Todo lo que nos robaron

Capítulo 7: Silencio

POV Dominic

El frío del hielo me quemaba en la cara, pero yo solo sentía la adrenalina pura latiendo con fuerza en mis sienes.

El estruendo del Climate Pledge Arena era un rugido ensordecedor que me envolvía por completo. Me encantaba esa sensación. Sentir el peso del equipo sobre mis hombros, el roce del disco contra la pala de mi stick y la certeza absoluta de que el partido estaba bajo mi control.

Patinaba a máxima velocidad, leyendo la pista con la precisión milimétrica de quien lleva haciendo esto toda su vida. Había marcado un golazo en el primer periodo y asistido en el segundo. Íbamos 3-2 en el marcador contra los Titans y apenas restaban cuatro minutos para que la sirena decretara nuestra victoria. Sentía la sangre hirviendo en mis venas, la euforia del público coreando mi nombre y la gloria al alcance de la mano. Era, sin duda alguna, la mejor temporada de mi carrera. Me sentía invencible.

Cerca de la banda lateral, intercepté un disco suelto. Aceleré la zancada, giré el torso para esquivar a un defensa rival y armé la jugada.

Entonces llegó el impacto.

Fue un choque brutal, violento e imprevisto contra la valla protectora. El defensa cayó sobre mí con todo su peso en un ángulo desastroso. Un chasquido seco resonó en el interior de mi cuerpo antes de que el dolor me atravesara.

El dolor llegó antes incluso de que pudiera comprender verdaderamente qué había pasado.

Intenté incorporarme de inmediato, llevado por el mero instinto competitivo. No pude. Un pinchazo insoportable y desgarrador recorrió mi hombro derecho hasta la punta de los dedos, y tuve que apretar los dientes con ferocidad para no soltar un grito de agonía en mitad de la pista.

—¡Dominic!

Escuché varias voces alarmadas a mi alrededor. Alguien sujetó mi cabeza contra el hielo con firmeza. Otro me pidió a gritos que no me moviera. Todo ocurría demasiado deprisa, desdibujándose en un torbellino de luces y sombras.

Respiraba con extrema dificultad mientras los fisioterapeutas del equipo se arrodillaban apresuradamente junto a mí.

—¿Puedes mover los dedos? —preguntó una voz agitada sobre mi cabeza.

Asentí levemente. Sí. Podía moverlos.

—Bien. No intentes mover el brazo bajo ningún concepto.

Noté cómo inmovilizaban la articulación de mi hombro con extrema cautela. Pero el dolor seguía allí, latente, volviéndose cada vez más intenso y profundo con cada pulsación.

Cuando por fin conseguí levantar la vista con la vista nublada, miles de personas permanecían de pie en las gradas. Nadie hablaba. Se había hecho un silencio sepulcral, sobrecogedor, roto únicamente por una oleada de aplausos colectivos que buscaban darme ánimos.

Respiré hondo, sintiendo la garganta seca. Aquello no podía estar pasando. No a mí. No ahora, justo en mitad de la mejor temporada de mi vida profesional.

Los médicos me ayudaron a ponerme en pie con delicadeza. Cada paso que daba hacia la salida era una punzada directa al cerebro. Y cuando crucé el umbral del túnel que conducía a la zona de vestuarios... la pesadilla mediática comenzó.

Los flashes de las cámaras fotográficas empezaron a cegarme.

—¡Dominic!

—¡Blackwood!

—¡Una declaración rápida para la cadena!

—¿Crees que es grave? ¿Te perderás lo que resta de la temporada?

Cámaras. Micrófonos empujados hacia mi rostro. Más flashes deslumbrantes. No respondí a ninguno. Ni siquiera fui capaz de levantar la cabeza para mirar a los redactores. Solo me limité a seguir caminando, arrastrando las botas sobre el cemento.

Por primera vez en muchísimo tiempo... no quería ver a absolutamente nadie.

El trayecto en ambulancia hasta el hospital fue un completo borrón en mi memoria.

El dolor punzante provocaba que cada pequeño bache del asfalto se sintiera como un golpe directo de martillo sobre la articulación destrozada. Las sirenas resonaban a lo lejos, rasgando la noche, mientras yo me limitaba a fijar la vista en el techo metálico del vehículo, intentando ignorar la presión opresiva que me encogía el pecho.

No era miedo lo que sentía. Era rabia. Una rabia inmensa, pura y destructiva.

Las pruebas médicas se prolongaron durante casi dos agonizantes horas. Radiografías desde múltiples ángulos, una resonancia magnética interminable y constantes exploraciones físicas. Cuando por fin terminaron, me trasladaron a una habitación privada y me dejaron solo mientras los especialistas evaluaban los resultados.

El silencio de esa estancia resultaba extrañamente denso. Hacía meses, quizás años, que no me encontraba completamente solo en una habitación. En mi día a día siempre había gente alrededor: entrenadores exigiendo rendimiento, periodistas buscando exclusivas, patrocinadores firmando contratos, compañeros de vestuario, aficionados entusiastas o representantes diseñando estrategias. El ruido nunca terminaba. Jamás.

Apoyé suavemente la nuca contra la pared blanca y fría. Cerré los ojos. Y, por primera vez en muchísimo tiempo, admití para mis adentros un pensamiento que jamás me había atrevido a formular en voz alta: estaba profundamente agotado.

No se trataba solo de un cansancio físico; eso era algo a lo que mi cuerpo estaba acostumbrado a sobreponerse. Estaba exhausto de vivir expuesto a todo el mundo. Exhausto de sonreír automáticamente cada vez que una cámara me enfocaba. Exhausto de fingir que todo era perfecto y de ver cómo cada mínimo paso o decisión de mi vida se transformaba al instante en un titular sensacionalista.

Unos golpes secos en la puerta me hicieron abrir los ojos de golpe.

Entró Ethan Brooks, mi representante. Vestía un traje impecable hecho a medida, llevaba el teléfono móvil pegado a la oreja en silencio y sostenía una tableta digital en la otra mano.

—¿Cómo estás? —preguntó nada más cruzar el umbral.

Lo miré fijamente, sin parpadear.

—¿Tú qué crees, Ethan?

Suspiró con pesadez, pasándose una mano por la gomina.




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