Todo lo que nos robaron

Capítulo 6: El partido

POV Camila

—¡Ya empieza! ¡Silencio, todo el mundo!

Jake fue el primero en dejarse caer con ímpetu sobre el sofá principal. Llevaba puesta una gorra azul marino con el emblema grabado de los Seattle Wolves y una camiseta oficial que, según sus propias palabras, le quedaba algo justa porque «era de la temporada pasada y había ganado masa muscular».

—Muévete un poco hacia la izquierda, que no veo nada —protestó Owen, intentando abrirse un hueco a codazos entre los cojines.

—Pues siéntate abajo en el suelo, que hay sitio de sobra.

—No quiero sentarme en el suelo.

—Pues te aguantas y miras por encima.

—¡Chicos, por favor! —intervino la tía Emily entre risas—. El partido ni siquiera ha comenzado y ya estáis enzarzados en una discusión.

Liam y Hazel se acomodaron felizmente sobre la alfombra esponjosa, a escasa distancia de la pantalla gigante. Max y Luna se tumbaron a su lado, completamente ajenos al cosquilleo de emoción que se respiraba en el salón. Savannah se sentó a mi derecha, mientras que mi madre ocupó el lugar a mi izquierda. Ambas me dedicaron una mirada discreta y cargada de silencioso apoyo.

Respondí con una sonrisa leve y breve. Estaba bien. O, al menos, eso intentaba convencerme a mí misma.

La retransmisión dio inicio. Las imágenes mostraron las gradas del pabellón abarrotadas hasta la última fila. Miles de aficionados vestidos con los colores azul marino y plateado agitaban banderas mientras la plantilla saltaba al hielo entre llamaradas de pirotecnia.

El comentarista deportivo hablaba con un tono vibrante y contagioso:

Muy buenas noches y bienvenidos todos al Climate Pledge Arena de Seattle. Hoy los Seattle Wolves reciben en su feudo a los Chicago Titans en un encuentro decisivo por el liderato absoluto de la conferencia.

Las cámaras pasaron a enfocar a los jugadores durante los últimos minutos del calentamiento. Y entonces la realización fijó la lente en él.

Dominic Blackwood.

El estruendo y el rugido de la afición en el pabellón resultaron ensordecedores incluso a través de los altavoces de la televisión.

—¡Ahí está! —exclamó Jake, señalando la pantalla con entusiasmo.

Mi tío David sonrió con un deje de orgullo de aficionado.

—Mira cómo se cae el estadio al verlo salir. Es normal, el chico es actualmente el mejor jugador sobre la pista.

El comentarista prosiguió con su análisis:

Una noche más, absolutamente todas las miradas están puestas en Dominic Blackwood. A sus veintidós años, el capitán de los Seattle Wolves ostenta el título de máximo goleador de la competición y se perfila como el indiscutible favorito para alzarse con el galardón al Jugador Más Valioso de la temporada. Lo que está firmando este joven sobre el hielo es sencillamente extraordinario.

En la pantalla se proyectaron ráfagas de sus intervenciones más destacadas: goles desde ángulos imposibles, asistencias milimétricas, abrazos de victoria, portadas de prestigiosas revistas deportivas y extractos de entrevistas.

El segundo comentarista añadió:

Muchos analistas ya lo consideran, sin rodeos, el mejor jugador de hockey del mundo a día de hoy. Y lo más fascinante es que su techo parece inalcanzable; mejora de forma drástica en cada campaña.

Jake dejó escapar un silbido de admiración.

—Es una auténtica bestia competitiva.

—Desde luego —asintió el tío Ryan—. No recuerdo haber visto a un jugador con semejante nivel de dominio a su edad.

Yo era incapaz de apartar los ojos de la televisión. Habían transcurrido cuatro años enteros, y sin embargo, reconocía instintivamente cada uno de sus rituales: la forma en que se ajustaba los guantes de protección, cómo golpeaba rítmicamente el hielo con la madera del stick antes de posicionarse o la respiración profunda que tomaba justo antes de alzar la mirada hacia el frente. Había pequeños detalles que el tiempo jamás lograría borrar.

De pronto, la emisión hizo una breve pausa previa al saque inicial. El presentador del plato principal sonrió a la cámara con aire cómplice.

Y antes de dar paso al pitido inicial, no podemos pasar por alto una noticia que ha sacudido las redes sociales y el panorama deportivo hace apenas unas horas.

Jake bajó ligeramente el volumen de la conversación en el salón.

—¿Qué pasa ahora?

En la pantalla emergió una fotografía de alta resolución. Dominic, luciendo un elegante traje oscuro hecho a medida, aparecía junto a una mujer rubia de deslumbrantes ojos azules y sonrisa perfecta. Elegante, cotizada, famosa.

El rótulo inferior confirmó su identidad: Victoria Sinclair.

El propio representante de Dominic Blackwood ha confirmado oficialmente esta misma tarde que el atacante y la reconocida modelo e influencer Victoria Sinclair están oficialmente comprometidos. Tras meses de intensos rumores en la prensa, la pareja ha decidido dar este importante paso hacia el altar. Desde la cadena les deseamos toda la felicidad.

Sentí una punzada helada en el pecho y cómo el aire se evaporaba al instante de mis pulmones.

Comprometido.

Jake sonrió complacido.

—Ya era hora de que sentara cabeza.

El tío David asintió con aprobación.

—Pensaba que un chico con esa fama en el deporte no se casaría nunca.

—Hacen una pareja espectacular —comentó Ryan.

—Sí, la verdad es que salen guapísimos en las fotos —añadió mi prima Sophie.

Bajé la vista hacia mis manos entrelazadas sobre el regazo. No sabía calificar con exactitud lo que estaba experimentando. No eran celos retrospectivos; hacía muchísimo tiempo que nuestra historia se había roto. Era una sensación extraña y amarga al constatar cómo Dominic continuaba edificando una existencia perfecta y pública... ignorando por completo que a cientos de kilómetros tenía dos hijos.

Noté la presión cálida de una mano cubriendo la mía. Era Savannah. No dijo absolutamente nada, no hacía falta. A mi izquierda, mi madre me acarició con infinita ternura el hombro.




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