo.
—¿Estás segura? —preguntó—. ¿Necesitas que te acerque a algún lado?
—Vivo a diez minutos andando, no hace falta —respondí, señalando vagamente la calle.
—Pues entonces serán diez minutos menos que tengas que pasar caminando bajo este calor sofocante —repuso él sin dudarlo un segundo, sosteniéndome la mirada—. Además, me gustaría compensarte por casi atropellarte en medio de la calle.
Negué con la cabeza, confundida por su insistencia. Por un momento, una ráfaga de perplejidad me cruzó el pensamiento: no entendía qué hacía hablándome con tanta familiaridad, ni por qué, de la noche a la mañana, parecía de pronto tan interesado en iniciar una conversación conmigo.
Sin embargo, antes de que pudiera darle más vueltas al asunto o buscar una excusa para negarme, estiré la mano, tiré de la manilla de la puerta del copiloto y me acomodé en el asiento.
No había pasado ni un minuto desde que cerré la puerta del coche cuando el arrepentimiento y la duda empezaron a carcomerme.
¿Qué demonios hacía allí?