POV Camila
Los viernes siempre eran, con diferencia, los días más largos y agotadores de toda la semana.
Quizá fuera porque el cansancio acumulado tras cinco jornadas consecutivas corriendo sin descanso entre la clínica y los niños terminaba por pasarme factura. O quizá, sencillamente, era porque mi mente sabía que, al cruzar la puerta de salida, daba comienzo a mi momento favorito de la semana: el refugio de los fines de semana en casa de mis padres.
Aquel viernes llegué a la clínica unos minutos antes de las tres de la tarde, cuando las calles del centro permanecían tranquilas, ya que hacía tanto calor, que nadie se atrevía a salir a la calle a esas horas. Era un centro de fisioterapia pequeño, acogedor y muy familiar. Yo seguía desempeñando el rol de auxiliar mientras apuraba los últimos meses para obtener mi grado universitario. Preparaba minuciosamente las salas de tratamiento, recibía a los pacientes con una sonrisa, organizaba la agenda de citas y, cuando el fisioterapeuta titular lo consideraba oportuno, me permitía ayudar en algunas terapias manuales bajo su atenta supervisión. Ahora que ya lo había terminado, tenía ganas de dar lo mejor de mí y poder aprender mucho de mis compañeros.
Cada jornada allí era un aprendizaje continuo. Y cada día me sentía un paso más cerca de alcanzar mi sueño profesional.
Sin embargo, a las cinco en punto de la tarde, al marcar el fin de mi turno, mi cabeza solo albergaba un pensamiento constante: mis hijos.
Abandoné la clínica a toda prisa, me acomodé en el coche y conduje de inmediato hasta el colegio infantil. Nada más atravesar el portón de la entrada, dos pequeñas figuras vestidas con conjuntos a juego rompieron filas y salieron corriendo en mi dirección a toda velocidad.
—¡Mamá!
Una sonrisa enorme se me dibujó en el rostro antes siquiera de tenerlos a tiro. Liam alcanzó mi posición primero, tropezando ligeramente con sus propios pies, y un segundo después Hazel se abalanzó prácticamente sobre mi cuello.
—Hola, mis amores —murmuré, envolviéndolos a los dos en un abrazo estrecho y cálido.
Aquel era, sin duda alguna, el mejor momento de mi día. Siempre lo había sido.
—¿Nos vamos ya a casa de la abuela? —inquirió Hazel, mirándome con sus ojos marrones oscuros como los míos, llenos de un brillo impaciente.
—Sí, mi vida. Nos vamos ya.
—¡Y a jugar con los perros! —añadió Liam, dando un salto de pura emoción sobre el asfalto.
Dejé escapar una risa ante su entusiasmo contagioso.
—Sí, por supuesto, también con los perros.
Los dos comenzaron a hablar al mismo tiempo durante el trayecto hacia el coche, atropellándose con las palabras. Que si querían estrenar sus bicicletas en el jardín trasero, que si iban a organizar un juego con sus primos, que si el abuelo les había prometido solemnemente llevarlos al embarcadero a pescar... Resultaba sencillamente imposible seguirles el ritmo.
Nuestra siguiente parada obligatoria fue la puerta principal de la facultad, donde Savannah ya nos aguardaba de pie. Hoy era su último día como estudiante de veterinaria, y en unos días le darían el título oficial. En cuanto los niños la divisaron a través del parabrisas, no esperaron a que apagara el motor: soltaron sus cinturones y salieron disparados como dos proyectiles.
—¡Tía Sav!
Savannah dejó caer su pesada mochila sobre la hierba justo a tiempo para amortiguar el impacto del abrazo doble.
—¡Pero bueno! —protestó, divertida—. ¿Es que vosotros dos ganáis cinco kilos de puro músculo cada semana que pasa?
—Es porque nos estamos haciendo superfuertes —declaró Liam hinchando el pecho con orgullo.
—Y porque comemos muchísimo bacon —añadió Hazel con una seriedad aplastante.
Savannah me miró por encima de sus cabezas con las cejas alzadas.
—Sinceramente, Camila, no sé cuál de los dos razonamientos debería preocuparme más.
Negué con la cabeza, riendo entre dientes.
—Subid al coche ya, par de terremotos.
Mis padres vivían en una propiedad tranquila situada a unos cuarenta minutos del pueblo. Era una casa de campo espaciosa, rodeada de árboles frondosos y con un jardín enorme donde los niños podían correr a sus anchas durante horas.
Apenas apagué el motor en la zona de grava, el sonido de unos ladridos familiares resonó en el aire. Dos segundos después, la puerta de entrada de madera se abrió de par en par.
—¡Ya están aquí! —exclamó la voz de mi madre.
Ni siquiera llegó a completar la frase cuando Liam y Hazel ya cruzaban el césped a toda prisa hacia ella. Mi padre apareció tras sus pasos, luciendo su habitual sonrisa serena. Y antes de que pudiera bajar del vehículo para saludarlos, dos imponentes labradores salieron disparados hacia el jardín delantero.
—¡Max!
—¡Luna!
Los niños desaparecieron tras los perros, llenando el aire con sus risas infantiles.
Savannah me dio un codazo cariñoso en el brazo.
—Me da la sensación de que ya no nos necesitan para nada.
Sonreí, observando la escena con el corazón tibio.
—Créeme, jamás nos necesitan en cuanto pisan esta casa.
Entramos en la casa. El salón principal desprendía esa calidez hogareña tan característica, repleto ya de bullicio. Mis tíos habían llegado un rato antes y mis primos conversaban animadamente cerca de la chimenea. Los más pequeños de la familia no tardaron en unirse a la carrera de Liam y Hazel. En cuestión de minutos, el jardín se transformó en una pista de carreras interminable entre niños y perros.
—Míralos —susurró mi madre colocándose a mi lado junto al ventanal.
Los observé en silencio. Liam perseguía torpemente a Max mientras Hazel intentaba con paciencia infinita convencer a Luna de que se dejara colocar una corona tejida con margaritas silvestres. No pude evitar que una sonrisa profunda me iluminara el rostro. Eran completamente felices. Y eso era lo único que verdaderamente me importaba en el mundo.