POV Camila
Febrero de 2022
Si hubiera sabido que aquel sería el último día que lo miraría con los ojos llenos de un amor puro e incondicional, quizá habría intentado detener el tiempo. Habría congelado cada segundo, grabado a fuego la calidez de su mano sobre la mía o retenido el brillo de su mirada.
Pero la vida nunca te avisa antes de dar un vuelco. No hay sirenas de alarma ni señales de advertencia. Simplemente cambia, de golpe y sin piedad.
El verano llegó a su fin demasiado rápido, disolviéndose entre tardes de helados, confidencias y un calor que parecía que nunca iba a extinguirse. Antes de que me diera cuenta, la rutina nos había engullido de nuevo y ya estábamos atravesando nuestro último año de instituto.
Dominic y yo seguíamos juntos. Se había convertido en mi refugio seguro, mi puerto firme en mitad de las incertidumbres del futuro. Y yo quería creer, con cada fibra de mi ser, que yo también era el suyo.
Sin embargo, casi de forma imperceptible, algo en el aire empezó a mutar.
Todo comenzó el día que recibió la llamada.
Recuerdo perfectamente la escena: estábamos sentados en las gradas del instituto cuando su teléfono vibró. La pantalla reflejó un número desconocido. Al contestar, vi cómo sus ojos se iluminaban al instante con una chispa de incredulidad. Se alejó unos metros de mí, dando pasos nerviosos e intentando mantener la conversación en privado, aunque le resultaba imposible ocultar la enorme sonrisa que le dividía el rostro.
Cuando finalmente colgó, prácticamente corrió hacia mí.
—¡Cami! —exclamó. Antes de que pudiera reaccionar, me rodeó la cintura con sus brazos fuertes, me levantó del suelo entre risas y me hizo dar una vuelta en el aire antes de volver a posarme suavemente sobre mis pies.
—¿Qué pasa? —pregunté, contagiada de su euforia.
Me sujetó la cara entre las manos; sus palmas estaban cálidas.
—Me han ofrecido una beca.
Parpadeé, procesando la información a cámara lenta.
—¿Qué?
—La Universidad de Seattle —soltó, con el aliento entrecortado por la emoción—. Me quieren para su equipo.
Sentí un nudo frío y repentino formarse en el fondo de mi estómago. Sabía perfectamente lo que significaba aquello. Era el sueño de su vida, la meta por la que llevaba luchando, sudando y sacrificándose desde que era un niño. Y, aun así, escuchar el nombre de una universidad a cientos de kilómetros de Maple Creek solo podía traducirse en una cosa: se iba.
A pesar del pinchazo de angustia, me forcé a sonreír. Porque lo amaba y quería ser la primera persona en celebrar su triunfo.
—Dominic... eso es absolutamente increíble.
Él dio un paso más hacia mí y apoyó su frente contra la mía, cerrado los ojos un instante.
—Todavía no he aceptado formalmente —murmuró.
—Lo harás —dije suavemente.
—No lo sé, Cami. Significa estar lejos de...
—Sí que lo sabes —lo interrumpí con ternura. Le sonreí, aunque noté que mis ojos se llenaban de lágrimas traicioneras—. Y no pienso dejar bajo ningún concepto que renuncies a una oportunidad así por mí.
Dominic me miró con una intensidad que me encogió el corazón y me besó despacio, con una dulzura casi reverencial.
—Te quiero —susurró contra mis labios.
—Yo también te quiero.
En aquel momento, arropada por su abrazo, llegué a pensar inocentemente que el amor verdadero podía con cualquier distancia. Qué ingenua había sido.
Las semanas siguientes fueron muy diferentes. No peores en apariencia, pero sí marcadas por una distancia insidiosa. Dominic vivía envuelto en una espiral interminable de reuniones, entrenamientos de alto rendimiento, entrevistas con buscadores de talentos y llamadas a horas intempestivas.
Cada vez nos veíamos menos. Y las pocas veces que conseguíamos arañar una hora para estar a solas, parecía tener la cabeza a miles de kilómetros de allí.
Intentaba convencerme de que era la conducta lógica de alguien sometido a muchísima presión. Me decía que solo estaba nervioso, que atravesaba un momento decisivo en su carrera y que mi papel era apoyarlo sin fisuras. Y lo hice. Aguanté la soledad y la incertidumbre en silencio... hasta el último día.
Era un viernes plomizo. Había salido de la última clase unos minutos antes que mis amigas y decidí entrar en el baño de la planta baja antes de emprender el camino de regreso a casa.
Ni siquiera llegué a empujar la puerta de uno de los cubículos. El eco seco de unas voces al fondo, junto a los espejos, me hizo frenar en seco. Reconocí la risa de inmediato: era pesada, aguda y melodiosa. Madison. Una de las animadoras principales y, además, amiga del círculo cercano de Dominic desde hacía años.
No tenía la menor intención de espiar, pero de pronto, su nombre resonó en el espacio de azulejos.
—...de verdad, no me puedo creer que Dominic Blackwood haya llevado la apuesta tan lejos —decía Madison, retocándose el pintalabios.
Mi corazón dio un vuelco violento y pareció detenerse en mi pecho.
Otra chica soltó una carcajada burlona.
—Yo tampoco. Estaba convencida de que Camila se daría cuenta del pastel a las dos semanas.
—Pues mírala —añadió Madison con retintín—. Sigue caminando por los pasillos creyendo que lo de ellos fue una especie de flechazo de película.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo? Que a principio de verano nadie en el vestuario pensaba que él sería capaz de camelársela y enamorarla.
Sentí un latigazo de frío recorrer mi columna. Las piernas me temblaron con tanta fuerza que tuve que apoyarme contra la pared de madera para no caer de rodillas.
No.
No podía estar sucediendo. Tenía que haber entendido mal. Tenía que ser un malentendido, una broma de mal gusto, cualquier cosa antes que eso.
Respiré hondo, conteniendo el aliento para no emitir un solo sonido, y me escurr hacia la salida del baño antes de que me descubrieran. El pasillo estaba desierto, pero el mundo a mi alrededor parecía haber perdido el eje. Necesitaba mirar a los ojos a la única persona que podía desmentir aquella atrocidad. Necesitaba a Dominic.