POV Camila
Junio de 2022
Las últimas semanas de instituto se transformaron en un borrón borroso y gris. No porque la memoria hubiera decidido borrarlas, sino porque puse hasta la última gota de mi energía en intentar sobrevivir a ellas, día a día, hora a hora.
Dominic no dejó de buscarme ni un solo instante.
Se apostaba a la salida de las clases buscando cruzar su mirada con la mía. Intentaba abordarme entre el murmullo de los pasillos en los cambios de asignatura. Incluso llegó a presentarse ante la puerta de mi casa una tarde lluviosa, sosteniendo con torpeza un ramo de mis flores favoritas. No salí a abrirle. Mi madre, con la mirada llena de preocupación, me dijo que llevaba más de una hora de pie bajo el porche, empapado y en silencio. Yo me quedé encerrada en la penumbra de mi habitación, abrazada contra la almohada hasta que me dolieron los brazos, fingiendo desesperadamente que no estaba allí.
No podía mirarlo. Cada vez que cerraba los ojos, el recuerdo de aquellas palabras resonaba en los azulejos del baño: «Dominic cumplió la apuesta».
Después aconteció la graduación. Nos entregaron los diplomas, la gente sonreía para las fotografías familiares y nos despedimos formalmente de profesores y compañeros. Él estaba allí, a escasos metros de mí, luciendo la túnica escolar. No crucé la mirada con él ni una sola vez; congelé la vista en el escenario. Fue la última vez que divisé su silueta antes de que empacara sus pertenencias y se marchara definitivamente a Washington DC.
Habían transcurrido casi tres semanas desde el día de la graduación cuando mi cuerpo empezó a rebelarse.
Al principio intenté convencerme de que era el agotamiento acumulado y el estrés emocional de la ruptura. Después, me dije que tal vez había contraído algún virus estomacal de temporada. Pero las náuseas matutinas no desaparecían; al contrario, se intensificaban cada día al despertar. Y había algo más, un detalle que me helaba la sangre: llevaba semanas de retraso en el ciclo menstrual.
Quise aferrarme a la idea de que los nervios me estaban jugando una mala pasada, pero mi madre, al notarme demacrada, insistió firmemente en que pidiera una cita médica.
Aquella mañana de junio acudí a la clínica completamente sola. Jamás me crucé por la mente que saldría por esa puerta convertida en una persona drásticamente distinta.
La doctora revisó en silencio la hoja con los análisis de sangre y, tras un suspiro pausado, levantó la vista hacia mí. Tenía una expresión extrañamente amable. Demasiado compasiva.
—Camila... —¿Has venido acompañada hoy? —preguntó con voz suave.
Negué lentamente, apretando la correa de mi bolso contra el regazo.
—No. Estoy sola.
Guardó silencio unos segundos, juntando las manos sobre la mesa.
—Los análisis de laboratorio han confirmado un embarazo.
El aire de la consulta pareció congelarse. Sentí como si la tierra bajo mis pies se abriera en un abismo absoluto.
—¿Qué...? —susurré, convencida de haber escuchado mal.
—Estás embarazada, Camila.
—No... —la negación brotó como un acto de pura supervivencia. Las lágrimas comenzaron a agolparse en mis ojos—. Debe de haber un error. Un fallo en las muestras. Es completamente imposible.
La doctora me miró con inmensa dulzura y negó despacio.
—No hay ningún error, cariño.
Me indicó que pasara al camilla para realizarme una ecografía de control y verificar que todo estuviera en orden. Apoyada sobre la sábana de papel, me costaba mantener los ojos abiertos; apenas era capaz de girar la cabeza hacia la pantalla grisácea.
De pronto, el movimiento del ecógrafo sobre mi vientre se detuvo.
—Camila... —la voz de la doctora sonó distinta, más contenida. Frunció ligeramente el ceño mientras ajustaba los mandos del monitor.
—¿Ocurre algo malo? —pregunté con el corazón desbocado.
La doctora giró la pantalla hacia mí y me sonrió con calidez.
—No, nada malo. Solo que... no esperábamos encontrar a dos.
Parpadeé, incapaz de procesar el vocabulario.
—¿Dos?
—Vas a tener mellizos.
La respiración se me cortó en seco. Dos. No un bebé. Dos pequeñas vidas abriéndose paso en mi interior. Sentí que el oxígeno desaparecía por completo de la habitación.
No recuerdo el trayecto de regreso. Solo recuerdo cruzar el umbral de mi casa con las manos temblando de tal manera que las llaves metálicas chocaban ruidosamente contra la cerradura.
Mi madre estaba en la cocina preparando el almuerzo. En cuanto me vio entrar con el rostro desencajado y la tez lívida, dejó caer el trapo que sostenía.
—Camila... por Dios, ¿qué ha pasado?
Intenté articular una respuesta, pero la garganta se me cerró. Las lágrimas comenzaron a brotar a mares antes de que pudiera emitir un solo sonido. Mi madre corrió hacia mí y me envolvió entre sus brazos.
—Cariño, háblame...
Me derrumbé contra su pecho. Lloré como jamás lo había hecho en toda mi vida: lloré de pavor, de rabia, de rabiosa impotencia y con un peso de culpa que amenazaba con aplastarme los pulmones.
—Mamá... —mi voz apenas era un hilo desgarrado—. Estoy embarazada.
Sentí el impacto físico en su cuerpo; sus músculos se tensaron bruscamente. No pronunció palabra. Solo se limitó a aferrarme con más fuerza contra sí.
—Y... y son dos —añadí en un sollozo ahogado—. Son mellizos.
Mi madre cerró los ojos durante unos eternos segundos de asimilación. Cuando volvió a hablar, su voz mantenía una firmeza y una templanza curativas:
—Vamos a salir adelante. De una forma u otra, lo haremos.
Negué desesperadamente sobre su hombro.
—¡No puedo, mamá! No sé cómo hacerlo... ¡Solo tengo dieciocho años!
Ella me tomó el rostro con ambas manos, obligándome a mirarla directamente a los ojos.
—No estás sola, Camila. Jamás lo vas a estar.
El llanto me sacudió con mayor violencia.